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Sara y Simón: historia de un encuentro

La clave de la existencia radica, en efecto, en la eterna ecuación de antagonismos que confronta el hombre desde el origen mismo de las civilizaciones. Como en el pasado remoto o reciente, la disyuntiva sigue siendo la misma: el compromiso o la indiferencia.

Bien sabido es que el ser humano es el arquitecto de su destino, por su capacidad de racionalizar los fenómenos, incidir en forma determinante sobre la realidad y participar en procesos de transformación social.

Es claro que la historia no se escribe con silencios, desidias o actitudes ambiguas, sino amasando la materia prima de la siempre indispensable rebeldía creativa en la fragua de la pasión.

En ese contexto, para transformar la realidad en procura de la abolición de la injusticia y otras miserias tan o más lacerantes, resulta insoslayable asumir riesgos.

A menudo, el precio de agitar las banderas de la dignidad suele ser muy alto. Sin embargo, parece indiscutible que sin utopías la vida es una mera aventura oscura, vacua e irrelevante.

El año próximo   que se iniciará en apenas unos días en medio de pronósticos bastante poco alentadores – nuestro Uruguay recordará las tres décadas del comienzo de la pesadilla autoritaria.

Más de una generación ya ha transcurrido desde aquel fatídico 27 de junio de 1973, cuando un grupo de conspiradores uniformados y sus secuaces civiles decretaron la disolución del parlamento electo, instaurado el reinado del terror.

Por entonces, los uruguayos observamos   con una mezcla de sorpresa y estupor   como se derrumbaba el mito de la invulnerabilidad de nuestra añosa tradición democrática.

Mientras se lanzaba una implacable caza de brujas para asfixiar las voces contestatarias y disidentes a la dictadura, todos sentimos íntimamente que la voluntad popular estaba siendo grotescamente ultrajada.

Ni las expresiones internas y externas de condena y repudio detuvieron a los motineros que, inspirados en un mesianismo patológico, se propusieron rescribir la historia a su modo.

El corolario de la ruptura institucional fue una pesadilla: miles de presos de conciencia, secuestrados, torturados, asesinados, desaparecidos, destituidos y exiliados.

Sin embargo, el calvario no comenzó exactamente en esa patética jornada invernal de 1973, cuando Juan María Bordaberry   violando el juramento formulado ante la ciudadanía en momento de recibir la banda presidencial   arrasó groseramente con la Constitución y se puso al margen de la Ley.

El proceso se había iniciado en la década del sesenta durante el pachecato, cuando se gobernaba con medidas prontas de seguridad y se conculcaban los derechos individuales de la población.

Por entonces, ya se percibían los primeros síntomas de que nuestra democracia estaba enferma de autoritarismo e intolerancia: clausuras de medios de prensa, sindicatos y partidos políticos ilegalizados, detenciones arbitrarias, apremios físicos y psicológicos y estudiantes asesinados en plena vía pública por parte de las fuerzas represivas.

Caído el telón de la bárbara tiranía, no hubo espacio para el indispensable revisionismo. Una ley votada por el parlamento de la época en medio de fuertes presiones y amenazas de presunto desacato militar, pretendió sepultar definitivamente las atrocidades perpetradas durante once años de plomo.

Sin embargo, la experiencia histórica demostró que esa norma refrendada en las urnas tras una campaña groseramente intimidatoria, no logró zurcir las heridas inferidas en el cuerpo social por un grupo de criminales dominados por el odio y la alineación.

Hoy, en pleno siglo XXI, el nunca resuelto tema de los desaparecidos durante la dictadura parece un obstáculo insalvable en el camino de la ansiada reconciliación entre todos los uruguayos.

En «Sara y Simón: historia de un reencuentro», el periodista Carlos Amorín reconstruye el removedor testimonio de la vida de Sara Méndez, una madre despojada de su hijo durante un operativo militar acaecido en 1976 en Buenos Aires. Esta crónica humana de sesgo sin dudas estremecedor, es apenas un fragmento del horror instalado en la trama social de nuestro país y otros martirizados pueblos latinoamericanos.

Asumiendo la emergencia de situar al lector en el presente al culminar una épica de dolor y sacrificio de más de un cuarto de siglo, el autor inicia su relato por el final: el emotivo reencuentro entre Sara y Simón.

El escritor evoca inicialmente algunos aspectos puntuales de la odisea de Sara Méndez, sus desvelos y frustraciones. Sin embargo, destaca el indomeñable espíritu de esta mujer que luchó hasta el final para concretar el sueño de encontrar a su hijo.

La historia comienza naturalmente este año, cuando finalmente se hizo la luz en medio de las densas tinieblas de la impunidad institucionalizada.

En el primer capítulo de este libro, Amorín recuerda el itinerario recorrido hasta el ansiado reencuentro entre la madre y su hijo ya adulto: la llamada del senador Rafael Michelini desde Buenos Aires, la voz de Simón en el teléfono, el crucial examen de ADN y la emoción de la inclaudicable Sara.

Carlos Amorín destaca el trascendental papel del diario LA REPUBLICA en este proceso, de nuestro director, Dr. Federico Fasano, del secretario de redacción, Gabriel Mazzarovich y la investigación del periodista Roger Rodríguez, que resultó clave en el esclarecimiento del doloroso caso.

El libro reconstruye la admirable épica de Sara, la movilización de

un pueblo entero en pos de la verdad, la solidaridad nacional e internacional y los subterfugios del poder.

Sin embargo, el narrador no se detiene en la mera recreación cronológica de lo sucedido, sino que indaga en las emociones de madre e hijo, ambos enfrentados al desafío de construir un afecto posible luego de 26 años de compulsiva separación.

El autor incorpora a su relato un capítulo de testimonios, que corrobora hasta qué punto los uruguayos se comprometieron con la causa de esta mujer que   en cierta medida   llegó a asumir la representación de los derechos de todas las madres.

En ese contexto, reproduce numerosos mensajes, cartas y emotivas adhesiones, que ratifican la sensibilidad y vocación solidaria de nuestros compatriotas, con una lucha que trascendió naturalmente a las ideologías.

Para ilustrar al lector en torno a los pormenores de esta conmovedora historia real, Amorín elabora una minuciosa cronología de lo sucedido entre 1996 y 2002, desde la inicial frustración de Sara al comprobar que el joven Gerardo Vázquez no era Simón, hasta el reencuentro con su amado vástago.

El autor nos sitúa inicialmente en el escenario histórico del Uruguay de 1996, cuando la evocación de los veinte años de los brutales asesinados de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz sacudía la modorra de la conciencia colectiva.

En ese contexto, recuerda el primer exhorto enviado por el juez español Baltasar Garzón, que requirió la comparecencia ante los tribunales de su país de militares uruguayos acusados de violar los derechos humanos.

Carlos Amorín exhuma hitos nacionales e internacionales, que pautaron – en esa época – la lucha por la verdad y contra la impunidad.

En ese marco, mientras recuerda las sucesivas frustraciones de Sara Méndez cuando el caso Simón fue declarado cerrado por la justicia uruguaya, simultáneamente da cuenta de la detención del ex dictador chileno Augusto Pinochet en Londres y la prisión preventiva aplicada a los comandantes argentinos que gobernaron durante la dictadura.

Por entonces, algunos acontecimientos contribuían a esclarecer responsabilidades, como la desclasificación de documentos secretos norteamericanos que
desnudó la participación de personal militar uruguayo en el denominado «Plan Cóndor».

Sin abandonar la historia central de su relato, el investigador evoca otros acontecimientos no menos trascendentes y asociados a la tragedia de los países del cono sur, como el reclamo del poeta argentino Juan Gelman por su nieta (luego aparecida) y su nuera.

Amorín documenta el magro saldo de la segunda presidencia de Julio María Sanguinetti, período durante el cual los reclamos por los desaparecidos no recibieron respuesta.

La cronología llega naturalmente hasta nuestros días, con la integración de la cuestionada Comisión para la Paz, la aparición de Simón, las renovadas movilizaciones por verdad y las expresiones de terrorismo verbal de algunos impunes asesinos uniformados.

El autor ingresa luego en el tramo más tortuoso de su relato, al evocar el periplo de pesadilla de Sara Méndez en Buenos Aires, acaecido en 1976.

En ese contexto, aporta nuevos testimonios sobre el secuestro de la luchadora social formada desde muy joven en la ideología anarquista, la desaparición del por entonces recién nacido Simón y el inenarrable infierno de automotoras Orletti.

Allí, como se sabe, una fuerza combinada de tareas integradas por militares de ambas márgenes del Plata, perpetró toda suerte de aberrantes crímenes en nombre de la denominada doctrina de la seguridad nacional.

El libro documenta, con singular elocuencia y crudeza, las condiciones infrahumanas de reclusión de los presos políticos confinados en «El pozo», la capucha, las torturas y la humillación.

Con escritura ágil pero dotada de lenguaje contundente, el autor construye los sinuosos itinerarios de Sara.

Recuerda, en tal sentido, el traslado de los «repatriados a Montevideo, la farsa de la «invasión» urdida por la dictadura para

evitar el recorte de la ayuda militar norteamericana, los cinco años de prisión en el penal de Punta de Rieles, el histórico plebiscito de 1980, la libertad vigilada, la reconstrucción democrática y la lucha contra la impunidad.

«Sara y Simón: historia de un encuentro» es un testimonio conmovedor, en la medida que nos acerca al drama real de una luchadora social que se transformó en víctima de la enajenación autoritaria. A través de la exhumación de dolorosos episodios, Carlos Amorín asume – con osadía y lucidez   la reconstrucción de un período negro de la historia contemporánea de nuestro Uruguay.

Sin embargo, el libro no es una mera cronología de las tragedias individuales y colectivas que padecimos los uruguayos durante once años de dictadura, sino la historia de una mujer que desplegó una épica lucha en nombre de su inalienable derecho a ser madre.

Sara Méndez asume, en ese contexto, la estatura de un auténtico paradigma de rebeldía y sacrificio, que construyó su propio e inclaudicable destino de dignidad.

(Editorial Nordan y Ediciones de Brecha)

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