Rembrandt fue la Temporada 2002
No cesa el inesperado éxito de público que acompaña cada semana a la exposición de Rembrandt en el Museo Nacional de Artes Visuales. Es, y será por muchos años, un hecho histórico.
Rembrandt dio a la mediocre temporada de 2002 la vitalidad que le faltaba. El genio holandés, nada popular y menos aun con grabados en blanco y negro, logró la hazaña de atraer a un enorme contingente de bajoneados uruguayos (cerca de 60 mil en seis semanas) y recuperar la atmósfera espiritual que se había evaporado hace ya mucho tiempo. Es emocionante verificar el desfile permanente de gente que, empuñando la lupa, se detiene (todavía hay tiempo hasta el domingo 29 para los rezagados) ante cada estampa con especial delectación para desentrañar, a través del virtuosismo técnico que ni se nota, el inconmensurable legado rembrandtiano. Un creador que se atreve con citaciones disímiles: en Autorretrato apoyado en el pretil recurre al Retrato de Baldasare Castiglione de Rafael, subastado en Amsterdan en 1639 y del cual Rembrandt hizo un bosquejo, en Adán y Eva, toma prestado de Durero la serpiente, una miniatura mogol le sirvió para la composición de los personajes de Abrahan y los tres varones sagrados, en El triunfo de Mardoqueo comparecen Lucas van Leyden y Pieter Lastman, su maestro, en La huida a Egipto modificó una plancha de Hércules Seghers, La virgen con el niño entre nubes se basa en un tema similar de Federigo Barocci, en Las tres cruces un jinete a caballo remite a un medallón de Pisanello, El Descendimiento es obvia su exaltada admiración hacia Rubens, a quien imitó hasta en el vestir, Jacques Callot atraviesa la serie de Mendigos (y en la exposición hay ejemplos de ambos artistas para comparar), Annibale Carracci se impone en Júpiter y Antíope. Esos pocos ejemplos evidencian la enorme cultura visual de Rembrandt, al igual que Miguel Angel y Picasso, otros dos devoradores de formas ajenas. Pero esas citaciones (entretenimiento de eruditos) son sepultadas por la poderosa imaginación rembrandtiana, por su asombrosa capacidad de dar, en unas diminutas y escasas líneas, en último y lejano plano, lo esencial de un labriego, un animal, un pescador o transformar en puro signo las aves en el cielo. Y sobre todo, dosificar como nadie, el claroscuro y las infinitas gradaciones tonales, darle sonoridad al blanco del papel (si es japonés, mejor) y profundidad a los negros. Compromete al receptor de tal manera que contribuya a elaborar cada grabado al perseguir la aventura de la creación siempre en acto. Porque de eso se trata precisamente: construir en un presente continuo el ritmo de la vida que pasa. Es ahí que reside la fascinación de Rembrandt: la comunión entre la libertad del creador y la del contemplador.
Otros rasgos de la temporada
Desde el vamos, la temporada se anunció pobretona. De nada valieron los fuegos artificales de anuncios sensacionalistas (seguramente mercantiles) de ambiciosos proyectos (vacas de plástico de Chicago que serían pintadas por artistas locales y distribuidas por diferentes sitios de la ciudad ) y la fundación de un centro multidisciplinario (el MOMA y el Pompidou juntos, deliraron) en el edificio del Notariado, dos iniciativas de Alicia Haber que no se concretaron. Lo cuestionable no fue la frustración o la imposibilidad de su implementación por justificables razones, algo que puede suceder hasta en los mejores proyectos, sino el silencio posterior y la falta de comunicados a la opinión pública que, lógicamente, se mantuvo a la expectativa y se consideró estafada y manipulada en forma grosera. Como en la mayoría de los políticos, la credibilidad cultural se hizo añicos.
Como lo fue la actividad del Departamento de Cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo. Ninguno de los integrantes del área de las artes visuales realizó una propuesta sobre arte o artistas nacionales. Delegaron en curadores invitados (los amigos de siempre) una actividad que es de su exclusiva competencia (al parecer hay rubros suficientes para hacerlo) mientras se ocupaban en trabajos mejor remunerados para otras instituciones. El sufrido contribuyente no protesta pero el intendente Mariano Arana tiene pruebas fehacientes de un anómalo proceder, esas que suele exigir para controlar el correcto desempeño de sus funcionarios.
No mejor fue el panorama por el Ministerio de Educación y Cultura. El ex ministro Antonio Mercader (tuvo un aislado acierto en reflotar el Salón Nacional y hasta con ciertas limitaciones) permitió que la incompetencia se instalara en puestos clave y desechó aprovechar ciertas ideas que hubieran beneficiado a la cultura artística. La buena voluntad de Gustavo Alamón como orientador de artes plásticas tropezó con un equipo de colaboradores que no supo hacer las cosas bien, en especial las muestras retrospectivas. Por diferentes motivos no estuvieron a la altura de los artistas (Solari, Cabezudo, Damiani) y se remató el año con una evocación macabra de un hecho real. Hay legítimas, cautelosas esperanzas de que Leonardo Guzmán y Agustín Courtoisie puedan ennoblecer una actividad cada vez más deteriorada y potenciar imaginativamente un sector donde predomina el voluntarismo y el acomodo político.
El clamoroso éxito de Rembrandt debería hacer reflexionar a los populistas de la cultura que intentan disminuir las exigencias investigativas con la aparatosidad del espectáculo. La IMM es un modelo insustituible en ese sentido. Rembrandt, hay que insistir para que penetre en las cabecitas atolondradas, se hizo popular entre los uruguayos en una muestra sin concesiones ni llamativos oropeles. A pesar del silencio unánime de la crítica supuestamente especializada que, en una convocatoria en el Instituto Escuela Nacional de Bellas Artes, fue enérgicamente enjuiciada por un creador importante.
Si la mercantilización del arte uruguayo infectó a asociaciones gremiales y a numerosos artistas localizados en calles turísticas de la Ciudad Vieja hay, todavía, otros que resisten esos embates de la tentadora gl(e)balización salvaje.
El rescate y traslado de los murales del Hospital Saint Bois ejecutados bajo la dirección de Joaquín Torres García en 1944, en un encomiable operativo de salvataje que los condujo a la instalación (poco acertada en el colgado) en la Torre de Antel. En un gobierno desdeñoso del patrimonio artístico, es un hecho reconfortante aunque sea aislado. Lo debería entender la comuna capitalina que tolera la erección de horrorosos monumentos (el de un jugador de fútbol rebasa cualquier comentario) mientras permite que la explanada y fachada del Palacio Municipal sea un regocijante espacio donde se exhibe el peor diseño en la cartelería y carpas de sectores minoritarios de la población que usurpan, con deplorable agresividad visual, un lugar que pertenece a todos.
Si las retrospectivas, señaladas en Lo mejor del año, no fueron, ninguna, satisfactorias, se debió a las debilidades del guión curatorial y al montaje. En cambio, entre las muestras unipersonales, la instalación de Mario D´Angelo en el Museo Blanes resultó impactante en su densidad conceptual y su complejidad formal. La brillante investigación de D´Angelo lo sitúan en una línea preferencial entre los creadores nacionales. Raquel Bessio, una personalidad que corre paralela a la de D´Angelo, no logró en el Cabildo redondear un buen planteo quizá por la hermosura de sus prismas-lápidas, demasiado atractivos en su sensorialidad plástica contrariando al trágico tema en que se fundamentó.
Las instalaciones fueron, una vez más y aún en su debilidad enunciativa, las más convincentes demostraciones de un lenguaje actual, desplazando las tradicionales lenguajes de la pintura y el
grabado, que algunos oficiantes intentan vanamente, por ahora, reverdecer, sin tener, como el caso singular de Arotxa, una motivación que lo justifique.
Fueron varias las revelaciones. Juliana Rosales asimiló con rotundidad expresiva la tecnología digital y varios jóvenes talentos en el terreno de la instalación y la escultura la acompañaron.
El fotógrafo Luis Alonso afirmó su ya reconocida capacidad para la imagen en una muestra sólida y conmovedora mientras la vietnamita Phuong Cao, antes de abandonar el país donde residió cuatro años, demostró la solidez de su inventiva. Del exterior, la vitalidad de la argentina Graciela Taquini instrumentó con múltiples hallazgos la muestra colectiva Trazos 02, los italianos con un panorama de la cerámica popular y los españoles con diferentes propuestas y excelentes catálogos.
Hubo hechos insólitos. La intromisión del Opus Dei en el Cabildo o la recreación de la tragedia de los Andes con montañas de sal simulando la nieve y fragmentos de avión repartidos por todos lados en un realismo macabro.
El video no tuvo la presencia de otras temporadas aunque Enrique Aguerre y Fernando Alvarez Cozzi se encargaron de mantener Apagado/ Encendido con obras de primer nivel, en paralelo con el ciclo sobre Historia Universal del Arte que tuvo una concurrencia masiva a lo largo de todo el año. La televisión siguió rutinaria y repetitiva mientras Films & Arts, en canal cable 16, se apoderó de la audiencia hasta convertirse de encendido diario por su programación exigente y variadísima en entrevistas a escritores (notables las de Gore Vidal y Carlos Fuentes) a actores (memorable Laureen Bacall) y un fascinante recorrido por artistas de todos los tiempos con especial detenimiento en Montparnasse y la época musical y pictórica (El Grupo de los Seis, de la Mistinguet a Piaf, Modigliani, Soutine, Man Ray, Lipchitz) y el análisis de obras maestras de los principales museos del mundo con notable perspicacia analítica, además de proyectar películas inolvidables (La terra trema de Visconti o La tempestad de Greenaway o revisiones para cinéfilos como El abrazo de la muerte con el gran Ronald Colman o Tras el espejo con la magnífica Olivia de Havilland). Algunas salas cerraron definitivamente (Frida, Lezlan Keplost), otras lo hicieron circunstancialmente (Museo del Gaucho, Colección Engelman Ost) para reabrir con mayor empuje. Al cesar en el cargo la directora María Luisa Torrens y acogerse a la jubilación, el Museo de Arte Contemporáneo eliminó las muestras temporarias.
De la extensa labor de Torrens y de la misma manera que la renuncia compulsiva de Horacio Safons al cargo de Secretario Regional para América Latina y el Caribe de AICA, deben merecer sendas notas, aunque AUCA (Asociación Uruguaya de Críticos de Arte) haya permanecido silenciosa y omitido cualquier comentario o insinuado un reconocimiento.
Entre los muchos boliches y librerías que se dedican, por añadidura, a las exposiciones, hay que señalar La Lupa, en la calle Bacacay, por su sobria y simpática efectividad. *
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