El hombre vacío
Este fenómeno, que es un código de convivencia y hasta un modelo cultural que trasciende a las coordenadas del tiempo y el espacio, constituye un indispensable fragmento de la hoy cada vez más amenazada identidad uruguaya.
No en vano nuestro país soportó y sobrevivió estoicamente a los experimentos autoritarios del pasado reciente, emergiendo del abismo con espíritu igualmente inclaudicable.
Naturalmente, en nuestra condición de «país laboratorio» del imperialismo de turno, actualmente padecemos con mayor rigor las consecuencias de las recetas neoliberales impuestas desde los grandes centros de poder.
En estos días, una misión del Fondo Monetario Internacional está instalada en Montevideo a los efectos de monitorear la marcha de la economía uruguaya y el cumplimiento de los compromisos oportunamente contraídos por el gobierno.
Coincidentemente, durante la presencia de los técnicos se anunció un severo ajuste de tarifas de los servicios públicos que se suma al ya vigente incremento en el precio de los combustibles.
Naturalmente, estas medidas agravarán aún más la situación social de los sectores de ingresos fijos –trabajadores y pasivos– que deberán enfrentar una nueva escalada inflacionaria con sus depreciados ingresos y sin expectativas de recuperación de sus congelados salarios.
Mientras la mayoría de los uruguayos aguza el ingenio para seguir sobreviviendo, la revelación de que varios niños uruguayos debieron recibir atención médica por presentar agudos cuadros de desnutrición desnuda las grotescas secuelas de un modelo económico ya insostenible.
Sin embargo, todo parece indicar que la prioridad sigue siendo hacer «buena letra» con los organismos multilaterales de crédito y no enfrentar la cuantiosa deuda interna que está agobiando a miles de compatriotas que vegetan en la miseria y la marginación.
Otras señales de la realidad corroboran la presunción de que el gobierno seguirá aplicando las recetas neoliberales a ultranza sin reparar en las consecuencias, cuando el propio Presidente de la República tranquiliza a nuestros acreedores confirmando que se cumplirá con lo pactado.
La lectura es tan simple como dramática: este año los uruguayos que aún tenemos trabajo deberemos inmolarnos para pagar más de 2.500 millones de dólares por intereses y amortización de deuda externa y así evitar la temida moratoria.
Paralelamente, la inexistencia de programas de reactivación productiva sepultará las ilusorias expectativas de los desocupados y provocará la pérdida de más fuentes de empleo.
Como si no fuera suficiente, el Ministerio del Interior prohibió el ingreso a Punta del Este de una pacífica marcha promovida por organizaciones sociales, alegando que no se debe turbar la tranquilidad de quienes están descansando.
Aunque sea inverosímil, durante los meses de verano la paradisíaca península esteña parece haber dejado de pertenecer al territorio uruguayo, en virtud de que se veda el ingreso de un grupo de trabajadores que sólo aspira a manifestar sus legítimos reclamos.
Sin embargo, todos sabemos que el estigma de la dependencia –que hoy nos asfixia más que nunca– no es un fenómeno nuevo. Los primeros síntomas de sometimiento eran ya perceptibles hace ya más de cuatro decenios, cuando Uruguay comenzó a precipitarse a una crisis que hoy asume dimensiones endémicas.
Sería redundante evocar los acontecimientos que estremecieron al país durante la década del sesenta y la posterior instauración de la peor experiencia autoritaria que registra la memoria colectiva.
Ese período fermental marcó un punto de inflexión en nuestra historia contemporánea, que tuvo como protagonista a una generación gobernada por la pasión, el idealismo y el coraje.
Sin embargo, las tormentas de la historia provocaron, en algunos casos, sentimientos de frustración. Muchos de quienes invirtieron los mejores años de su juventud en edificar utopías y proyectos de cambio, hoy observan con perplejidad la extinción de esos sueños transformadores.
En «El hombre vacío», el escritor uruguayo Rafael Marías construye una novela que explora la condición humana, retratando –simultáneamente– los sentimientos y valores de toda una generación de uruguayos.
Todos los personajes del relato son, de algún modo, seres desencantados que buscan una improbable redención, abrumados por la culpa, las utopías rotas y la necesidad de reemprender la búsqueda de la felicidad.
El protagonista, que es naturalmente el «hombre vacío» del título, es un solitario empedernido que vive de rentas. Con todo el tiempo a su disposición, experimenta la irreprimible compulsión de escribir una novela que otorgue sentido a su oscuro presente.
Ricardo Robaina es un ser hermético e impenetrable, con afectos frágiles y horizontes imprecisos, azotado por conflictos alimentados durante su adolescencia.
Toda su juventud ha transcurrido en una búsqueda inconclusa de profundo desarraigo. El exilio voluntario que lo llevó durante un tiempo a Barcelona, París Nueva York, en nada contribuyó a llenar de contenido su vida.
Hoy, ya maduro y con la convicción de haber cubierto la mitad de su itinerario biológico, este ignoto personaje se debate en una turbulenta pesadilla de incertidumbres y una crisis de identidad que amenaza con privarle el uso de la cordura. Rafael Marías diseña los perfiles de un hombre desesperado y atrapado en una dramática encrucijada. Aunque la sequedad creativa puede poner en riesgo su proyecto literario, Ricardo asume íntimamente que sólo la concreción de su futura novela lo puede salvar del infierno terrenal.
Desarrollando inicialmente su relato en dos escenarios especiales temporales casi simultáneos, el autor traslada su pluma a la adolescencia del protagonista, que transcurre en distendidos veranos en el balneario Las Toscas.
Allí, Marías observa con visión crítica el contraste entre la mansedumbre lugareña del pasado y el vértigo del presente, que ha modificado la fisonomía y las pautas de convivencia del aún paradisíaco paraje canario.
El autor rescata cientos de imágenes de la memoria del atribulado protagonista que recrea nostálgicamente la inocencia de su juventud, la familia, los amores de la pubertad y los amigos, muchos de los cuales ya no volvería a ver.
Los recuerdos trabajan como sustento de la reconstrucción de historias individuales, sentimientos, afectos y hasta odios y rencores. Sin embargo, lo más inquietante es el redescubrimiento de algunos secretos que permanecían en su memoria en estado latente y hasta la evocación de un homicidio que se mantiene impune.
El personaje –escritor, inserto en el universo mediático contemporáneo que denuncia cotidianamente las miserias e injusticias humanas– advierte que sólo logrará sobrevivir a través de un minucioso y bien planificado ejercicio de ficción-evasión.
Su novela debe ser una imaginaria representación de la realidad que lo incluya, aunque para ello deba escamotear la personalidad de Angel, un no menos atribulado amigo de la infancia.
Este segundo personaje real, que a medida que avanza la narración experimentará una suerte de fusión con el escritor, es un médico divorciado de rutinas tan vacías como extenuantes.
Tras un prolongado exilio político durante la dictadura y el abandono de sus ideas revolucionarias, Angel hoy sólo aspira a reconstruir su vida afectiva con una joven a la cual dobla en edad, y cuidar a su hijo cuando su severa ex esposa se lo permita.
Contrariamente al caso de su amigo escritor, el médico prefiere renunciar a su pasado cargado de culpas, una rígida educación rel
igiosa a la cual renunció en aras de su independencia de conciencia y un inicio sexual reñido con las convenciones morales imperantes.
Apelando a abundantes flash backs como es habitual en el cine, Rafael María transforma a la tragedia en partera del relato incesantemente alimentado por la memoria individual. El autor construye su novela a partir de las historias paralelas de estos dos hombres que por diferentes motivos arrastran terribles frustraciones. Ambos comparten recuerdos, emociones y secretos que, sin embargo, se niegan a proclamar explícitamente.
Entre soliloquios y tribulaciones apenas interrumpidas por fugaces encuentros amorosos sin afecto, el protagonista escritor se va apropiando imaginariamente de la personalidad de su amigo, hasta desarrollar una auténtica relación de simbiosis.
Mientras recuerda su pasado de trotamundos durante su exilio voluntario, este personaje sin escrúpulos que no parece aceptar límites, recobra la razón de ser y existir.
Rafael Marías incorpora a su libro otros personajes que se integran al relato como piezas de un complejo mosaico: una hermana lesbiana, un amigo alcohólico que vive del dinero de su esposa, una joven de afectos contradictorios e inclinaciones incestuosas, un drogadicto que financia su adicción con prácticas aberrantes, una amante abandonada y una emancipada prostituta sugestivamente llamada Soledad. Trabajando minuciosamente con las emociones, los afectos, las culpas, los secretos y los rencores de sus personajes, Rafael Marías construye el perfil de toda una generación que vio desmoronarse sus sueños y proyectos.
Si bien las alusiones a la dictadura son apenas tangenciales, los dos personajes que viven en una simbiótica dependencia nunca declarada constituyen arquetipos bien definidos de un tiempo de heroísmos, martirologios, turbulencias, utopías y frustraciones.
Sin abandonar la estructura novelesca y la exploración de los universos íntimos de sus criaturas literarias, el autor observa múltiples fenómenos humanos y sociales con acento crítico: la política, la religión, la represión, la doble moral, el abandono, la incomunicación, la soledad, la crisis de los afectos, la fragilidad de los sentimientos, el suicidio como experiencia de evasión, la cultura mediática y hasta las confrontaciones generacionales. Cuando es menester, Rafael Marías no soslaya el lenguaje descarnado y explícito para describir determinadas conductas bien cotidianas: el sexo sin amor, el amor sin sexo, la violencia, el odio sin culpa, la perversidad y hasta la degradación. Sin embargo, «El hombre vacío» no se detiene en la mera observación de los conflictos humanos en la medida que propone un minucioso ejercicio de exploración psicológica de una generación en muchos aspectos desencantada.
La obra propone reflexionar acerca de las secuelas de un tiempo crucial de confrontaciones que se proyectan al presente, corroborando la vigencia de la eterna relación de causalidad que rige los procesos históricos y los fenómenos sociales.
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