El poder nunca lo tendrá en la gloria
Las piernas en «V», el cuerpo que se arquea o que se desplaza como un ventarrón por el escenario en un video en blanco y negro: esa imagen exuberante, de infierno encantador de Joe Strummer, quien murió a los 50 años por un paro cardíaco –según los partes médicos–, poseía la llama sagrada de la ética y estética de la cultura rock.
Fue la voz y la lírica de los Clash. Fue el último estrépito épico que se atrevió a dar el rocanrol, ese que sale como rebelándose desde los garajes y expone, sin ambages ni golpes bajos, una forma de vivir la cotidianidad y una forma de denunciar el estado de las cosas.
Curiosamente, la última vez que se le escuchó con los Clash fue como banda sonora en el nuevo filme de James Bond, «Otro día para morir». Cuando Pierce Borsnan, el agente 007, hace escala en Londres, las imágenes se van contaminando del sonido implacable de «London Calling», el soberbio himno que inmortalizará a Strummer y a los Clash.
Strummer fue la cara más radiante de la generación punk en el fluir torrencial londinense de la década de los setenta. Y por cierto: fue la letra, el verbo, la palabra más inteligente, factiblemente la más sensible, la más intuitiva y la más intelectual a la hora de componer esos textos de porte anarquista, frontalmente disidentes del establishment epocal, o cuando decidía dar las pocas entrevistas que otorgó durante su meteórica trayectoria musical tanto con los Clash o con su más reciente banda denominada The Mescaleros, otra historia que ahora habrá que revisar con mayor rigor por sus –también– logros musicales. Habrá que escuchar la inflamadísima «White Riot», por citar un ejemplo, para comprobar los propósitos de Strummer y de los Clash. O «Caree Opportunities» y la indispensable «Should I Stay Or Should I Go», en la que la poética y la música ya noblemente contaminada por la negritud jamaiquina establecían un patrón estético fuera de serie.
Si Sid Vicious, el bajista monocorde de los legendarios Sex Pistols, fue la versión más cruda del punk al punto tal que se quemó como una bengala en su desenfreno, generando así la figura del antihéroe y, por contraste, Johnny Rotten fue el bufón de la corte en los tiempos transgresores del duro hierro thatcheriano en Londres, en cambio Joe Strummer –junto al resto de los Clash– emergió como la carnalidad ideológica de una generación de músicos que le puso el «basta» al rock sinfónico y atravesó la piel de más de una generación de adeptos al punk-rock, o más concretamente al rock.
A los Pistols los mató Malcolm McLaren, su manager. Los Clash, empero, habían trazado una ruta de acción tan potente y tan creativa que se transformaron en leyenda mientras iban fundándola. Strummer fue su guía, su faro, los ojos en la frente y la nuca de una nave musical que comenzó a los coletazos hinchados de ira y culminó construyendo música mayor, de catálogo, si uno piensa fundamentalmente en discos como London Calling (1979) o el formidable triple Sandinista (1980), en homenaje a la revolución nicaragüense. Parece irrefutable: London Calling y Sandinista ya son dos de los discos principales, ineludibles, de toda la historia del rocanrol.
Decididamente, además, Clash fue la banda que más experimentó a nivel estrictamente musical, si uno los compara con bandas como los Stranglers o los Damned.
Fueron los que se atrevieron a cruzar la esquina y codearse con los inmigrantes jamaiquinos y, pues, el mestizaje, las combinaciones de rock y reggae, los veteados de blues, le otorgaron a la banda una personalidad y un temperamento que los desmarcó de la media de su generación. Estaban los Police, ciertamente, trabajando claves de reggae con resultados asimismo brillantes, pero fue la banda culta que se coló en tremenda correntada punk.
Si los Police tuvieron el mérito superlativo de recuperar el sentido melódico, los Clash fueron la versión radical, extrema, de un modo de trazar furiosas meditaciones musicales y poéticas que hoy todavía los pibes sin calma prosiguen escuchando con una devoción prácticamente religiosa.
¿Cómo definir finalmente a Joe Strummer? Fue el aullido ginsberiano de la generación punk.
El aullido no solamente abarcador, penetrante, ululante, sino también inteligente en términos de grandeza.
Strummer, en sí, fue la medida de la grandeza, un poeta que parecía que estaba incendiándose cada vez que se trepaba a un escenario.
Habrá que seguir escuchándolo, como para atestiguar definitivamente que el poder no lo tendrá en la gloria. Es que la glorificación, momifica. Y Strummer fue una versión del movimiento perpetuo que nunca miró atrás. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad