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Tres muescas en mi carabina

Aún hoy, en pleno tercer milenio y pese al prodigioso avance de la ciencia y la técnica derivado del monumental salto cualitativo experimentado durante el siglo pasado, el hombre sigue siendo una criatura biológica cuasi indefensa.

De nada vale la revolución del conocimiento a la que asistimos cotidianamente con una mezcla de admiración y asombro, ante la devastadora violencia de una erupción volcánica o un terremoto proporciones.

Como en la época en que los primeros humanoides se refugiaban en las cavernas, esos inevitables fenómenos naturales suelen devenir en mayúsculos holocaustos y destruir el fruto de la civilización y el desarrollo construidos durante décadas y tal vez siglos.

Aunque contemporáneamente las guerras, el hambre y el autoritarismo siguen siendo los más temibles flagelos, de tanto en tanto, la naturaleza nos recuerda que apenas somos un manojo de vísceras y miedos ancestrales.

Mientras nos devoramos cotidianamente como lobos, no advertimos que La Tierra –apenas un mero pedrusco en la inmensidad del insondable universo que orbita en torno a una gran estrella que algún día fenecerá– está en permanente proceso de transformación.

Esos cambios, a menudo dramáticos, suelen ser provocados por la propia actividad predatoria del ser humano, que saquea implacablemente los recursos naturales no renovables sin reparar en las graves consecuencias.

Otros experimentos humanos que pueden tener capital incidencia en todos estos procesos naturales, son los ensayos de las potencias nucleares. Más allá de la contaminación provocada por la inevitable liberación de sustancias letales, estas irracionales aventuras pueden afectar la conducta geológica de nuestro aún acogedor planeta.

Desde bastante antes de la irrupción del Hombre en los paisajes geográficos de la prehistoria, la ciencia ha comprobado que la Tierra está en permanente actividad.

Como se recordará, el geólogo alemán Alfred Wegener postuló, a principios del siglo XX, la teoría de Pangea, continente único existente en las postrimerías del período paleozoico, que se comenzó a desgajar en varias masas continentales a principios del jurásico.

La hipótesis del científico, muy resistida en la época, explicaba, por ejemplo, la correspondencia de contornos entre las costas atlánticas de África y América del Sur, la semejanza entre sistemas montañosos paleozoicos de ambos lados del Atlántico y la distribución de algunos grupos de seres vivos. La propia teoría tectónica global, que ha servido de paradigma a la geología moderna, confirma que la corteza terrestre sólida está dividida en unas veinte placas semirrígidas. Las fronteras entre estas placas son zonas con actividad tectónica permanente, donde tienden a producirse sismos y erupciones volcánicas. Algunos de estos movimientos telúricos son imperceptibles a los sentidos del ser humano. Sin embargo, suelen ser registrados por sofisticados equipos sismológicos que chequean constantemente el comportamiento del sistema geológico mundial. No es inverosímil, entonces, admitir la ocurrencia de fenómenos aparentemente insólitos pero científicamente casi siempre explicables, en un planeta que tiene su propia dinámica. En «Tres muescas en mi carabina», el narrador argentino Carlos María Domínguez, residente hace casi 14 años en nuestro país, propone una novela de pioneros, soñadores, aventureros y contrabandistas, ambientada en las tierras emergidas de la isla Juncal. Esta pequeña ínsula situada en el denominado kilómetro cero del Río de la Plata que separa a nuestro país de la vecina Argentina, es un fragmento de historia viva que permanece abandonado frente a las costas de la ciudad coloniense de Carmelo. En el pasado, cuando aún no se habían establecido los límites que consagraron la soberanía territorial de ambas naciones sobre el estuario binacional, Juncal fue un teatro de tormentosas historias humanas, pasiones, amores desenfrenados, sexo, incestos, engaños, odios y sacrificios. Fruto de una minuciosa investigación, el autor –que ganó por esta obra el Premio Embajada de España «Juan Carlos Onetti»– propone reconstruir la peripecia existencial de un grupo de personajes de leyenda, que vivieron, lucharon y murieron por sus ideales. Domínguez construye su relato en dos tiempos históricos bien determinados, que coinciden cronológicamente con la época en que vivieron los fundadores y los descendientes de la legendaria Juncal, isla nacida de los movimientos de tierra y el proceso de sedimentación fluvial. Aclarando inicialmente que muchas de las situaciones son fruto de su imaginación y que la mayoría de los personajes tienen nombres igualmente ficticios, el autor se interna en los insondables laberintos de la condición humana. Así presenta al misterioso inmigrante italiano Enrique que, a fines del siglo XIX, comienza a erigir su sueño de grandeza en un pequeño islote situado frente a la ciudad de Carmelo. El narrador no escatima en detalles para describir la aventura de este temerario extranjero, que desafiando los peligros y rigores de la naturaleza, asume una experiencia fundacional que, aparentemente, tiene mucho de locura y descabellada utopía. El novelista va elaborando pacientemente el paisaje humano a partir de la nada, con la irrupción de un rengo también solitario y algo delirante (Gregorio), que rápidamente se siente fascinado con ese ignoto pionero de sueños. Sin embargo, la narración se torna realmente fascinante recién con la irrupción en escena de la primera mujer, María, una ex esclava brasileña hija de una cabocla, que acepta compartir la épica fundacional con el italiano. El inmigrante pronostica que, con el tiempo, las tierras emergerán del lecho del río y la isla crecerá, hasta transformarse en una suerte de puente terrestre que unirá a Uruguay con Argentina. Naturalmente, nadie otorga crédito a tan delirante vaticinio. El autor describe la inicial soledad de este auténtico Robinson Crusoe que se propone construir un mundo propio, sugiriendo   entre líneas   un parangón entre el italiano y su compatriota descubridor Cristóbal Colón. Narrando dos novelas en forma simultánea, que transforman al pasado en presente y viceversa, Carlos María Domínguez sitúa nuevos personajes en el escenario de la historia. En ese contexto, un puestero porteño huye de Buenos Aires detrás de un reloj y una mujer que le obsesiona, escapando a sus fracasos afectivos, ruinas familiares y un casamiento por conveniencia. Sin embargo, nuevamente la figura de la mujer asume singular protagonismo en el relato. Vestida con ropas masculinas y su carabina Spencer a la espalda, la mestiza Julia gobierna el río. Desde la isla Juncal que heredó de su italiano padre, esta fémina indomeñable parece una reina sin corona que controla toda la actividad económica y el comercio de la región. El autor trabaja con metáforas y paralelismos, al describir el sorprendente crecimiento de la isla que emerge del lecho del río por un proceso de sedimentación y la multitudinaria prole parida por el vientre de la negra brasileña, condenada ahora a una esclavitud sin cadenas. Dios y el diablo parecen competir en la construcción de milagros, en esta suerte de paraíso   infierno terrenal de tempestades afectivas y naturales. La pluma de Carlos María Domínguez insufla nueva vida a este paisaje fluvial que divide los límites entre nuestro Uruguay y Argentina, que en el pasado se tiñó con la sangre de patriotas, conquistadores, aventureros y piratas. Mientras narra múltiples historias humanas desgarradas por el amor, el odio, la pasión y la tragedia, el novelista pincela la eterna lucha entre el hombre y la naturaleza. El trazo literario se torna estremecedor, cuando los agentes na
turales se abaten con todo su furia y rigor sobre los sueños humanos, destruyendo implacablemente construcciones, cultivos y esperanzas largamente edificadas. El autor trabaja con múltiples metáforas, que simbolizan afectos, pasiones y sentimientos: el ceibo que se mantiene en pie desafiando a la tormenta, la «vaca que habla» y el embarazo milagroso, entre otros. También lanza una minuciosa mirada a la cultura multirracial, cuando describe los ancestrales cultos afroumbandistas, la superstición, la ignorancia, las ceremonias, los rituales, los mitos y las leyendas que se transmiten de generación en generación. Domínguez propone observar minuciosamente un estilo de vida que se consolida y la lucha de un grupo de personajes marginales, que sobreviven como pueden de sus escasas expectativas laborales, del comercio, del contrabando y hasta del tráfico clandestino de refugiados políticos que huyen de las guerra europeas. El relato valora la perdurabilidad de un sueño que trasciende a las coordenadas del tiempo, a través de la recreación de la vida de varias generaciones de temerarios pioneros en una suerte de tierra prometida. En ese contexto, pincela con singular elocuencia el amor, la fe y la pasión a toda prueba de los antiguos inmigrantes que otrora llegaron hasta nuestras tierras para fundar su hogar.

La referencia no deja de convocar a la nostalgia, en momentos que nuestro Uruguay afronta un proceso histórico radicalmente opuesto de vaciamiento poblacional, por el dramática exilio laboral originado en la endémica crisis económica y la cada vez más aguda falta de oportunidades y expectativas. En «Tres muescas en mi carabina», Carlos María Domínguez ratifica todas sus virtudes de avezado narrador, al reconstruir paisajes naturales y humanos de singular elocuencia, poniendo la materia prima histórica al servicio de la creatividad literaria. *

(Editorial Alfaguara)

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