Lo grande en lo pequeño
Lo hace, como en «Â¡Ay, Carmela!» con Paulino y Carmela, con personas comunes, de las que sabe ver el minuto de originalidad y el golpe de luz de una revelación: sin duda el autor se impone el pie forzado de personajes sin un brillo especial, para triunfar a través de la dificultad. Trátase en «Ãaque» de dos actores itinerantes, Solano y Ríos, de muy modestos y convencionales recursos histriónicos, dueños de un repertorio limitado, carentes de ambiciones y sin demasiadas ideas en la cabeza, ideas que tampoco son muy claras. Pero hay un momento en que los dos personajes alcanzan a Sanchis Sinisterra, un momento en que ya son el autor. Es una ráfaga de lucidez y hasta de grandeza en medio de un universo de confusión y de pequeñez. «De piojos y de actores», dice el subtítulo, y los dos términos guardan entre sí tensión y drama. Piojos, como los que atiende cariñosamente Ríos, pero también actores, en donde toda la grandeza del hombre puede encarnarse. Sobre todo se ha de encarnar en ellos todo el drama subyacente del actor, ese desconocido; ese hombre que se muestra para ser otro, para no poder jamás mostrarse, en definitiva para ocultarse, para morir en su personaje y así renacer sin poder ser nunca como es realmente. El público es inerte. Puede comprender lo que ve; y si eso ocurre, sucede que en el fondo no ha visto nada.
Apenas puede decirse de un argumento de «Ãaque», fuera de diversas presentaciones de ese actuar y no actuar, de ese actuar con la verdad que no lo parece y con ficciones donde podrían revelarse. Hay una progresiva revelación interior, por donde Solano y Ríos parecen acercarse a una comprensión superior de la vida, para luego recaer en sus lugares comunes, en sus muletillas. Algo semejante al desenlace de «Bouvard y Pécuchet» de Flaubert, donde los ex copistas, luego de un periplo que parece abarcar toda la experiencia humana, resuelven «copiar como antes».
La puesta en escena de nuestro compatriota Juan Carlos Moretti, hoy integrado al equipo del Azar teatro, se apoya en un texto donde ha quedado lo mejor y más expresivo y se ha suprimido con criterio todo el follaje que suelen tener los textos del autor. Con toda su originalidad y su inventiva, con todo el trabajo de investigación y estudio que suelen implicar sus obras, con toda su nada exhibida inteligencia y, en suma, con toda su calidad literaria, hay que decir que Sanchis Sinisterra sobreabunda en palabras. Decir de más es tan malo como decir de menos; la reiteración termina, no por sumar, sino por repiquetear como lluvia en los cristales.
Esta versión ha sido puesta en escena por Moretti con un muy claro sentido de la unidad de la pieza. Las anécdotas buscan a la historia; cada episodio nos acerca una idea más; las ideas tienen un rostro y el follaje se apoya en un tronco, al fin tenemos un hermoso árbol. El movimiento escénico hizo de la sala Atahualpa tan pronto un mundo interior, como una pieza en una posada, como una plaza, una iglesia, el empíreo, con Dios que habla a Abraham, hasta el ámbito de un viaje fantástico, a través del tiempo. La iluminación, del mismo Juan Carlos Moretti, de larga y fecunda trayectoria como técnico y como artista en luces, fue tan sutil e inspirada como integrada a la versión de la pieza.
No puede concluirse sin la mención de los actores, Carlos Tapia y Jesús Puebla. Su arte es diferente del que podemos ver en los teatros locales: brilla en el controlado entusiasmo, en la gravedad y determinación con que cumplen su labor, en la intensidad mediúmnica con que se compenetraron con sus difíciles personajes. Nos trajeron la mejor tradición del teatro español, que tiene un sentido de grandeza y especial dignidad hasta en lo más pequeño. *
ÃAQUE, O DE PIOJOS Y DE ACTORES, de José Sanchis Sinisterra, por Azar teatro de España (Valladolid), con Carlos Tapia y Jesús Puebla. Vestuario de Mario Pérez, escenografía de Carcoma, iluminación y dirección de Juan Carlos Moretti. Estreno del 9 de enero, teatro El Galpón.
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