María Jiménez jugando a ser Sabina

Resulta evidente que la señora María Jiménez –cantante y cantaora nacida en Sevilla en 1950– no es lo que se podría llamar una figura conocida en estas tierras. Esta artista que siempre apuesta a la ruptura comenzó a destacarse a mediados de la década de los setenta, tras la muerte del dictador Franco y el advenimiento de una democracia nerviosa y expectante, momento en el que todo el ámbito artístico español se convertía en un verdadero hervidero. Cuando en 1976 llegó el primer disco de Jiménez, quien hasta entonces había llamado la atención por su forma de interpretar el flamenco, mezcla de sensualidad y provocación, las cosas comenzaron a cambiar para ella. Algunas rumbas, algunos tangos silvestres y otras tantas bulerías daban forma a algunos boleros y baladas, fundamentalmente de Silvio Rodríguez, y comenzaba a hacerse notar en la competitiva escena peninsular. Después sobrevino un tiempo de olvido, en el cual tuvo alguna aparición como actriz de poca monta y algún que otro intento fallido por volver a los escenarios. Fue en el año 2000 cuando apareció un recopilatorio llamado Cuarenta grandes canciones. Al año siguiente, ese nuevo cuarto de hora de fama se vio recompensado al ser invitada a grabar una canción con el grupo pop La Cabra Mecánica, que si bien no es gran cosa, le dio la posibilidad de llegar a un público joven y trasnochado. Ese fue su golpe de suerte, ya que esa canción se convirtió en el antecedente más inmediato de este Donde más duele (BMG), disco en el cual apura canciones de ese gran ex héroe etílico llamado Joaquín Sabina.

Es entonces que buena parte del cancionero de Sabina renació bajo la influencia de las rumbas y las bulerías, fórmula del éxito para esta rubia con historial reconocido. Las canciones, que ya respiraban con vida propia, tienen en este disco una dosis acertada de aire fresco, mixtura fatal de amor y odio, y suenan extrañas a partir de las cuerdas vocales de esta sevillana.

Por ahí aparecen las voces del propio Joaquín y del cantante de los innecesariamente sobrevalorados Estopa. Las versiones de «Y nos dieron las diez», «Por el bulevar de los sueños rotos», «Diecinueve días y quinientas noches» o «Esta noche contigo» hacen de un disco del cual se podía desconfiar, un producto aguerrido, con corazón y fuerza, logrando cautivar a partir del tesón demostrado en la forma de ser cantadas. *

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