"NO HAY QUE LLORAR" DE ROBERTO COSSA, ESTRENO EN EL TEATRO VICTORIA

Buscando a quién devorar

La madre respira con dificultad; el médico convocado es tan ilustre como ausente. ¿Sobrevivirá la madre? A las emociones de la celebración, que quizá causaron su colapso, se agregaría la llegada sorpresiva de un tercer hijo, Gabriel (Gabriel Hermano), que acude vestido de payaso desde su lejana (y exitosa) pizzería a la que se empeña en atender a distancia mediante un teléfono celular mientras sueña con un negocio de distribución de fruta del que no conoce ni los rudimentos pero que lo intoxica.

Hasta aquí la obra es incolora; pronto pasa a recibir una mano de bleque. Los personajes no son ni siquiera lineales: Osvaldo se define por su deseo de progresar a jefe de compras, en vez de jefe de ventas, y por su afición al whisky; Pedro dice su presunta pequeñez como empleado del correo y su amor, hasta las lágrimas, por su madre; las mujeres, que nunca son bien tratadas en las obras de Cossa, van y vienen, importunan, sirven café, podrían suprimirse sin pérdida. La acción parece apuntar, al comienzo, a las demoras en la atención médica de urgencia y a la vanidad profesional: Graciela se da por satisfecha con que su suegra será atendida por un «grado cinco» que tiene el grave defecto de no llegar; Pedro se angustia por la falta de atención inmediata de la enferma, llora por su madre en peligro.

El estilo es insignificante: abunda en frases tan portátiles como ociosas: esas frases, generalmente imperativas, que pueden ponerse en cualquier obra y casi en cualquier escena, así como quitarlas de donde están sin detrimento, como «Osvaldo, pará de tomar», «Vos no vivís de un sueldo», «Pará un poco, por favor», etcétera.

De pronto, cuando la acción parecía empozarse, Gabriel descubre en una carpeta unos títulos de propiedad: la madre es rica, aunque avara y taimada. Ninguno de los hermanos lo sabía. Tiene bienes, de los que no se explica cómo fueron adquiridos, pero que significan dinero: el capital suficiente para comprar el negocio de distribución de fruta y ser ricos y felices de por vida. Casi instantáneamente y sin concierto previo, los hermanos y sus mujeres resuelven que la madre debe morir en el mismo festejo de cumpleaños y por su causa. Todo el visible amor de Pedro, así como la indiferencia de Osvaldo, eran pura mala fe del autor, que mostraba lo que no había. Sigue una larga persecución y muerte de la anciana, a la que los hijos acosan con sobredosis de alcohol y jocundas exhortaciones de hacer «fondo blanco»; aun logran, como sucedáneo de la inyección letal, que la madre cante, para agotar sus pulmones, el tango de Juan de Dios Filiberto «Caminito». La madre muere y la obra termina. Como puede verse, el argumento no es original ni siquiera en relación a las mismas obras del autor: «No hay que llorar» es la Nona sin la bulimia y con un desenlace donde es la madre, y no sus hijos, quien muere.

El matricidio es todo un tema, al que, como mostró Proust en «Sentimientos filiales de un matricida» (en «El caso Lemoine») y como nos enseña la crónica policial, no faltan las antinomias de simultáneos amor y odio. Pero la vida es demasiado sutil, y sobre todo demasiado grave para Roberto Cossa. En sus obras todo quiere ser blanco sobre negro: quiere demostrar y volver a demostrar el postulado de los lamentables Discépolo, esos hombres sabios y sabidos, que el mundo fue y será una porquería. Sabiduría de cafetín, sabiduría convencional: pose y papel pintado. En las obras de Cossa ni lo blanco logra ser límpidamente blanco, ni lo negro logra ser verdaderamente negro; ni siquiera es sucio. Eso sí, se ve la tontería, por todas partes; casi parece que el autor no ve otra cosa; no se ve por ninguna parte la maldad. El autor, sin duda una persona excelente y de buen carácter, no puede, porque no tiene en sí ni la sombra de tales sentimientos, expresar el odio, la animadversión, la perversidad, el rencor, la ira. No advertimos cómo podría entrar Mefistófeles en sus comedias; el autor no ha bebido el vino del asesino. Personajes como Ricardo III, Hitler, Gilles de Rais, Sade, Valmont, Vautrin, Madame de Merteuil, Madame Saint-Ange, Raskolnikoff o el duque de Malfi no están para él en otro mundo: están en otra galaxia.

Cuando la crítica cree haberlo dicho todo, cuando se muestra la desesperante vulgaridad del diálogo, la endeblez de la trama, la ausencia de verdaderos personajes, aparece la palabrita que pretende salvarlo todo. Resulta que todos estos defectos son virtudes, de otra estética: aparece la etiqueta de «grotesco», o, como dijo el director Jorge Curi definiendo esta obra, una «comedia agrotescada». Nada de esto significa algo. Son verbalismos. Decir «grotesco», como si fuera un mérito, a todo lo que es incongruente, exagerado, insustancial, erróneo y malformado, es como llamar «hombre peculiar» a un monstruo teratológico no viable. Y así, sobre palabras que nada significan, pasan estas obras, como «Babilonia», por inercia, de una generación a otra, de un teatro a otro. Acuden luego los eruditos con sus congresos y coloquios y ponencias; y en vez de juzgar la obra de una vez por todas, discuten si el grotesco argentino deriva o no del grotesco italiano. El rey no tiene traje: pero nadie se atreve a revelar que está desnudo.

NO HAY QUE LLORAR, de Roberto Cossa, por Teatro Victoria, con Carlos Frasca, Pelusa Vidal, Claudio Capucho, Pilar Cartagena, Gabriel Hermano y Dahd Sfeir. Escenografía de Osvaldo Reyno, luces de Ruben Vieira, dirección de Jorge Curi. Estreno 3 de enero, en el Teatro Victoria, Río Negro 1479, teléfono 903 32 65. *

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