ARTE

Las exposiciones no son para el verano

Las principales exposiciones europeas se efectúan durante la temporada estival. Documentas y bienales, ferias y megaexposiciones aprovechan los largos días y el acentuado nomadismo internacional para agregar atractivos a las ciudades. Hay un acuerdo tácito (y comercial) en multiplicar los festivales de música, teatro, danza y artes visuales para canalizar a un público con menores preocupaciones inmediatas y mejor dispuesto a hacer lo que no pudo durante la rutina laboral. Las temporadas fuertes del otoño-invierno son más restrictivas y especializadas, mientras las veraniegas concitan el interés masivo.

Las autoridades de la cultura, municipales y nacionales, en Uruguay no lo advierten. Apenas si se limitan a ejercitar el populismo de entretenimientos playeros (carreras de personas y de autos, fuegos artificiales, música al aire libre, el inevitable fútbol, adelantos del interminable carnaval) que, en dosis frecuentes, repetidas, producen un efecto anestesiante (además de desbordes colectivos) sobre una sociedad vulnerada y cada vez más vulnerable por la incapacidad de la clase gobernante. Hay mucho circo y poco pan. Todavía no se tomó consciencia de que hay que entretener educando y cultivando, dando pautas flexibles y subliminales de la auténtica creación y firmeza ética.

La lección de Rembrandt fue formidable. En apenas un mes, los alrededor de sesenta mil entusiastas visitantes al Museo Nacional de Artes Visuales indicaron la apetencia por el arte del público uruguayo. Pero lo notable consistió en ser atraído por grabados y en blanco y negro, un lenguaje que, si bien en su momento fue un recurso para democratizar el acceso a las obras, hoy, por su austeridad, no parecería apto para conquistar mayorías habituadas al avasallamiento perceptual de las diversas programaciones televisivas que apuestan a la vulgaridad en todos sus niveles. Hay que interpretarlo como un antídoto de una sobreviviente sensibilidad hacia el arte en su legítima expresión. Los gestores culturales deberían tomar nota.

Montevideo y Punta del Este son plazas turísticas, según afirman los eslóganes. Pero las respectivas intendencias y los directores culturales prefieren ignorar esa condición. Antes, cuando existían comisiones culturales privadas, las exposiciones importantes se multiplicaban en el principal balneario y era casi obligación trasladarse hasta allí. Hoy es un páramo, con alguna aislada excepción que confirma la regla. Luego del sol y el mar, no son suficientes los conciertos de jazz o un festival de cine, acotados en el tiempo. Es necesario volver a incentivar las galerías privadas y activar los museos existentes difundiendo el arte nacional y latinoamericano, por lo menos, mercosureño. Falta una política cultural, claro, que el Ministerio de Turismo es incapaz de instrumentar.

Más grave aún es lo que sucede en la capital. No hay ninguna exposición de real interés. Los cuatro centros culturales comunales (Cabildo, Centro Municipal de Exposiciones, Museo de Arte, Museo Blanes) mantienen exposiciones del año anterior sin mayor relevancia cuando el acervo total de esas instituciones, desconocido, es importante. Traer (del acervo reservado en los sótanos) del Museo Blanes al Centro sería, durante el verano (y no sólo), muy estimulante: desde muestras históricas a cortes transversales del arte uruguayo, desde monografías a presentaciones temáticas (el paisaje, la naturaleza muerta, el retrato, el planismo, el informalismo, las nuevas tendencias). Sacar de las paredes del Palacio Municipal muchos cuadros excelentes que decoran despachos y corredores sería un acto gratificante para el gran público y un imperioso deber de las autoridades actuales, un modo, entre otros, de familiarizarse con los nombres y las obras de los artistas.

Falta una descentralización cultural auténtica, una dinámica de exposiciones que circulen por diferentes barrios, en especial los más periféricos. Hubo en otros tiempos bibliotecas circulantes. Habría que instaurar exposiciones circulantes en vehículos acondicionados (contenedores, por ejemplo), exposiciones didácticas fáciles de montar y de presentar, acompañadas de enseñanza y ejercicios prácticos para niños y adolescentes. Por lo menos para contrarrestar el gusto hacia los horrorosos monumentos que invaden la ciudad o las penosas pinturas murales del Estadio Centenario, una obra maestra de la arquitectura moderna bárbaramente destrozada en el exterior, perversamente confundida la señalización con una firma de bebidas.

No estaría demás establecer itinerarios por aquellos monumentos artísticamente valiosos, en arquitectura y escultura, evitando (y señalando) los errores y adefesios aceptados (el más sublime es el de Sócrates en la Biblioteca Nacional, que no escribió ningún libro). Pocos ciudadanos montevideanos se detienen para ver las buenas versiones del Gattamelata de Donatello, mal ubicado en la Plaza Italia, o del también mal ubicado Colleoni de Verrocchio, frente a la Facultad de Arquitectura. Pocos saben de la existencia de un monumento a Beethoven hecho por Bourdelle, en el Prado (también realizó el de Francisco Soca en el parque Batlle) o la réplica de Fuegos fatuos de Héctor Guimard, uno de los mayores representantes del art-nouveau. Numerosas obras, dignas de estimación, de Juan Manuel Ferrari, Antonio Pena, Belloni, Zorrilla de San Martín, Bernabé Michelena, Joaquín Torres García (a espera de un emplazamiento definitivo) se reparten por parques y plazas. Y el mejor de todos, el Monumento a los caídos en el mar de Eduardo Yepes, en la plaza Virgilio. Un recorrido por la ciudad a cargo de profesionales (no de «guías turísticos») sería beneficioso para ver y estimar la ciudad en que se vive, disfrutarla, incluyendo las quintas históricas y los cantegriles, que también forman parte de la compleja y contradictoria urdimbre urbana. Planificar horarios y zonas a conocer es una tarea de todo el año y en especial durante el estío. Pero como se puede verificar, por ahora, en este año, ya es tarde para movilizar a los burócratas de la cultura. *

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