El hombre duplicado
En pleno tercer milenio, la revolución de las comunicaciones ha minimizado las otrora infranqueables fronteras geográficas, económicas y aún culturales entre pueblos, etnias y naciones.
Hoy, basta con sentarse frente a un ordenador para «dialogar» con alguien que reside a miles de kilómetros de distancia, transferir millones de dólares a una cuenta bancaria en un país situado más allá del océano o participar en un debate científico que se celebra en un centro de conferencias emplazado en las antípodas.
También es habitual digitar un número telefónico y ser atendido por una grabación que registrará minuciosamente nuestro mensaje o cobrar el salario en las claustrofóbicas cabinas de los cajeros automáticos.
La cultura de la deshumanización se ha instalado en nuestras existencias, demoliendo el tradicional contacto personalizado. Esa tendencia se advierte, incluso, en las experiencias más cotidianas y elementales.
Las grandes superficies comerciales han borrado literalmente de la geografía urbana a los almacenes barriales, que otrora eran auténticos centros sociales donde los vecinos intercambiaban comentarios y fraternales afectos.
Consumir, más allá de los acotados presupuestos familiares, se ha transformado en un mero ejercicio mecánico de selección de los productos que serán adquiridos. Todo se limita a transitar las atestadas góndolas, resistir el fuerte impacto de los cuasi inaccesibles precios y tras una a menudo tediosa espera abonar el importe de nuestra compra en la caja registradora más próxima.
Esta, como otras tantas experiencias, ha perdido su magia esencial, esa que nos transformaba en privilegiados protagonistas de la aventura colectiva. Hoy, todos somos, en cierto sentido, meros agonistas de una comedia casi siempre grotesca y desencantada.
Se podrá alegar que el mundo contemporáneo marcha a ritmo de vértigo, por la emergencia de ocupar todo el tiempo e imaginación en la épica de sobrevivir o bien mejorar nuestra calidad de vida.
Sin embargo, lo realmente concreto es que estamos asumiendo como algo normal las pautas de un modelo de convivencia subvertido por antivalores cada vez más arraigados: el consumismo, el éxito fácil y la cultura de las apariencias.
En el caso concreto de Uruguay y otros tantos países de una región postrada por la dependencia, la crisis económica y sus graves secuelas sociales también han operado como agentes atomizadores de voluntades.
Transitando por algunas avenidas de Montevideo que suelen concentrar multitudes en las horas pico de actividad, es fácil advertir rostros adustos y preocupados, gestos de contrariedad que reemplazan a las sonrisas clausuradas por la angustia y tensiones contenidas a punto de eclosionar.
Los escasos diálogos perceptibles trasuntan una sensación de pesada inquietud y hasta una generalizada condena a la clase política que toma las decisiones, afectando a millones de uruguayos que observan con estupor como el futuro está condicionado por los recurrentes ajustes, reajustes y desajustes.
Mientras el gobierno valora irónicamente la cualidad de mártir del pueblo uruguayo y le agradece al «padrino» de Washington por el «oxígeno» que evitó el cataclismo del sistema financiero, el horizonte se avizora cada vez más oscuro.
Las soledades se reproducen como hongos luego de una tormenta, decretando el funeral de un estilo de vida que –en tiempos más venturosos– transformó a nuestro Uruguay en la paradigmática Suiza de América.
Mientras los extenuados desocupados aguardan un milagro que les restituya la perdida dignidad, miles de jóvenes sellan sus pasaportes en el aeropuerto para emprender el forzoso exilio económico.
La renovada diáspora uruguaya –que asume hoy perfiles cuantitativas tan o más alarmantes que en épocas de la dictadura– alimentará nuevas y despiadadas soledades.
En «El hombre duplicado», el Premio Nobel de Literatura José Saramago construye una novela que desnuda muchas de las más recurrentes angustias existenciales que martirizan a la humanidad.
El aclamado escritor portugués, considerado uno de los intelectuales más preclaros y descollantes de nuestro tiempo, transita nuevamente los territorios más complejos y controvertidos de nuestra cotidianidad.
En esta oportunidad, el autor concibe una obra que mixtura el relato con el ensayo, en la que observa nuevamente las conductas individuales y colectivas con su habitual osadía y agudeza crítica.
El personaje de esta historia naturalmente ficticia, es un docente de historia agobiado por la soledad, deprimido e insatisfecho consigo mismo y con el frívolo mundo que le rodea.
Aunque esa sensación de insular marginación que le aqueja responde naturalmente a un conjunto de circunstancias históricas y personales, incluso hasta su nombre –Tertuliano Máximo Afonso– es una fuente de conflictos.
Huérfano de afectos luego de su divorcio y distante de una madre a la que no suele visitar con frecuencia, este educador se siente abatido como si cargara a cuestas con todos los males y miserias de un mundo que percibe como indiferente a sus padecimientos.
En la inicial descripción del personaje de su drama, Saramago ensaya ya las primeras reflexiones sobre la soledad del ser humano contemporáneo y el paradójico fenómeno de la incomunicación en un mundo tecnológicamente interconectado pero igualmente despersonalizado y vacío de afectos.
La rutina de este educador de 38 años de edad pero emocionalmente anciano, es una experiencia desencantada. Todo su universo –aún durante los fines de semana– se reduce a sus clases, sus lecturas sobre civilizaciones mesopotámicas, alimentarse, mantener encuentros sexuales sin amor y dormir para recobrar las energías.
Al día siguiente, ascenderá nuevamente el telón de una representación destinada a permanecer en cartelera, sin sustanciales cambios en el libreto ni nuevos personajes. Tertuliano Máximo Afonso conoce bien su papel y en cada función del teatro de la vida, cumple con todos los requerimientos indispensables para conservar su lugar en el reparto.
Sin embargo, interiormente tiene la convicción que este no es el personaje que desea asumir en la cotidiana comedia humana.
Entre meditaciones y soliloquios que Saramago reproduce como si fueran emitidos en voz alta, afloran críticas al modelo educativo posmoderno y la propia metodología de abordar el aprendizaje de la historia.
«¿Por qué no enseñar la historia de adelante para atrás?», reflexiona el atribulado docente, ensayando un discurso rupturista que recoge las propias inquietudes del autor en torno a la interpretación del presente y la decodificación del pasado.
El cuestionamiento de los modelos educativos actuales, como instrumentos de presunta formación y desarrollo del espíritu crítico, comporta una si se quiere despiadada radiografía de nuestro tiempo histórico y la crisis de un modelo de convivencia que ya no resiste más maquillajes.
El Premio Nobel de Literatura sugiere –entre líneas– la necesidad de asumir un profundo ejercicio autocrítico, para identificar el origen de los conflictos que hoy abruman a la humanidad y elaborar una nueva cultura que recupere valores universales hoy severamente jaqueados por la globalización.
Sin abandonar sus elucubraciones filosóficas, José Saramago se interna en los intrincados laberintos emocionados del atormentado Tertuliano Máximo Afonso.
El autor pone en serios aprietos a su personaje, cuando éste descubre –casualmente– que existe, en la misma ciudad donde vive, un hombre que es su réplica perfecta.
Ese desconocido actor que representa papeles secundarios en filmes de clase B, no tiene lazos de sangre
con el profesor ni es producto de ningún experimento de ingeniería genética. Sin embargo, es el sosías del protagonista de esta inusual historia de ficción.
Para el docente, este descubrimiento se transforma en una suerte de obsesiva pesadilla, como si ese doble que no lo conoce y a quien no conoce, le estuviera robando un fragmento de su individualidad.
La personalidad de su réplica se disocia en las imágenes registradas en varios videos, asumiendo el papel de un recepcionista de hotel, el cajero de un banco, un enfermero, un portero o un empresario teatral.
Como si se tratara del mítico Hamlet nacido de la genial pluma de William Shakespeare, el abrumado Tertuliano se confronta a sí mismo en recurrentes y lacerantes soliloquios, en los que el sentido común se transforma en un imaginario personaje con voz y emociones propias.
Desafiando a la incomunicación como fuente de angustias y soledades, José Saramago reivindica el poder de la palabra hablada y escrita como arquitectas de los procesos históricos y las transformaciones sociales.
Todos los restantes personajes giran en torno al educador como cuerpos que siguen órbitas concéntricas: el profesor de matemáticas que interpreta el mundo con criterio humanista, el director del instituto que no parece entender nada, la amante despreciada que ansía que sus sentimientos sean correspondidos, la madre olvidada y hasta el atribulado duplicado que lucha por su derecho a existir por sí mismo.
Más allá de la mera peripecia individual de este docente de historia profundamente conmovido por una situación insólita, la obra trasciende a los meros parámetros de la novela convencional para internarse en los más complejos laberintos del alma.
José Saramago ensaya una aguda mirada crítica a la conducta humana de nuestro tiempo histórico, caracterizado por la atomización social, la incomunicación y la perplejidad.
El personaje de este relato es, en cierta medida, un paradigma del ser humano del tercer milenio, que surca las agitadas aguas del océano de la posmodernidad a bordo de una nave anclada a la aún no agotada modernidad.
Tertuliano Máximo Afonso finge que siente, finge que ama y finge que vive, en un mundo hecho añicos que rinde pleitesía a la simulación como modelo de convivencia cotidiana. Es, sin dudas, un arquetipo de hombre devorado por la alineación planetaria y la crisis de identidades.
En este libro sin dudas removedor, el Premio Nobel de Literatura propone al lector participar en una aventura de fantasía-realidad, donde las criaturas humanas dirimen sus conflictos entre tensiones afectivas, emocionales y aún existenciales. El autor construye su relato en primera o tercera persona según las situaciones, jugando –como es habitual– con la riqueza del lenguaje y el siempre indomeñable poder de la palabra.
«El hombre duplicado» corrobora que, para José Saramago, la literatura es un ejercicio reflexivo que excede a la mera expresión estética, para transformarse en una herramienta de interpretación de la historia que coadyuva, además, a la decodificación de las emociones humanas.
(Editorial Alfaguara)
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