Contra el lado oscuro de la fuerza
El viaje continúa. El del cineasta Peter Jackson tratando de completar la trilogía de El señor de los anillos y, sobre todo, de traducir a la imagen en movimiento, a la escritura visual, la monumental obra homónima de J.R.R. Tolkien, tan vasta, tan torrencial, tan hecha de detalles, tan multifacética en cuanto a la elaboración de sus personajes, tan envolvente por el extraordinario manejo del lenguaje.
Nunca ha sido fácil la relación entre cine y literatura y, acaso, el cineasta había podido rescatar el espíritu –con sobrada dignidad– de la literatura mayor de Tolkien en el primer episodio. Ahora, en El señor de los anillos: Las dos torres intentó poseer una fidelidad a la letra que realmente se impone (trabajando sobre los elementos más decisivos de la historia) por un rendimiento actoral impecable, por el uso del vestuario y de la reconstrucción de los reinos (en este caso el amenazado Rohan) y la Tierra Media tolkiana, por la selección de imponentes locaciones y un uso de la digitalización y del campo fertilísimo de los efectos visuales –que arropan el metraje enriqueciéndolo implacablemente– y por la labor impresionante de Richard Taylor en la gestación de criaturas a la medida de esta fábula (el ex hobbit Gollum o Sméagol, un personaje que se roba todos los créditos, junto al villano desaliñado y oscuro que compone con ojos líquidos y desorbitados Brad Dourif, un traidor que se pasó a las huestes de Sauron): será precisamente Gollum el que oficiará de guía de Frodo en su viaje interminable y a la vez plagado de obstáculos que, en rigor, puede sintetizarse en la eterna dualidad de la lucha del bien contra el mal.
El viaje continúa, asimismo, para los personajes de Tolkien. El viaje contra viento y marea continúa para los hobbits Frodo (Elijah Wood) y Sam (Sean Astin) y, en acciones paralelas, para otro grupo de hobbits montados a árboles que hablan y pueden trasladarse a través de cualquier territorio (los ents, todo un hallazgo) a través de una paisajística que por momentos llega a tener un veteado surreal, un tono fantástico que en definitiva abarca a todo el metraje, a excepción de la gran batalla entre las huestes del temible Sauron (un espectral, cadavérico Christopher Lee) y las de la alianza donde el relato alcanza una intensidad y una hiperrealidad desarrollada con resultados superlativos.
Están todos. Ian McKellen encarnando al mago Gandalf con gran espigamiento actoral; Liv Tyler, la elfa que por el momento deberá renunciar al amor que siente por el arriesgado, épico Aragorn (Viggo Mortenssen, que se anota una excelente performance); los enanos, orcos y nuevos personajes provenientes del reino amenazado por Sauron: Rohan.
También hay una fugaz aparición de Cate Blanchett, portadora del mensaje del filme: que la bondad debe prevalecer sobre el mal y que valdrá la pena batallar por conseguirla. Y, por supuesto, para el enano que compone a medida John Rhys-Davis.
El mundo de Tolkien es tan vasto, tan océanico que, tal vez, forzadamente el filme se estira más de la cuenta. Pero, de igual modo, nunca decae en interés porque el cineasta hace fluir la narración con episodios siempre sorprendentes: el espectador viaja de las highlands verde esperanza a los picos nevados, de las zonas pantanosas a los bosques profundísimos, en una especie de viaje dentro del viaje.
Pero, al mismo tiempo, habrá que decir que Las dos torres, como filme, posee una paleta y una fotografía mucho más sombrías que las del primer peldaño de la trilogía. Con una saga de diseños escenográficos tan variado como espectacular, el filme no solamente convence, también se permite tomar por asalto al potencial espectador y saturarlo de imágenes siempre restallantes y nobilísimas en su concepción formal.
El elenco funciona en todo momento, y en esta oportunidad, las cámaras aéreas y aireadas (también sofocantes cuando subrayan zonas de tiniebla) se detienen más en la peripecia de Aragorn (que se verá flechado por Eowin, princesa de Rohan, interpretada por Miranda Otto) y su grupo que por la del propio Frodo yendo a destruir el anillo. A Aragorn (Mortenssen) prácticamente le costará la vida una de las tantas colisiones con el ejército de bárbaros, pero será una suerte de estandarte al que, aun escépticos, los elfos respaldarán tanto como el venerable Gandalf.
De este modo, Las dos torres se transforma en un escenario absolutamente épico, cuando la decisión de Sauron es destruir Rohan y todos deben partir a refugiarse en una fortaleza, a esperar que aparezca el poderoso, múltiple ejército tensamente, a la manera del Desierto de los Tártaros.
Cuando oscurecen el firmamento con paso de muerte, el choque de fuerzas será de una ferocidad incontrastable y el filme, entonces, adquirirá un plus de tensión dramática. Una vez más, el cineasta gana la partida con el grato uso del montaje, de planos aéreos intercalados por intensísimos primeros planos dando una sensación de fragor avasallante.
Como construcción de relato en todo logra acertar Peter Jackson y su equipo de técnicos –sobre todo la unidad de efectos especiales–: revigoroza la sensación de que la aventura es la aventura, practica una lectura dignísima de Tolkien y del ancho universo narrativo y una espléndida representación de su galería de personajes.
No es tarea fácil, decíamos al principio. El cineasta lo logra con momentos de alto vuelo formal y, en definitiva, de alto vuelo cinematográfico. Este es, pues, el verdadero entretenimiento. Sin golpes bajos ni estridencias.
Frodo, en la metáfora estupenda de Tolkien, seguirá en su Sansueña, en su periplo como elegido, para acabar con todos los males de este mundo. Que están a la vista, y Tolkien los ubicó en forma de macrorrelato maestro. Hay que verla.
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