OTRO DIA PARA MORIR

Los diamantes sean eternos

 

Momento tenso del relato. Dos individuos, encima de un avión con dirección a estrellarse, se golpean con lo que tienen a mano. Es a vida o muerte. Uno de ellos, ojos desorbitados, perdido en su megalomanía, dice con sonrisa ganadora: Te ha llegado el momento de pelear por tu destino.

El otro, con mayor control mental y físico, saca su as de la manga y logra que el paracaídas que su enemigo lleva en sus hombros se abra mortalmente, y responde tan británicamente: -Te ha llegado el momento de luchar por la gravedad.

Al primero, pues, despedido con violencia del avión, lo tritura una de las turbinas. El segundo se palmea los hombros, toma a la chica, se trepa a un helicóptero y sale airoso como marca la tradición. Es que se trata de Bond.

James Bond, el agente 007 al servicio de su majestad con licencia para matar, mujeriego empedernido, hombre de ninguna y de todas partes, inmortal por decisión de la taquilla.

Nunca el personaje que caracterizó Sean Connery será superado, pero desde hace tiempo que Pierce Brosnan viene haciendo los deberes como corresponde: tiene ese glamour british que le otorga metraje y recorrido a semejante personaje de la cultura cinematográfica.

Lo cierto es que el público –ya proveniente de diversas generaciones– sabe a qué va a enfrentarse si se trata de James Bond. Nada va a sorprenderlos o, tal vez sí, cuando el agente Q (ahora dignamente caracterizado por el ex Monty Pithon, John Cleese) le presente un regocijante automóvil Aston Martin que tiene lo imaginable e inimaginable y, de paso, la voluntad de hacerse invisible cuando lo requiera la situación.

En este caso, peripecias de alto voltaje que se iniciarán en una incursión en Corea del Norte, más tarde en Cuba y finalmente en la glacial Islandia: locaciones por cierto contrastantes, pero no menos atractivas con el paso de 007. Todo hace indicar que hay y habrá James Bond para rato: los espectadores, que aceptan de antamano ese diseño de ficción o ese diseño de entretenimiento que reitera y reitera –con las variaciones puntuales para cada largometraje– una única historia que es la de 007 contra el gran villano de turno y que, por supuesto, tendrá su final feliz, ya supone un escenario de la cultura contemporánea difícil de eludir,

Bond resume absolutamente todo en pantalla: destreza, ingenio, humor filoso, toma de riesgo permanente, amante incansable con la chica aliada de turno (la espectacular Halle Berry, quien compone a Jinx, una agente de gobierno de los Estados Unidos) y con la que lo traiciona (la bellísima Rosamund Pike, tentada por el enfermizo Gustav Graves, un lunático encarnado por Stephen Toby), zafar de las zonas más riesgosas, probar su lealtad aun a segundos de la muerte como ocurrirá al comienzo de Otro día para morir.

Con locaciones espléndidas de la ribera cubana (donde Graves ha instalado un centro de terapia de transformación mediante el cambio de ADN, algo que él utilizará) y de la paisajística nevada y glacial de Islandia, el filme pone a rodar a Bond tras los pasos del enigmático Gustav Graves y de Zao (Rick Yune), un coreano que ha agitado de tal modo aguas al punto de que prácticamente hubo una colisión terminal entre ambas naciones coreanas. Y hay secuencias, enfantizadas por los efectos visuales, que redondean la estética Bond: treparse a un prototipo de automóvil que trepa los 500 kilómetros por hora perseguido por los secuaces de Graves, quedar colgado de un risco nevado y, en el peor momento, lanzarse a hacer snowboard con parte del techo del vehículo es realmente un sello de los filmes de 007.

No hay muchas sorpresas en Otro día para morir, y su director Lee Tamahori, un talento, aquí demuestra solamente sapiencia artesanal sin mucha autoexigencia porque bastaba solamente con dejar navegar la nave a puerto: persecuciones a gran intensidad, cuerpos que caen y, dato adicional, encontrar esos diamantes siempre eternos para evitar un conflicto internacional. Ademas de descubrir que el mundo sería otro, ciertamente, si no existiesen las pericias y las acrobacias de James Bond, el agente Q, Moneypenny, Michael Madsen que está de paso por la película como superior de Jinx y la venerable Judi Dench como su superior M. Puede verse con mucho pop acaramelado. *

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