"Cenizas": en la caverna de Platón
Los jóvenes son Estela Medina y Levón, que aunque han actuado intensamente a lo largo de 2002 («Pericles»; Estela en «La misión», él en «El labrador y la muerte» y «Turcaret») no soportan las vacaciones de verano sin teatro y se proponen la obra de Pinter, nada menos. El director pudo ser, en el principio del proyecto, Mario Morgan; faltó la producción con que se contaba y Morgan, comprometido con la programación del Hotel Conrad, no podía, además de dirigir, producir la obra. Vencidos pero no derrotados, Estela y Levón con el apoyo de Omar Varela, la producen (con Luciana Caussi y Pablo Robles), convencen a Antonio Larreta para que dirija la obra y en menos de un mes Cenizas está en escena.
No conocemos dos personas de las que han leído, visto y hasta interpretado (en Buenos Aires) esta enigmática pieza que estén de acuerdo sobre qué sucede en ella; tampoco hay quien no se conmueva con Cenizas. Cuando comienza la obra, sentimos que algo grave ha pasado: hay una primera historia de un hombre, casi seguramente un ex amante, que amenazó a la mujer con el puño, le provocó violencia; hay una segunda historia, terrible en su sencillez, de niños arrebatados a sus madres por guardias en una estación de ferrocarril. A este tema de las amenazas del mundo exterior se entrelaza un segundo tema, que es la relación de la pareja. Ambos sufren por lo que han hecho. El la acusa de infidelidad, por donde inferimos que podría ser el marido, pero a veces el hombre escucha a la mujer con la distancia, atención y hasta el asedio de un psicoterapeuta; ella a veces rememora el pasado, casi siempre infeliz: diversos indicios sugieren que algunas memorias podrían pertenecer a un pasado ilusorio. Nada es ni lógico ni sencillo en Cenizas, pero, curiosamente, nada parece ni arbitrario ni impremeditado. Podemos no saber qué ocurrió, se nos puede mostrar la acción del revés, como un negativo, como las sombras en la caverna de Platón; pero siempre comprenderemos el drama. Por momentos parecería que la obra original, prácticamente sin modificaciones en la versión de Larreta, se hubiera escrito por Pinter mediante un especial procedimiento de entresacado que se realizara sobre un primer borrador, despojando a la obra de toda relación con su argumento y de toda referencia a trama o intriga, como si se cortara el hilo que une a una cometa con la tierra o como si se redujera un árbol al tronco y unas pocas ramas.
Dada esta disponibilidad del hilo conductor, que puede anudar muchas variantes, es casi imposible discutir la puesta en escena de Larreta que, dentro de las circunstancias, fue lo mejor que podía esperarse. No obstante, con toda la admiración que sentimos por Taco, y por ello, no podemos dejar de escribir algunos reparos. Tenemos la impresión que el teatro bifrontal de la Sala 2 del Anglo planteó dificultades iniciales de presentación: en las primeras escenas, cuando los dos personajes están separados por toda la extensión de la sala y tenuemente vinculados por una alfombra o caminero, se produce un efecto de inercia o frialdad; pero no bien los personajes se acercan, la pieza cobra energía. En un segundo aspecto, quizás ya en una cuestión de gustos y apreciando a la vez las dificultades y las libertades de la obra, hubiéramos preferido una mayor dialéctica. En primer lugar más y mejores contrastes en la iluminación que apoyaran la muy adecuada música incidental y canciones de Sylvia Meyer. Esta especial atención a la iluminación habría estado especialmente justificada por la insistencia del autor, en el texto, en los diversos estados de la luz. También esperábamos (en la interpretación, no en la música) un crescendo progresivo y una resolución final. Diríamos que parecían indicados unos golpes de percusión luego que el tema de la abducción aparece por última vez y la obra finaliza; aunque comprendemos que la sobriedad de Larreta es más afín a remates neutros y asordinados que a la entrada de trombones y los timbales. Finalmente, y también sin mengua del arte del admirable Nelson Mancebo, el muy elegante traje de Levón sugirió un clima tropical que no concordaba del todo con la casa de campo un tanto inespacial e intemporal del texto.
La interpretación de Cenizas tuvo el sello de calidad que distingue a sus actores. A ellos en particular, por su fervor por el teatro, por el don de conocer una obra densa y admirable, nuestro cordial agradecimiento. *
CENIZAS (a las cenizas), de Harold Pinter, con Estela Medina y Levón. Ambientación y vestuario de Nelson Mancebo, iluminación de Verónica Loza, música de Sylvia Meyer, dirección de Antonio Larreta. En teatro del Anglo, Sala 2, San José 1426. Estreno del 10 de enero.
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