"LA PENITENCIA", DE CESAR DI CANDIA, EN "LA MASCARA"

Los comienzos difíciles

Actúa aquí un grupo de profesionales formados en una de las disciplinas más críticas, donde el análisis de las palabras ha llegado a grados de refinamiento comparables a las exégesis de los textos sagrados; donde el ejercicio profesional es una áspera escuela de críticas y exámenes recíprocos, necesariamente dolorosos. Pero, como suele ocurrir, todo ese formidable aparato intelectual, toda esa teoría del conocimiento que pone a prueba todo, hasta donde es posible, parece desaparecer, como si en vez de un poderoso instrumento fuera un demérito y hasta un estigma, no bien se abandona el campo profesional. Así, vemos a profesionales de la ciencia que jamás aceptarían una inferencia sin hipótesis y pruebas experimentales, opinar sobre materias ajenas a su área, no ya sin un relevamiento preciso de los hechos sino como si el método científico y hasta los modos del silogismo sólo existieran dentro de sus respectivas disciplinas.

En el caso, y por lo expuesto, se hace especialmente difícil de explicar la elección de la obra. «La penitencia» por momentos pretende un humor de orden social, cuando contrapone la patrona y sus amigas pitucas con la rústica sirvienta; luego pasa a la comedia costumbrista, con el descubrimiento de la infidelidad del marido; de inmediato la obra pasa a la fantasía más desatada, con un muerto que ha de enterrarse sentado, el velorio y el ridículo desenlace con el inspector municipal que señala una infracción y saca una tarjeta roja. El autor no centra la obra en ninguna parte y todo parece ir de un lado para el otro, siempre sin desperdiciar ningún chiste que le pase por la cabeza, sea que tenga que ver con la idea general de la obra o que sea un simple juego de palabras o una torpe alusión de doble sentido.

Hace relativamente poco tiempo vimos, también en «La Máscara» un trabajo de un taller de teatro, totalmente accidental o temporario, que dirigió María Celia Bresciani sobre «Los fantasmas de Shakespeare». Siguiendo a Emerson, Bresciani ató su carro a una estrella. Demás está decir que aquello no era la mejor versión de Shakespeare; tal vez ni siquiera fue una buena versión; pero aquí y allá, en un momento u otro, por encima de las flaquezas de los noveles actores, sus voces y gestos llegaron a encontrarse con el poeta. Hacían ver la distancia; pero Shakespeare estaba, aunque a lo lejos. Hubiéramos preferido que los actores del Taller de Teatro del Colegio de Abogados, de los que recordamos gratamente, por su experiencia anterior como actriz y autora, a Matilde Campiotti («Play, stop, autoreverse»), fracasaran en una versión tullida de un clásico, a esta realización que no alcanzó ningún triunfo y fue, para este espectador, una verdadera penitencia.

LA PENITENCIA, de César di Candia, por el Taller de Teatro del Colegio de Abogados del Uruguay. Con Bilman Lamas, Adriana Crócamo, Inés Sicco, Graciela Navarro, Matilde Campiotti, Daniel Fervenza, Pablo Puppo, Teresa Maquieira, Liberto Lagos, Enrique Echevarría y Andrés Puppo, dirección general de Manuel Suárez Costa. En teatro «La Máscara», Río Negro 1180. *

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