MARIO DELGADO APARAIN: "CUANDO EL ARTE ES GENUINO Y DEVUELTO A LA SOCIEDAD, LA GENTE SE SIENTE RECONOCIDA EN EL"

"Escribir es una labor de resistencia"

Uno de los puntos a resaltar –más allá que habló absolutamente de todo, hasta de «Gran Hermano»– que genera el reconocido escritor es la atmósfera que logra al escuchar sus reflexiones. Delgado Aparaín brindó una charla en la Casa de la Juventud (junto a la Catedral) de la ciudad de Minas, donde estuvo acompañado por el sacerdote Narciso Renom, a quien definió como «un cura que siempre tuvo la virtud de hacerlo pensar a uno en lo que no tenía ganas de pensar y de hacerlo escribir cosas que uno nunca había pensado escribir».

A continuación brindamos parte de la valiosa alocución del escritor floridense que abarca desde sus vivencias en Minas hasta las nefastas consecuencias de una globalización que conspira contra nuestro acervo cultural.

La Casa de la Juventud: «Uno de los grandes refugios de los jóvenes»

«Me parece increíble estar acá, con el curita querido. Este ha sido uno de los grandes refugios de la juventud en épocas que fueron cruce de caminos, muy dolorosas, donde era muy difícil encontrar un refugio, una orientación, un ámbito para intercambiar ideas a través de verdaderas luces de faro. Nos sentíamos orientados. Siempre fui ateo, gracias a Dios, y sin embargo aprendí a tener un amor por el conocimiento, por la relación entre el hombre y el mundo y lo tengo que agradecer a mi juventud acá, donde los docentes cumplieron un papel fundamental porque nos inocularon el amor por el conocimiento, para empezar; dentro de esa inoculación por todas las disciplinas, por las ciencias exactas, la fascinación por la física, por la química, por la historia natural, aún hoy me sigue fascinando la física cuántica, la estructura del átomo, la fisión nuclear, la estructura de la materia, la química inorgánica, la evolución de las especies, así como también la filosofía, la razón de ser, de por qué somos lo que somos y no otra cosa, para qué estamos en el planeta. Aprendí también que la historia no era una sucesión de hechos cronológicos sino de procesos y que nos fascinaba. Eramos capaces de jugar a quién contaba la historia de la humanidad en menos tiempo por la sencilla razón de que nos resultaba más aprensible, más abarcable la historia a través de los procesos, desde la Prehistoria a la época contemporánea y los procesos de Latinoamérica en particular. La historia no es solamente el proceso de las grandes masas. No es solamente el continuo litigio entre las clases sociales. No es sólo eso».

Las grandes preguntas

«La génesis de todo pensamiento está en el acervo personal, en el continente que es el individuo y creo que la literatura, en aquel marco educativo, nos enseñó a visualizar, a imaginar cómo era la vida humana, las contingencias, las situaciones límite, el amor, el odio, toda la gama que puede mostrar la psiquis humana confrontada en situación de asimilación, de identificación o de oposición. La literatura universal tiene la magia de darle vida a la historia. Así la empecé a sentir. Me fascinaba entender la vida de un autor en el espacio y en el tiempo que le tocó vivir. De lo contrario es muy difícil explicarse el porqué de una obra literaria. Uno no puede imaginarse a Don Quijote –esa historia que a mi edad creo que he leído tres veces y media y cada vez la encuentro distinta–, a ese flaco genial que era Cervantes, si no tiene en cuenta la crisis terrible de valores del mundo medieval, la fractura de las monarquías en decadencia de la Edad Media oscura cuando los señores feudales enriquecidos vertiginosamente agudizaban las relaciones de despojo con los siervos, de diezmo desmedido, en muchos aspectos igual que ahora con la fragmentación de las naciones. (En particular pienso en el continente africano, por ejemplo, obligándolos a emigrar a las ciudades.) El arte de la guerra era el receptáculo de los grandes ‘valores’ morales de la época, porque se suponía que engrandecía a los hombres. Cervantes tuvo la grandeza de burlarse, de jugar con los antivalores y considerar las lides de caballero como verdaderas historietas, caricaturas de lo que era el hombre en situación. Es decir, aprendí a conocer a los autores a través de su inserción en el mundo que les tocó vivir y así también conocí a los primeros escritores en esta ciudad. Hablo de Milton Fornaro, Milton García, Ariel Muniz, Yamandú Beovide, Nicasia Delgado, Lilián Delgado, eran todos compañeros de locura. No acierto a entender qué es lo que nos movía en esos años a escribir. Sí lo empecé a entender muchos años después, décadas después, cuando ya no estaba acá, cuando me comencé a hacer esa pregunta filosófica que nos hacemos todos de cómo llegué a ser lo que soy; para qué estamos en el mundo; qué función queremos cumplir. Esas preguntas, muchas veces sin respuestas durante muchos años, se formulan en medio de situaciones límite, de verdaderas crisis de autoestima y cuando uno es realmente, y en el buen sentido, cruel con uno mismo, no tiene concesiones de ningún tipo y empieza a hacer una introspección de su pasado. Entonces cae en la cuenta de que todo aquello que pasó desapercibido empieza a tener valor, empieza a ser mensurable. Todo aquello que era insignificante empieza a significar, todo aquello que se dilapidaba –la juventud para empezar– comienza a economizarse, a racionalizarse, y cuando eso ocurre, uno se da cuenta que es receptor de un acervo personal y cultural muy vasto, sorprendentemente vasto, tanto que uno dice si todo eso lo tiene dentro, si tanta gente conspiró a favor de que fuera lo que fui. Lo mágico de esa reflexión es que lo más probable es que la gente que influyó en uno, para bien o para mal, tampoco es consciente del papel que jugó. Por eso es que se dice que la vida es un misterio. Sencillamente porque nos resulta inexplicable, como en física cuando jugábamos con aquellos vectores de fuerza y luego estaban las resultantes de esa fuerza: nunca sabemos cuál es la resultante final de todas las fuerzas que operaron en uno».

La valoración de nuestras historias

«Todos estamos en condiciones de hacer esa valoración y empezamos a resolver el problema de la crisis de autoestima, a caer en la cuenta, a mirar el pasado de que tenemos una linda historia, una buena historia, con todas sus contradicciones, con todas sus limitaciones, con sus pobrezas, con todas sus mezquindades. Y cuando la historia propia empieza a valer, entonces es uno el que considera que la historia propia es digna de ser contada. Esas primeras dignidades están por lo general cargadas de timidez, de una auténtica carencia de soberbia por la sencilla razón de que no hay lugar para la soberbia en la autocrítica. Cuando uno empieza a resolver ese problema y a valorar esa propia historia se da cuenta de que uno y los demás es la misma cosa, de que cuando uno hace referencia a determinadas entelequias como puede ser la idiosincrasia de un pueblo, el espíritu de una nación… Uno se
pregunta qué es el espíritu de una nación, por qué los uruguayos no somos iguales que los argentinos, qué es lo que hace que un habitante de Rocha y otro de Rivera, sin conocerse, digan ‘nosotros’. Cuando uno piensa que el individuo en sí mismo, como último receptáculo de los valores, es el botón de muestra de la nación entera, uno cae en la cuenta que el espíritu de nación no es ni más ni menos que la sumatoria de todas las historias personales e íntimas. Escribir es una especie de destilación, de hacer inteligible el pasado y el acervo personal que uno lleva adentro».

¿Qué es la globalización?

«El último receptáculo de los valores nuestros está en nosotros y, por ende, está en la intimidad. A veces pienso que cuando se habla de esa tan mentada globalización, muchos
tratan de confundirnos y de hacernos creer que la bondad de la globalización es hacer uno al planeta. Están confundiendo porque la universalización de la tecnología es otra cosa, con una filosofía que tiene como objetivo final la homogeneización del planeta y su conversión en un inmenso territorio comercial donde todo sea vendible. Para que todo sea vendible no tiene que haber resistencia a comprar, sea lo que sea, desde los bienes materiales hasta los espirituales. El peor defecto que tiene la globalización es que no es global. Sólo el diez por ciento de la humanidad la ejerce, la protagoniza, y el inmenso resto es ese territorio experimental y de conversión en mercancía. No hay duda de eso. Y mal puede hablarse de las bondades de la globalización cuando el 44% de la humanidad no ha podido hablar por teléfono, no conoce el teléfono, no lo ha tenido cerca de sus manos. No puede hablarse de globalización cuando una fotografía del planeta tomada por un satélite muestra que los puntos de la iluminación nocturna están en una concentración del 92 por ciento en el hemisferio norte y que el noventa por ciento de Asia y el 87 de Africa está a oscuras. El barrio de Manhattan, en Nueva York, tiene más tecnología que Africa entera. Para que eso ocurra es necesario ‘ablandar’ el planeta, las naciones. ‘Ablandar’ significa echar abajo las resistencias que defienden el derecho a optar, a elegir. No se trata de defenderse contra el fenómeno irreversible de la universalización, de oponer a eso una xenofobia o nacionalismos patológicos, se trata de instrumentar la conciencia de modo que esté al servicio del libre albedrío, de lo que puede quedar de parecido a la libertad. Entonces vemos que en una familia tipo, en la que trabajan los dos padres, el tiempo de convivencia con los hijos es de apenas tres horas diarias en una metrópolis, y que de esas tres horas de eventual diálogo, en dos está el televisor prendido emitiendo salvajemente la contextura de intimidades bastardas, supuestamente más valiosas que la nuestra –hablo de Gran Hermano, por ejemplo– a través de todos esos reality show que nos hacen ‘entretenida’ la vida. ¿No es eso acaso una autopostergación, una autodesvalorización, un verdadero cultivo de la crisis de autoestima? No hay duda de eso. ¿Cómo es posible que se dedique tanto tiempo a una historia sin historia? Para que eso ocurra, tenemos que desvalorizar la nuestra. ¿Y cómo se desvaloriza la nuestra? Cortando el vínculo intergeneracional, lesionando el relacionamiento de los jóvenes con los viejos».

El mayor acontecimiento cultural

«Siempre digo que el mayor acontecimiento cultural que puede ocurrir en una ciudad es un apagón porque no hay más remedio que buscar una vela y sentarse alrededor de la mesa y mirarse por primera vez en el día. Y es ahí donde empiezan a proliferar las preguntas. Nosotros somos receptores pasivos del asombro hasta que el asombro deja de ser. Un muerto de Namibia, de la Guerra del Golfo o de los bombardeos en Sarajevo, un muerto tirado en la calle es idéntico a un muerto de una película de Silvester Stallone, no se diferencia de lo que es una ficción. Con el apagón comenzamos a contarnos historias y el primer síntoma de que esas historias nos gustaron es que lamentamos que vuelva la luz. Pero la luz se puede apagar todos los días e iluminarnos con nuestra propia luz. Entonces pienso que escribir en esta época es una labor de resistencia. Escribir y resistir es la misma cosa. Es una forma de darle valor al acervo de todas nuestras historias porque no puedo alardear de que inventé la historia que escribo porque es mi gente la que nutre lo que aparece ordenado y artístico. Entonces ahí es cuando aparece el dibujo de la sociedad, y la sociedad es como un espejo roto donde todos tenemos un pedacito de ese espejo, donde todos nos vemos reflejados en ese pedacito, pero nadie tiene un pedazo de espejo suficientemente grande como para ver a la sociedad entera. Esa es la función que cumple el arte. Cuando el arte es genuino y devuelto a la sociedad, la gente se siente reconocida en él, para bien o para mal. El arte recoge los símbolos y hace que aquello que es aparentemente irracional, misterioso, mágico, forme parte del espejo y los demás se vean en él».

El valor de nuestras historias

«Una de las características más lindas que tenemos los uruguayos es que nos gusta contar historias y nos gusta que nos las cuenten. Es la sal de los pueblos, de los recreos, de los boliches, de los lugares de esparcimiento, de los galpones, de las universidades. Muchas veces pensamos que nuestras historias no valen o que no son dignas de ser contadas. Pero cuando vemos una historia de amor en una telenovela argentina y sobreviene el apagón, y le peguntamos a nuestros viejos cómo era hacer amores en aquellos zaguanes de 1940, esa historia seguramente es mucho más apasionante que lo que podemos ver en la pantalla idiota. Sin embargo historias como las nuestras han sido recogidas por grandes como García Márquez, historias de pueblitos indefensos, pequeños y mínimos. Son historias idénticas a las nuestras. Eso significa que todos estamos capacitados para escribir. Todos, sin excepción, porque escribir es nada más que el instrumento para contar la historia que tenemos adentro. Cuando uno escribe para rescatar su historia, no está pensando nada más que en eso. Lo más hermoso que tienen las historias escritas es que son susceptibles de ser leídas en voz alta, lo que es lo mismo que contarnos un cuento».

Leer y mirar el pasado

«Leer es tan importante como satisfacer la sed. En la medida en que se debilite el espíritu de nación, corremos el riesgo de dejar de ser. Paco Espínola decía mucho antes de que empezara a hablarse de la globalización que si perdemos el espíritu de nación corremos el riesgo de convertirnos en un pedazo de tierra con gente encima. Y eso es muy jodido. Nuestro país sangra y en este año se han ido 44 mil uruguayos en edad de trabajar y en edad de parir. Entonces, ¿cómo puede pedírsele a un gurí nuestro que junte un poquito más de fuerza para quedarse? Debemos defender a sangre y fuego los restos que nos quedan porque de lo contrario nadie nos asegura que este país sea un país dentro de cincuenta años. Mirar hacia el pasado es una necesidad de dar respuesta a interrogantes muy grandes que solos no podemos responder y por lo tanto necesitamos de nuestros viejos. Entonces uno entiende que la historia de un país es la memoria de las generaciones pasadas. Nuestro país tiene apenas 250 años y a veces se nos convierte en una entelequia hablar de 1810. Esa entelequia deja de ser cuando entendemos que hay una forma de medir el tiempo mucho más legítima que los 365 días de un año y esa forma se las regalo: para pensar en el 1900, en la época de Batlle y Ordóñez, en la época de Aparicio, estamos a un abuelo y medio de distancia; estamos a tres abuelos de distancia del sitio de Paysandú; a seis abuelos de distancia de Artigas… No es tanto. Eso significa que todavía en el último receptáculo de la memoria y de los valores que tenemos, es decir en la familia, la historia y el pasado pueden explicarse por lo que se cuenta en nuestras casas. Y ese acervo es subestimado hasta por la historia oficial. Son muy pocos los historiadores que registran la historia y que recurren a los testimonios de la gente».

Narrar las historias que tenemos en casa

«Para valorar la historia de todos no se puede desvalorizar la propia. Es la primera que hay que valorizar. Un buen vehículo para estimular la lectura es generar interés por las historias que tenemos en casa, para empezar. Después dan ganas de conocer otras historias. Como no tenemos a mano a todos los contadores de historias y buena parte de ellos ya no están entre nosotros, no hay más rem
edio que ir a los libros. Esa es una llave para considerar útil el arte de escribir. E insisto, todos podemos escribir, y vale la pena porque es una forma de resolver el tema de la crisis de autoestima, de querernos más a nosotros mismos y de querer al prójimo más próximo».*

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