Rembrandt todavía
Desafiando la lluvia, una multitud más numerosa que en días anteriores se precipitó el domingo 29 de diciembre al Museo Nacional de Artes Visuales: los grabados de Rembrandt se exhibían por última vez. También hubo que repetir tres veces los excelentes videos (uno de ellos realizado por gran Haanstra) y aún así quedó gente afuera de la sala de proyección. Pero Rembrandt continúa. Por HBO, canal 9, el miércoles 8 a las 11.45, viernes 10 a las 16.45 y martes 14 a las 13.00, se podrá ver Rembrandt, película del director Charles Matton, coproducción entre Francia, Holanda y Alemania de 1999-2000, con una hora y media de duración. El protagonista está interpretado por el alemán Klaus María Brandauer (de un recordable Mefisto) y está muy bien en su papel aunque como todo el filme resbala por la exterioridad (suntuosa, por cierto) de la peripecia biográfica del genio holandés sin profundizar en los demonios de la creación. Cuenta con un equipo técnico de primera magnitud: el fotógrafo Pierre Dupouey asimila la paleta rembrandtiana y la iluminación tiene refinamientos visuales magníficos, el libreto y dirección artística pertenecen a Sylvie Matton, la mujer del realizador (que es también pintor) y autora de la novela Yo, la amante de Rembrandt editada por Emecé el año pasado, una sensible evocación de la intimidad del pintor holandés. La película se ve con agrado pero queda en deuda con el pintor y el espectador: están ausentes los años de esplendor y gloria terrena de Rembrandt, su frenética actividad de coleccionista y las imitaciones de Rubens en la vestimenta, el ejercicio de vendedor de cuadros, la adquisión de obras de arte italiano, el goce de los años que compartió con Saskia su primera y única mujer oficial, y en especial faltó la bravura pictórica que lo singularizó, trasmitir la tactilidad de su realismo con reminiscencias católicas enfrentando al realismo óptico, de pulcro sabor protestante que acabó triunfando en el arte holandés. Faltó el contexto sociopolítico de Amsterdam, la enorme cultura visual de Rembrandt, así como el dominio de las amplias fuentes iconográficas tradicionales hasta transfigurar todo ese repertorio en imágenes propias. Faltó, en fin, la sensualidad y erotismo por la mujer, que en algunas escenas, sabiamente, se desliza en ocasiones. No es, con todo, un filme desechable, derrocha una gratificación epidérmica, se entretiene en los aspectos negativos de la vida de Rembrandt y crea una conspiración de los poderosos más allá de lo permisible, pero no cumple, ni por asomo, con la densidad del pensamiento pictórico de Rembrandt. Si es que el cine puede aproximarse. *
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