Comienza el ciclo Viva la diferencia
Para este año, Viva la diferencia mantendrá algunos de los criterios ya aplicados en temporadas anteriores: una actitud atenta a calidades de los más diversos orígenes (de Francia a Irán y de Estados Unidos a Brasil), el empeño de ampliar los espacios y permitir el acceso del aficionado a materiales que suelen tener dificultades para encontrar pantalla. El mecanismo seguirá siendo el mismo: exhibición durante una semana (excepcionalmente dos) en Cinemateca 18, mantenimiento en una o más salas del circuito en función de la repercusión pública.
La vuelta de Laurent Cantet
El ciclo de este año arranca hoy con El empleo del tiempo, un filme mayor del francés Laurent Cantet, el mismo de Recursos humanos. A la altura de su segundo largometraje, el director y colibretista Cantet vuelve a ocuparse los problemas de la pérdida del trabajo, en una sociedad que ha hecho una bandera del concepto de «flexibilización», la inserción social es diferente (allá era un medio obrero, aquí se trata de «cuadros ejecutivos») y hay también variantes de forma: Recursos humanos era una película más estructurada en términos dramáticos, El empleo del tiempo corre con una mayor libertad, en cierto modo acompasándose al intento del personaje de inventarse su realidad sobre la marcha. El director descomprime el tiempo cinematográfico, juega con detalles significativos y convierte de pronto un objeto (por ejemplo el sobretodo del protagonista) en símbolo de los vaivenes del personaje en la escala social. Este inteligente, a veces brillante estudio sobre la alineación recibió el premio Don Quijote en el Festival de Venecia 2001, y el premio de Fipresci en la Viennale de ese mismo año.
Canadienses
El jueves 30 de enero habrá de estrenarse Cinco sentidos, filme canadiense dirigido por Jeremy Podeswa, que ha sido descrito como «una perceptiva y poderosa alegoría». Esta película se ocupa de las vidas aparentemente no relacionadas de cinco personajes, que corren en paralelo hasta que en algún momento se conectan. Cada uno de ellos ha perdido o está perdiendo uno de sus sentidos, y debe resolver alguna cuenta pendiente con su pasado antes de aventurarse en un futuro desconocido. Cada uno de ellos, también, trata de conectar consigo mismo y con su entorno inmediato, tratando de encontrar un sentido para su existencia. Esa anécdota plural, diestramente guionada, sirve de pretexto para que el director y libretista Podeswa despliegue una reflexión sobre la comprensión, la aceptación y la fe, con la entrelineada sugestión de que una aproximación optimista a la vida puede hacer el viaje más rico. El tratamiento resulta curiosamente ambiguo: por un lado hay un cálido y compasivo acercamiento a los personajes, mientras por su parte el dato de que cada uno de ellos carezca de un sentido parece un deliberado artificio, un elemento incorporado para distanciar al espectador de la acción y otorgarle una perspectiva reflexiva.
Tavernier antibélico
El 5 de febrero comenzaráa exhibirse Capitán Conan, alegato antibélico dirigido por el francés Bertrand Tavernier, ambientado durante y después de la Primera Guerra Mundial. La acción se centra en dos combatientes, un «guerrero nato» y un oficial de comportamiento más civilizado. Cuando el primero deba enfrentar una corte marcial, acusado de crímenes de guerra, su amigo, fiscal de la causa, se encuentra de pronto en medio de un conflicto de lealtades divididas. La amistad entre estos dos hombres (el «luchador» y el «pensador») constituye uno de los ejes dramáticos del filme, y conocerá alguna vuelta de tuerca inesperada cuando ambos sean enviados a un nuevo frente de guerra, en la lucha que enfrenta a los ejércitos de intervención contra el recientemente inaugurado régimen bolchevique. cuando comience a tronar la artillería, será Conan el que se encuentre en su lugar, y el otro quien se vea fuera de él. El alegato contra los absurdos de la guerra no resulta un tema inédito en la carrera del director Bertrand Tavernier, quien ya había ubicado en las postrimerías del primer conflicto mundial su anterior La vida y nada más. El conflicto entre el costado «salvaje» y el costado «civilizado» del hombre (encarnados, respectivamente, por los dos personajes principales), y el modo como las circunstancias envuelven y empujan a determinados comportamientos, son el núcleo de este film de Tavernier, y reiteran una preocupación del cineasta por contextos problemáticos y una actitud crítica hacia la sociedad.
La revolución según Rohmer
De otro maestro francés, Eric Rohmer, se exhibirá a partir del 13 de febrero La dama y el duque, en más de un sentido una obra sorprendente. El primer lugar, se trata de una película de época, una de las pocas (tres, para ser más exactos, junto con Perceval le Gallois y La marquesa de O…) que Rohmer haya realizado a lo largo de su prolífica carrera. Pero es también infrecuente la perspectiva desde la cual se ocupa de un período histórico crucial (la Revolución Francesa) y más estrictamente uno de sus períodos más oscuros (el terror).
No lo hace desde el punto de vista «fácil» (el pueblo revolucionario), sino desde el más problemático del personaje real de Grade Elliott, aristócrata británica que fue quizás la amante del duque de Orleans, que vivió en París en momentos en que la guillotina caía diariamente sobre los cuellos más diversos, y que le permite al filme distanciarse al mismo tiempo de las arbitrariedades del ancien régime y de los excesos revolucionarios. ¿Un filme monárquico, como ha dicho alguien? quizás, pero en todo caso, partidario de la monarquía constitucional. ¿Un filme revolucionario? quizás, también, pero cuyo modelo es la Revolución Gloriosa británica que anticipó a la francesa en un siglo, tuvo más éxito y fue más ordenada.
Hay un aspecto particularmente llamativo en el filme: el uso de la tecnología digital para levantar sus suntuosos decorados, sobre los cuales Rohmer inscribe el drama humano: no la Historia con mayúscula sino la pequeña historia, la de seres humanos individuales e irrepetibles, sin los cuales no se entiende la otra.
Banqueros
La quinta entrega de Viva la diferencia para este año será El juego de la banca, cinta australiana dirigida por Robert Connolly donde un banquero contrata a un matemático para controlar el mercado.
El resorte anecdótico es fantástico (si la fórmula esgrimida en la película fuera cierta y todos la conocieran se anularía a sí misma, y vuelta a empezar), pero el filme la maneja con absoluta coherencia interna para sustentar una ficción político-económica que dispara varios dardos críticos sobre manejos financieros en las altas esferas. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. *
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