Dos críticos de ambas orillas
María Luisa Torrens fue directora del Museo de Arte Contemporáneo hasta agosto de 2002. Tenía planificada una temporada y comprometido algunos artistas. Quedó interrumpida al obligado pase jubilatorio que debió vehicularse de una manera más elegante. Sus amplios antecedentes dentro de la institución periodística así lo justificaban. Nacida el 28 de octubre de 1929, Torrens se incorporó al nutrido grupo de alumnos de Jorge Romero Brest a principios de los años cincuenta en la Facultad de Humanidades y Ciencias, asistiendo también a las clases particulares que el ilustre profesor argentino daba en la Agrupación Universitaria. Fueron años de intensa disciplina en el campo de las artes visuales y Romero Brest fue un maestro incomparable, riguroso y carismático. En 1953 Torrens comenzó a ejercer la crítica de arte en el diario El País, integrando un equipo formidable en la página de Espectáculos (Emir Rodríguez Monegal en teatro, Homero Alsina Thevenet en cine, Washington Roldán en música) y se desempeñó con independencia de criterio y franqueza expositiva. Al poco tiempo pasó a dirigir el Centro de Artes y Letras (1956-66) que ocupó un lugar de vanguardia en las artes visuales: por allí desfilaron la colección del Instituto Di Tella (de los impresionistas franceses a Picasso y Henry Moore), Vasarely, Antoni Tapies y Alberto Burri (que se hizo en la Biblioteca Nacional) entre otras exposiciones significativas del extranjero, así como retrospectivas de Carmelo de Arzadun y José Cuneo Perinetti, y presentación de los jóvenes Luis Camnitzer y Leandro Silva Delgado, que luego se harían famosos en el exterior. También, en la colaboración permanente del arquitecto César Barañano, tuvo la feliz idea de hacer una retrospectiva de Hugo Longa en la estación de AFE. Un ciclo de conferencias que concitaron la atención de numeroso público acompañó a las muestras y la de Kazuya Sakai, los veteranos memoriosos la retienen con placer, así como el pasaje de Wolf Vostell. Tuvo una oportunidad única de concretar un centro cultural de nivel internacional pero no supo aprovecharla al no diseñar un equipo técnico de nivel a su alrededor y establecer una agenda sin fallas. Contaba con recursos económicos adecuados y el apoyo de la jerarquía administrativa (hoy impensable en cualquier institución nacional) pero su personalidad cambiante, por momentos temerosa y contradictoria, olvidadiza, con más ideas en la cabeza que disponibilidad para concretarlas, hizo que el cierre ocurriera a los diez años de funcionamiento. Reasumió la dirección en el Museo de Arte Contemporáneo, una transformación del anterior, donde también tuvo una destacada acción aunque más irregular en calidad. Paralelamente tuvo un activo desempeño como profesora de historia del arte en la Escuela de Artes Aplicadas y en los Institutos Normales, integró la Comisión Nacional de Bellas Artes, fue curadora de envíos nacionales a las bienales de San Pablo y Venecia, pionera en la difusión televisiva a través de diferentes programas (De persona a persona, Ustedes y nosotros, Círculo y Cuadrado) y en la realización de la primera feria de arte al aire libre en la Plaza Libertad. Designada directora de cultura del Ministerio de Educación y Cultura, se perdió en los vericuetos burocráticos, cometió algunos errores imperdonables, y fue presidenta de la Sección Uruguaya de AICA. Un currículo importante que sus colegas (y los artistas también) no suelen reconocer y que la asociación que los nuclea ignoró en el momento oportuno, aunque todavía están a tiempo. Quizá no tuvo el brillo episódico y superficial de Celina Rolleri (surgida al mismo tiempo, dotada de facilidad para la escritura y la improvisación verbal, que la condujo hacia la irresponsabilidad intelectual que sus seguidores no supieron advertir, así como sus desplantes de femme fatal de insufrible vulgaridad), pero Torrens transitó por la crítica de arte con mayor entereza y honestidad, esas cualidades que, al parecer, se perdieron en la actualidad. Aún en la discrepancia, en particular por la desconfianza que mantuvo hacia sus mejores amigos y colaboradores que los alejó de su entorno, María Luisa Torrens debió tener un reconocimiento expreso en su medio siglo de actuación en la cultura uruguaya.
El caso Horacio Safons
Por otros motivos, el crítico argentino Horacio Safons, fue forzado a abandonar el cargo, coincidiendo con el fin de su mandato, de Secretario Regional para América Latina y el Caribe de la AICA (Asociación Internacional de Críticos de Arte). Formado en las escuelas nacionales de bellas artes Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón, egresado con los títulos de dibujante profesional, maestro nacional de artes visuales y profesor nacional de dibujo y pintura, Safons fue docente de historia del arte y estética en numerosos establecimientos nacionales, provinciales y privados de Argentina. Ejerció la crítica de arte desde 1962 y en particular se recuerdan sus crónicas del semanario Primera Plana, una revista que marcó un estilo periodístico en el Río de la Plata, con recursos irónicos que aún se festejan. Fue presidente de la Asociación Argentina de Críticos de Arte en varios períodos y desde allí desempeñó una activísima labor, en especial en el Congreso Internacional de AICA ( Buenos Aires, 1988) y después en una incesante tarea y una voluntad inquebrantable de convocar e integrar a los diversos asociados en una voluntad común. En los últimos años convocó a congresos regionales en Buenos Aires, Córdoba y del Mercosur (Porto Alegre) en estrecha colaboración con el brasileño José Teixeira Leite, otra estupenda personalidad irradiada por los oportunistas de siempre.
Lo notable de Horacio Safons fue (es) su capacidad y dedicación a la profesión, sin concesiones. Luchó casi solo por mantener una asociación de críticos independiente y con imaginación, sin someterse a los dictados de la central de París. Fue precisamente esa independencia y los comentarios y advertencias justificados dirigidos a los candidatos al cargo de la presidencia de AICA, que Horacio Safons recibió una respuesta airada y en un lenguaje autoritario (opuesto a las buenas relaciones profesionales) de Kim Levin y Ramón Tió Bellido, presidenta saliente y secretario perpetuo de AICA, como en otros años lo fue la inefable Simone Gille- Delafon. Siempre han sido difíciles las relaciones entre el Norte y el Sur, y la AICA no ha hecho hasta hoy la autocrítica de sus procedimientos que privilegia a europeos y estadounidenses en los desplazamientos a congresos y asambleas en los más remotos países y sin la transparencia deseable. Ese comunicado de Safons debió someterse, por lo menos, a discusión entre las secciones latinoamericanas pero todas optaron por el silencio y la complicidad con el poder central.
Horacio Safons es una personalidad de un sólida formación ética que supo actuar con indiferencia a los procedimientos incorrectos de los mediocres y mercaderes del arte, aunque denunciándolos si fuera necesario, dedicando a la AICA un tiempo generoso y desinteresado. Fue el impulsor del secretariado regional para América Latina y el Caribe, al que París se opuso en primera instancia y que luego debió ceder ante el reclamo generalizado y la necesidad de descentralizar la actividad del comité central, ajeno a los intereses de la región. Con una personalidad de una enorme carga afectiva, el contacto con Horacio Safons fue siempre enriquecedor y su ausencia en un cargo directivo fundamental para el destino de la crítica latinoamericana y caribeña se notará sin duda. Pocos se comprometieron como él a dignificar una profesión en vías de extinción. *
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