La intrusión en la pantalla

He llegado a la conclusión –luego de un extenso y diría que penoso período de reflexión– de que algunos programas de televisión sólo pueden ser vistos desde dos enfoques: uno, el antropológico, que implica un cierto optimismo acerca de la posibilidad de hallar en ellos alguna razón biológica plausible que los explique, por complicada y remota que ésta sea; otro, el de la mera humildad intelectual, siempre bienvenida.

Este último enfoque implica aceptar que quienes están haciendo determinados programas son más inteligentes que uno, aunque uno, torpe e inadvertido mortal, no entienda exactamente cómo ha podido ser maldecido por tamaña desventaja.

Voy a usar precisamente este enfoque para intentar escribir sobre «Intrusos», el programa argentino que conduce un señor llamado Jorge Rial y que aquí emite Saeta en la hora previa a su noticiero.

Es que no me queda otra salida. Desde el punto de vista antropológico me ha sido imposible encontrar siquiera una pizca de explicación sugerida por las ciencias biológica y del comportamiento social y no quiero, por una cuestión de salud mental, insistir en un empeño de tal naturaleza.

Así que, lector, comencemos por una admisión. Este muchacho Rial y sus cómplices (perdón, compañeros) de mesa redonda son muy inteligentes.

O sea que su excitada gestualidad, que a mí me parecía propia de unos esquizofrénicos desproporcionados, es, en realidad, la inteligente expresión de un modo de comunicación moderno, acorde a estos tiempos tan poco serenos y tan naturalmente crispados por la terca y antropofágica crisis que nos rodea.

O sea que su lenguaje de tribuna Amsterdam con tufo a marihuana, que a mí me parecía propio de unos desorbitados prehomínidos que repitieron primero, es, en realidad, la precisa forma de dirigirse al prójimo para que éste entienda claramente y, sobre todo, sin recurrir al complejo trabajo que significa urdir un pensamiento.

O sea que la elección de sus urticantes temas, que a mí me parecía un ejercicio morboso de autoinsuficiencia intelectual y una pérdida de tiempo, propio y ajeno, similar a la de hurgarse la nariz hasta sacarse un moco en un teatro a sala llena, es, en realidad, la más sensata manera de acercar al televidente todo aquello que es esencial a su vida aunque no se haya dado cuenta.

O sea que, por ejemplo, mostrar reiteradamente la foto del agresor de Adrián Suar, valorando su exclusividad como si fuese la del Papa en el inodoro (sin sotana, claro), diciendo a cada rato «éste es el rostro del agresor, del hombre que, según parece, consume drogas y tiene problemas síquicos y que todavía está declarando ante el juez», que a mí me parecía una barbaridad para la cual no hay código ético, moral ni penal en el mundo que alcance, es, en realidad, una suerte de nuevo periodismo de la verdad que le informa a los ciudadanos, con precisión y responsabilidad, acerca de los complicados componentes de la marginalidad y la violencia urbana.

O sea que aludir constantemente a supuestas relaciones eróticas, sexuales y hasta algunas otras ininteligibles entre personajes de la farándula, que a mí me parecía una impudicia feroz y, sobre todo, gratuita, es, en realidad, la necesaria noticia que se debe a la comunidad sobre los vínculos estrechos, penetrantes y no tanto, a que sus gentes más relevantes suelen apelar para mejorar la salud social.

O sea que el hecho de parodiarse a sí mismos durante el programa con una vulgaridad no registrada ni entre los paleontrópidos menos preparados, que a mí me parecía la tácita admisión de la pequeñez del propio cerebro, es, en realidad, un ingeniosísimo mecanismo de seducción para captar el interés del público, al que, ya se sabe, si algo no hay que hacer es aburrirlo.

O sea que este programa se emite aquí porque realmente nos interesa a nosotros.

Bueno, me quedo más tranquilo. Este ejercicio de humildad intelectual me ha serenado el espíritu, me ha llenado de una paz increíble y me ha hecho sentir agradecido de haber optado por este camino.

Podrá que, igualmente, todavía no me guste «Intrusos», de caprichoso nomás, pero al menos ahora sé que soy el único culpable y que es un programa muy creativo, producido y realizado por gente mucho más inteligente que yo.

Que el evangelizador harapiento tenga en la gloria a Saeta, a Rial y a todos los demás. Amén. *

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