El cine del año capicúa
Quizás pueda decirse que Kandahar del iraní Mohsen Makhmalbaf sea uno de los títulos más importantes que se exhibieron durante el presente año. Este filme sobre la historia de una periodista afgana que regresa a la patria para rescatar a su hermana de una muerte segura, sirvió de pretexto para subrayar –con chocante realismo– la condición de la mujer en territorio talibán (y convertirse en una comprometida obra de arte).
El cine iraní,l en realidad, resultó un invitado de lujo ya que con diversos títulos como la magistral Primer plano (que llegó con doce años de retraso) donde se narra la historia de un fanático que se hizo pasar, precisamente, por el cineasta Makhmalbf) y con La vida continúa (otro título valioso), se logró acceder a buena parte de la filmografía de Abbas Kiarostami, un grande indiscutible. También El color del paraíso del Majid Majidi logró plasmar, con intensa poesía y sublime final, la conmovedora historia de un niño ciego en el entorno de una naturaleza casi mágica. (La película El padre, del mismo director, continuó impactando al auditorio a través de otro apasionante relato sobre un muchacho que debe hacerse cargo de la familia luego de la muerte de su progenitor).
La mirada diferente
Algunas obras, sin embargo, lograron adhesiones y rechazos de similar intensidad. Tal fue el caso, por ejemplo, de El camino de los sueños (Mulholland drive), de David Lynch que se tomó todas las libertades del mundo para romper el esquema narrativo clásico y brindar una historia alucinante sobre dos mujeres que buscan el éxito en la meca de Hollywood. Resultó un homenaje al séptimo arte y un título disfrutable sólo para cinéfilos y afines. Algo contrario ocurrió con Hable con ella, última realización de Pedro Almodóvar que logró conciliar preferencias del público con la opinión crítica de la prensa especializada al desmadejar un perfecto rompecabezas sobre amores límites, mujeres en coma y destinos cruzados. Una obra de arte.
Los hermanos Coen también hicieron de las suyas con El hombre que nunca estuvo, otro homenaje al cine (esta vez a la serie negra estadounidense) que demostró –una vez más– el extraordinario talento de esta dupla y la estatura histriónica de un memorable Billy Bob Thornton; una brillantez que reiteró en Cambio de vida del director Marc Foster, para dar vida a un policía del pabellón de la muerte concitando, a la vez, la atención de la Academia de Hollywood y mostrando además la estimable actuación de Halle Berry, que se llevó un Oscar por el rol que encarnó en el mencionado filme.
Otro de los grandes filmes del año vino de Dinamarca bajo el título de Italiano para principiantes; una entrañable comedia rodada bajo la consigna del dogma por Lone Scherfig que, en su momento, obtuvo el Oso de Plata y el Premio de la Crítica en el prestigioso Festival de Berlín. Y ya que mencionamos la lengua itálica, podemos recordar que de la península llegó El último beso de Gabriele Muccino, comedia agridulce con buen ojo para pintar pasiones e incertidumbres y La habitación del hijo de Nanni Moretti, una pudorosa radiografía del desgarramiento de una familia frente a la muerte del hijo menor. Notable y conmovedora, impactó a la platea local de la misma manera que en Europa, donde se llevó la Palma de Oro en Cannes y el Premio David de Donatello de Italia a la Mejor película. No menos desagarradora resultó Intimidad, la propuesta de Patrice Chereau que, con frontalidades de sexo explícito y un guión impecable, logró redondear una obra importante sobre la soledad, el amor y la desesperación del alma humana. Quizás ese registro inquietante (y bastante desacomodador) le restó público en forma injusta, a pesar de puntuales credenciales que atestiguaban el Oso de Oro de Berlín a la Mejor Película, el Oso de Plata a la intérprete Kerry Fox como Mejor Actriz, el Premio Louis Delluc al Mejor Director y el Prix Blue Angel a la Mejor Película Europea.
Otro punto alto resultó Storytelling de Todd Solondz (largometraje subtitulado arbitrariamente como Historias de ironía y perversión) que, en realidad, articulaba dos filmes en uno donde se ventilaban los trapos sucios del american way of life con frontal crudeza. La mirada resultó poco piadosa pero certera al reflejar un territorio hipócrita donde muchos valores caen a pedazos sin que a nadie le importe demasiado, algo que también se reflejaba en Felicidad donde aparecía un complejo friso de existencias alteradas. En resumen, una película sinceramente cruel y fascinante. Grave omisión sería olvidar a Robert Altman que volvió por sus fueros con Gosford park, un verdadero deleite que lo reunió con el nivel de sus mejores obras, a la vez que el público pudo disfrutar las excelencias de un elenco donde brillaron, con luz propia, Maggie Smith, Kristin Scott Thomas y Emily Watson, entre otros. En tren de olvidos, Memento de Christopher Nolan, utilizó el clásico clisé de la amnesia en héroes y antihéroes del cine norteamericano para pulir un ejercicio narrativo de singular desfasaje sintáctico. Una verdadera joyita del cine policial y un desafío para la platea.
Una Babilonia cinematográfica
En esta apresurada lectura de títulos importantes que vienen de todas partes, tampoco puede faltar Descubriendo el amor (o, mejor dicho, Fucking amal) del debutante sueco Lukas Moodyson que se portó como un director de primera línea para trazar un revelador panorama sobre la sexualidad adolescente. Pero la ópera prima del año sin lugar a dudas fue El último día (No man´s land), del bosnio Danis Tanovic (que además de quedarse con el Oscar a la Mejor Película Extranjera, también conquistó el Globo de Oro y el Premio César de Francia). Es, por cierto, una obra auténtica, elocuente y desagarradora sobre la guerra – la peor manifestación de la raza humana – reducida al universo de una trinchera. Verdaderamente impresionante.
De Francia, por partida doble llegó la propuesta de Francois Ozon con Bajo la arena, (un memorable título y una estupenda actuación de Charlotte Rampling) y Ocho mujeres, adaptación de una pieza teatral que reunió varias celebridades femeninas (Deneuve, Ardant, Huppert, entre otras) al servicio de un ejercicio histriónico sobresaliente. El país galo también tuvo como embajador al cineasta Jean Becker con el entrañable filme La fortuna de vivir que, entre otros aciertos, presentó (cuándo no) una excelente actuación de Michel Serrault. El maestro Eric Rohmer, por su parte, hizo acto de presencia con Tres romances en París, dando muestra, una vez más, de su particular vigencia a la hora. de contar las idas y venidas de los seres humanos en el camino de los sentimientos. Claro que, muy probablemente, la atención para con el cine francés se haya centrado en Amélie de Jean Pierre Jeunet (el mismo de Delicatessen), una alocada historia amorosa, contada en ritmo de video clip al estilo MTV, que catapultó a la actriz Audrey Tatou. (En el país de los vinos y perfumes, por lo menos, se llevó cuatro Premios César). El suceso, tan selectivo quizás pueda haber resultado parcialmente injusto ya que los franceses tenían otros títulos interesantes como El pequeño ladrón de Eric Zonca (que ya había pisado fuerte con La vida soñada); La enfermedad de Sachs, de Michel Deville, el durísimo filme La fuerza del corazón (Haut les coeurs!) de Dólveig Anspach, Besos para todos de Daniéle Thompson; La comedia de la inocencia de Raoul Ruiz y
Hogar, dulce hogar (Adieu, plancher des vaches) de Otar Iosseliani, un filme premiado con el Luis Delluc y la distinción Fipresci del Cine Europeo. En otro orden de cosas, el checo Sasa Gedeon (que viene dando que hablar desde hace diez años con Cerrado por duelo y Gig), ofreció una muestra superlativa de buen cine a través de El idiota, libre traslación del texto dostoievskiano que satisfizo los paladares más exigentes. La calidad continuó presente en Yendo al colegio con mi padre a la espalda del cineasta chino Zhou Youchao y en Pan y rosas del afamado director británico Ken Loach que continúa con su cine contestatario. Menos atención se le brindó a El hijo adoptivo de Aktan Abykalykov (a pesar de todos los lauros internacionales que ostentaba) y, por su parte, el filme australiano Chopper: retrato de un asesino de Andrew Dominik también pasó sin mayor pena ni gloria por nuestra cartelera a pesar del intenso relato logrado sobre la paranoia criminal (cuyo punto de partida fue el relato «autobiográfico» de un ex convicto). De nada sirvió la media docena de premios de la Academia Australiana que incluían Mejor Director y Mejor Actor para que el público pudiera sortear una barrera audiovisual de extrema violencia. Por último vale subrayar algún sacudón como el promovido por El crimen del Padre Amaro del mexicamo Carlos Carrera, un durísimo gancho de izquierda a la mandíbula del clero; Coronación del chileno Silvio Caiozzi sobre novela de Donoso y Detrás del sol, del brasileño Walter Salles que, luego de Estación Central, continúa afianzándose como notoria promesa del cine latinoamericano que importa.
Hasta el año que viene. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad