En el borde de los agujeros negros
Este año 2002 ha mostrado algunos buenos auspicios. El teatro volvió sus ojos a la realidad social y a la dialéctica de la revolución, con «La misión»; abordó el ataque a la vida por la ideología del capitalismo, en «El último yanqui» y por la brutalidad militar en «Memoria para armar» (dirección de Horacio Buscaglia), trató el tema del desangramiento del país por la emigración, en «Piedras y pájaros» de Marina Rodríguez y, desde los picos andinos, puso en escena a los pobres y marginados, con «Las brutas» de Radrigán. «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero» tiene méritos que están en parecida dirección.
El teatro, y el arte en general, debe explorar con la imaginación los límites, los puntos en que el hombre, o un grupo o un país, está a punto de dejar de ser. Ya Plotino había escrito que «Nada está lejos de la Nada», y Montaigne nos hace recordar a cada página el «Memento homo»; pero el problema no está en no saber, sino en querer ignorar. «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero» explora el agujero negro, próximo, lejano e inquietante, de la locura.
Nos dicen Brook y Estienne que no somos tan distintos de los enfermos mentales; sugieren que estamos peligrosamente cerca, aunque no siempre veamos la entrada de ese mundo. Algunos personajes son alienados, otros son médicos: pero los médicos, objetivos, precisos y seguros de sí mismos, por momentos parecen tan enajenados como sus pacientes, que también, en sus propios niveles, se muestran muy firmes, objetivos y precisos. Esta inquietante idea aparece muy claramente en la puesta en escena de María Varela, que ha presentado a la anécdota que sostiene a la pieza en la forma más simple imaginable, con una economía de medios y una sobriedad que no es frecuente ver en nuestro teatro. Hemos visto en Buenos Aires a esta pieza en la puesta en escena del mismo Peter Brook, que tal vez tenía un ritmo más uniforme, un empaste mayor de actuaciones y de movimiento escénico, quizás una mayor, y dificilísima, simplicidad; pero la versión de Varela hacer honor a la obra.
La directora ha contado con un grupo de actores que se ha compenetrado a la perfección con el tema, tan aparentemente simple y a la vez tan áspero de dificultades. Alma Claudio, Denise Daragnès, Oliver Luzardo, Diego Rovira, Elisa Saavedra han compuesto sus papeles con toda solvencia y arte; pero Paola Venditto ha sido en esta pieza, como lo fue también en la no menos admirable «Memoria para armar», sencillamente excepcional.
EL HOMBRE QUE CONFUNDIO A SU MUJER CON UN SOMBRERO, de Peter Brook y Marie Helène Estienne (basada en el libro de Oliver Sacks), en traducción de Giselle y Denise Daragnès, adaptación de María Varela, por el teatro Circular. Con Alma Claudio, Denise Daragnès, Oliver Luzardo, Diego Rovira, Elena Saavedra y Paola Venditto. Vestuario de María Varela, luces de Hugo Leao, escenografía de Osvaldo Reyno, música de Gregorio Bergstein, dirección de María Varela. En Teatro Circular, sala 1. *
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