"EL CRIMEN DEL PADRE AMARO": UN FILME MEXICANO OSADO Y CONTROVERTIDO PERO DE TRAZO ALGO EPIDERMICO

Entre la intolerancia y la tragedia

Sin embargo, también los discursos artísticos suelen estar condicionados por las normas sociales, principios morales, éticos y pautas culturales imperantes en cada período histórico. En esos procesos, también existe una singular incidencia de la tradición, las costumbres, los hábitos, las creencias y los credos que profesan las comunidades humanas.

Hace más de tres decenios, el cine independiente conmovió con singular intensidad a las rígidas arquitecturas institucionales de la Iglesia Católica, cuando se estrenó El Evangelio según San Mateo, del revulsivo realizador italiano Pier Paolo Pasolini.

El recordado creador de Teorema entre otros títulos no menos removedores, propuso por entonces una relectura heterodoxa de la vida, pasión y muerte de Jesucristo, que muchos observadores del clero interpretaron como una afrenta y una apología del marxismo.

Sin embargo, más allá de controversias   Pasolini era un especialista en producir tempestades críticas   lo que el recordado realizador proponía era una observación bastante más humana del Evangelio, al que despojó de la habitual aureola de mito que le rodea. En otras obras de su autoría, el controvertido director aludió también con severo acento a la religión.

Otro tanto sucedió años después con La última tentación de Cristo de Martín Scorsese, otro filme «maldito» cuyo estreno provocó en nuestro país   que es un Estado laico sin religión oficial- algunas previsibles situaciones de conmoción.

Existen naturalmente otros ejemplos que sería redundante mencionar, de filmes «excomulgados» por el sempiterno poder de los recurrentes guías espirituales.

Recientemente en Chile, nación americana en la que el clero sigue siendo fuerte y está asociado al poder, cientos de filmes abandonaron el intolerable «corralito» de la censura que los mantuvo cautivos durante decenios.

De tanto en tanto, cuando el arte osa invadir los territorios de la religión institucional, las reacciones de los «nuevos inquisidores» suelen ser tan destempladas como irracionales.

Según estos digitadores de conciencias, parecería que no es posible tener fe y a la vez sentido crítico y que el debate o la libre expresión del pensamiento están vedados a los creyentes. Nada más falso que esta osada insinuación de presunto paternalismo autoritario.

El estreno internacional de El crimen del padre Amaro   uno de los títulos exhibidos en el Primer Festival de Cine de Montevideo y estrenado en varias salas capitalinas (aún puede verse en el Plaza Arocena)  provocó las conmociones y estupores esperados.

El filme del realizador mexicano Carlos Carrera, comete el temerario «pecado» de la transgresión, cuando transforma a los sacerdotes en seres de carne y hueso con sentimientos idénticos a los de cualquier criatura mortal.

La cámara se traslada por polvorientas y desoladas carreteras al pequeño pueblo de los Reyes, gobernado por la ignorancia y la superstición, adonde arriba el padre Amaro del título filme (Gael García Bernal).

El joven y vocacional sacerdote, que goza de la simpatía y el apoyo del obispo local, debe realizar una experiencia de aprendizaje antes de partir a Roma para completar su formación.

El iniciado se confronta a una realidad para él sorprendente, que lo hace descender abruptamente de sus delirios místicos: un veterano sacerdote (Sancho Gracia) que se resiste secretamente al voto de castidad y mantiene relaciones de pareja con la dueña de una fonda del pueblo y los encantos de una hermosa y devota joven.

Sin embargo, estos dos componentes de la realidad son apenas la punta de un iceberg, ya que también, con el tiempo, el atribulado clérigo descubre a otro cura independiente que simpatiza con la guerrilla y los operativos de lavado de dinero con donaciones por parte de un poderoso narcotraficante, situación ante la cual las autoridades eclesiásticas parecen hacer «la vista gorda».

Si algún componente le faltaba a esta historia iconoclasta, el propio padre Amaro   que condena tibiamente el celibato en la intimidad de las conversaciones privadas   se enamora de la joven y sensual Amelia, con la cual mantendrá un tórrido romance.

Partiendo de la sentencia del propio obispo, quien afirma que «donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia», el realizador Carlos Carreras construye un drama audaz, contundente y con apuntes incluso irónicos, que propone diversas lecturas morales y desnuda sentimientos e intimidades.

El filme releva minuciosamente los hábitos, costumbres y creencias de un pueblo aparentemente abandonado por la civilización y el progreso, donde   a menudo   la supervivencia depende de la fe y la cristiana solidaridad.

El discurso de Carrera pone un particular acento crítico en la hipocresía de las conductas individuales e institucionales, la doble moral imperante en una sociedad hermética, las ocultas pero humanas tentaciones, el fanatismo y la represión que inevitablemente deviene en tragedia.

Sin embargo, el encomiable propósito de denuncia explícita de la intolerancia y de las conductas humanas condenadas por el dogmatismo, no siempre se compadece con los logros artísticos.

Aunque Carreras presenta prolijamente el cuadro humano, el filme no abandona su tono epidérmico en el examen de las situaciones, los conflictos y la confrontación de intereses.

Quizás se hubiera requerido una mayor profundidad, al asumir el abordaje de materias tan controvertidas como el abuso de poder, las prácticas autoritarias y la manipulación de la ignorancia colectiva.

La película se concentra excesivamente en el romance prohibido como sucede habitualmente en las telenovelas, sin explotar adecuadamente el tema de fondo: la libertad de conciencia.

Sin embargo, El crimen del padre Amaro   que reúne un reparto actoral de correcto desempeño aunque sin interpretaciones sobresalientes  es igualmente un producto cinematográfico plausible, en la medida que no teme ingresar en el ojo de la tormenta y denunciar conductas que habitualmente se ocultan bajo un manto de silencio. *

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