LOS VIENTOS DEL TEATRO EN LA CALLE

El gran circo de la noche

Creemos que, sin desmedro de los buenos artistas que lo acompañaron antaño y lo acompañan hoy, Teatro Zótano es, antes que otra cosa, una empresa de Gustavo Trinidad, que ha dirigido con acierto las puestas en escena y que ha acometido con valentía y adecuadamente, como surge de esta breve enumeración, a los pesos pesados del teatro.

Teatro Zótano acomete ahora el teatro callejero y, prescindiendo de sus méritos artísticos, ha logrado un impacto que nunca pudimos imaginar.

Teatro Zótano entiende que «el teatro de calle en tiempos de crisis puede y debe salir al encuentro con la gente»: así, el presentador (y casi todos los actores, hasta donde pudimos ver) son ciegos, pero son ciegos más que a las formas y objetos, a la realidad. Como dice el Evangelio, tenemos ojos y no vemos.

El presentador, a veces, impremeditadamente, habla de espaldas al público, o sea de espaldas a la realidad.

Es un soñador que divaga y se refocila en su divagación, que tiende confusamente a la salvación por el arte. En cambio, el domador, a quien una pancarta acusa de pertenecer al grupo de los Peirano, es realista e intenta rematar el circo entre los espectadores; los payasos, por su parte, intentan sabotear el espectáculo con una huelga.

Las cosas no pasan de ahí, y la ideología de Teatro Zótano, a juzgar por lo que muestra, no da para hablar ni una línea: pero esa casi imperceptible atmósfera social, esquemática y confusa, hizo que, ante nuestros ojos, varios espectadores se levantaran de sus asientos en la escalinata y abandonaran el espectáculo. Quienes así hicieron no eran miembros de la clase dominante, que no suele cenar las hamburguesas de diez pesos del muy exitoso carrito parado frente al Teatro Circular con que se abasteció el público de «El gran circo de la noche», sino uruguayos de clase media que ya no toleran ni la sombra de la realidad, que les dice de su apocamiento ante el despotismo, y que seguramente aplaudieron la ignominiosa ley de «fortalecimiento del sistema financiero».

Esta mansedumbre es harto peligrosa, porque hace saber al poder, que va tanteando hasta dónde puede llegar, que prácticamente no tendrá límites para sus exacciones.

Uno se pregunta cuándo y por qué van a reaccionar los uruguayos: sin duda cuando, como en el apólogo de Brecht, ya sea demasiado tarde.

El doctor Justino Jiménez de Aréchaga sostenía en «La constitución nacional» que en el siglo XIX era perfectamente concebible que en Uruguay hubiera una revolución contra la vacunación obligatoria; pero ese Uruguay, el de «La tierra purpúrea», que tanto admiró Hudson, no existe ya.

Reconociendo en todo lo que vale este sorpresivo éxito de «El gran circo de la noche», quedan por examinar sus créditos y débitos artísticos. Los textos, que pertenecen al grupo, son difusos y vagos; los episodios parecen superponerse, sin integrarse con la necesaria claridad; de los números de circo, sólo los malabarismos con fuego tuvieron riesgo e interés; el humor, que no pareció intentarse, sucedió erráticamente.

En positivo hubo, pese al contratiempo de un viento que insistía en hacer volar los elementos físicos del circo, un buen ritmo, una secuencia rápida, una gracia general, una agilidad que entretuvo permanentemente al público. *

EL GRAN CIRCO DE LA NOCHE, creación colectiva de Teatro Zótano, música de Marcelo González, con Fabiana Melegatti, Mariana Casares, Gustavo Trinidad, Miguel Angel La Cruz, Diego Pereira y Damián Pérez. Músicos: Eduardo Cardozo, Marcelo González, Pablo Azzarini, Mauricio Olivera y Alvaro Zino. Iluminación, vestuario y utilería de Alejandro Duffau y el grupo. Maquillaje de Inés Silvera. Coordinación general de Gustavo Trinidad.

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