Beck, el compositor de 2002
Ha sido una temporada de ediciones discográficas marcadas por la pluralidad estética y estilística, el culto a las variaciones y, acaso, la progresión de una serie de autores que siempre apuestan a más, tal vez porque su sensibilidad y su talento, su cuidado formal y su contenido los colocan en una situación de privilegio y de prestigio gratamente merecida.
Es el caso del formidable compositor Beck: su disco Sea of change, seguramente el mejor de 2002, marcó el retorno de un individuo inquietísimo, siempre inspirado y sorpresivo, autoexigente y moderno en la concepción de la obra fundada.
Libre de ataduras, Beck propone escenarios o construcciones musicales realmente impresionanantes en un disco de alto vuelo sonoro y letrístico, con estructuras arreglísticas superlativas. El genio de Beck: su lema es ir, nunca volver, nunca refritar, siempre experimentar sin eludir la tradición. Obra maestra dentro de una trayectoria precisamente maestra.
The Eminem show fue la comprobación definitiva de que un rapper blanco como Eminem puede desmarcarse de la media a partir de una actitud revulsiva con la cual, bajo el atento respaldo de Dr. Dre, se ha vuelto un compositor y un intérprete –un decidor– fuera de serie. Es quien mejor negocia con la industria discográfica: aceptó el papel de transgresor, si puede admitírselo, y escribe arriesgados textos que en algunos casos han escandalizado tanto a las mamás como a la propia interna musical. Otro de los discos superiores del año.
Tom Waits, interminable en términos de creatividad, reapareció fulminante con dos compactos, Alice y Blood money, pensados para sendas representaciones teatrales del notabilísimo Robert Wilson (el mismo de las prestigiosas The civil wars y Einstein on the beach): para una versión de Woyzek y para una obra de Lewis Carroll. El grupo de canciones, para ambos discos, tuvo la participación y la coautoría de la mujer de Waits, la exquisita Kathleen Brennan. Discos de una paleta baja, una poética si se quiere lunar en el apalabramiento con resultados mayores. Un poeta, Waits.
Otro poeta es, por supuesto, el británico Peter Gabriel: su disco Up expande una suma de textos dolidos y melancólicos, y articulaciones musicales marcadas por un refinamiento ejemplar e inevitables giros experimentales en las estructuras arreglísticas y, sobre todo, en las modulaciones, todo un virtuoso en lo vocal.
Neil Young, ese renegado, en cambio, trabajó las canciones de su estupendo Are you passionate? reincursionando en el soul y en el rythm & blues con la paciencia de todo impaciente que compone, ladra o murmura, sigue rocanroleando desde un vértice de la industria con una eficacia y un rigor asombrosos. Brillante.
David Bowie parió su mayor disco desde la época de Scary monsters. Y es que sus materiales recogidos en Heathen muestran a este camaleón, a este viajero de los géneros, con una elegancia y una convicción implacables. Para el Duque no pasan los años, no pasa la elegancia, nada se agota. Roquea y noquea. Así de simple.
Por otro lado, el infatigable Elvis Costello publicó una joyita denominada frontalmente When I was cruel: un disco de porte emocional, con un desplazamiento supremo de la ironía en los textos, muy sugestivo en el diseño musical y con radiante labor guitarrística de alguien que habrá tenido sus altibajos, sí, pero que es uno de los mayores compositores del fluir roquero y vuelve a demostrarlo con ahínco, destreza y alta sensibilidad.
Bruce Springsteen reapareció con The rising: voz superior, letrista de una poética narrativa, en el compacto –de cuño humanista– vuelve el espíritu confesional y una toma de conciencia a partir de los atentados a las Torres Gemelas. Es un Springsteen desgarrante y, a la vez, sereno. Que también puede salir a roquear como el mejor con toda la E Street Band a full. Merece subrayarse.
Los Red Hot Chili Peppers, con By the way, de alguna manera quisieron continuar los logros mayores obtenidos por su anterior Californication. Y convencen, seducen desde un extraordinario trabajo basado en variaciones osadas y un cuerpo melódico fascinante. No hay refrito, sino pura inspiración y un ensamble que pocas bandas de rocanrol poseen actualmente.
Son arrolladores y, por cierto, se trata de una de las mayores bandas de la cultura rock de todos los tiempos. Los Pearl Jam han resucitado de sus altibajos y su disco Riot act, rabioso y disidente contra los efectos de la globalización y particularmente de los dictados del presidente Bush –criticadísimo en una de sus canciones más explosivas–, expandió estética grunge, rocanrol e inflexiones baladísticas rotas. Un cóctel balanceado y un disco que, si bien no es mayor, no obstante ubica a Eddie Veder y los suyos entre los más graneados de 2002.
¿Puede ser The Vines la revelación de esta temporada? Los Vines no son los Strokes, más allá de las diferencias contundentes de estilo, pero están tentando una interesante búsqueda musical que los hace ir del grunge al rocanrol y otros subgéneros del paisaje alternativo.
Su disco Highly envolved golpeó fuerte en las audiencias y se les puede otorgar un crédito: hay solvencia, sensación de poder manejarse en todos los territorios musicales.
Hay talento, entonces. Hay que personalizarlo aún más y, de ahí, factiblemente asistiremos a una banda con mayor rotundidad.
Hasta el año próximo. *
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