Lo que se le debe a la gente
En los tiempos fundacionales de la televisión abierta, los noticieros eran una especie de revista de variedades, con un tufo radial inconfundible, donde los presentadores hablaban mucho y mostraban escasas imágenes, que, además y por razones obvias, estaban bastante despegadas de la actualidad. Era la época de las filmaciones con pesadas cámaras, los procesos de revelado de la película y el traslado a la pantalla luego de un lapso que hoy sería inadmisible. Los empresarios interferían menos, pero escaseaban los verdaderos profesionales de la información televisiva, que, como en tantas otras disciplinas, se fueron formando sobre la marcha.
Cuando el video sustituyó a la película, la cosa cambió. Los noticieros adquirieron un tono más profesional, pudieron seguir la secuencia cotidiana de hechos con mayor celeridad y, finalmente, modificaron su lenguaje hasta despojarlo de casi todo indicio de cabildeo radial, dicho con todo respeto. Pero, como de todos modos los canales siempre invirtieron menos recursos de los necesarios a una real transformación de sus noticieros, quedaron vestigios poco estimulantes del pasado. Y no me refiero sólo a la falta de una real autonomía periodística, porque creció la intervención empresarial, sino a cuestiones más sencillas pero igualmente negativas: por ejemplo, a comienzos de la década de 1980, cuando la guerra en el Líbano, el mismo edificio de Beirut se caía día por medio, no a causa de los ataques israelíes sino porque lo de «vía satélite» y «en vivo y en directo» solía ser una mentirilla mal disimulada.
Cuando la televisión se puso más a tono con los avances tecnológicos e hizo una inversión acorde a la modernidad, tratando de parecerse al resto del mundo y sobre todo al desarrollado, aparecieron en escena ciertas patologías que aún persisten. Primero, la ahora intolerable injerencia de los empresarios en la gestión periodística –un mal que ha hecho que algunos profesionales sigan dando una guerra con múltiples batallas perdidas desde hace cuatro décadas–, la reinstalación de un estilo conversador, otra vez de tono de revista, y la extensión absurda del tiempo de cada emisión: acerca de esto último, hay que decir que sólo en Uruguay, ya que ni en Burkina Faso ocurre, se hacen noticieros centrales de más de una hora de duración. El objetivo, o mejor dicho la pretensión, ha sido informar de todo. Y es imposible. La consecuencia es esta mezcolanza de hoy, donde puede ocurrir que un vuelco espectacular tenga la misma importancia intrínseca –tratamiento, duración, etcétera– que una huelga general en un país petrolero que provoca el alza del precio del crudo en el mundo.
En definitiva, la televisión abierta no ha hecho sus noticieros, salvo durante esporádicos períodos, de forma excepcional y gracias a pequeñas batallas ganadas por los sufridos profesionales, del modo que la sociedad requiere: o sea, pensando en el bien común, sirviendo a la verdad y a la libertad y respetando el derecho del ciudadano a estar informado. Esto quiere decir muchas cosas, pero también no mentir acerca de lo que se sabe y resistir la opresión. Y dar noticias respetando el pudor y el sentido común propios y la sensibilidad y la inteligencia de los demás.
No creo que, en el futuro inmediato y salvo que cambie de manos dramáticamente, la televisión abierta, al menos la privada –siendo que la pública agoniza jaqueada por otras infecciones–, resuelva este problema respetando los intereses de la comunidad.
El desafío queda, entonces, en manos de las señales nacionales de cable.
Hasta ahora ha habido dos experiencias: la de Señal 1, que por lo visto ha naufragado y que, de todas maneras, nunca fue profesional en un sentido exigente, y la de TV Ciudad. En este caso, se trata de un canal que ha generado respeto y confianza en el público, pero que no ha invertido en lo noticioso sus mayores esfuerzos. Habrá que ver, tanto como qué futuro espera a otras iniciativas privadas que podrían ver la luz en los próximos meses, qué deciden los responsables de TV Ciudad acerca de este aspecto de los contenidos de un proyecto que, por suerte, ha sido fermental y siempre creativo en sus matices. *
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