Breve escenario para gran actriz
Luego del monólogo inicial de «Fuera de cuadro» de Javier Daulte, que vimos en «El callejón de los deseos», quedamos impresionados con el arte de intérprete de Gabriela Izcovich.
La actriz es siempre ella; al mismo tiempo y dejando ver multiplicidad de planos, el personaje. Hay en su actuación una mente que observa, muestra y, sobre todo, juzga. Es magistral, en particular, la forma en que Izcovich mostró, con una severidad a la que no faltaba ternura, algunos tics de su personaje: su proclividad por mortíferos lugares comunes con los que la vida matrimonial puede ser envenenada y esas frases (y hasta esos gestos) que, como dice en esta obra Javier (Carlos Belloso), hay que callar porque sus consecuencias se nos escapan siempre. Hay un momento en que está en nosotros callar o abrir la caja de Pandora: esos momentos, díganse al borde del abismo o sobre el filo de la navaja, son el terreno de elección del refinado arte de Izcovich. Además, la actriz une a sus poderes de comprensión de sutiles estados de ánimo una voz que maneja con virtuosismo y a la que puede cargar de verdaderos proyectiles en un susurro, para pasar al momento siguiente a un controlado grito; una voz magistralmente expresiva con un tono casual que, en el enlentecimiento de una o dos sílabas que se arrastran presagia truenos, rayos y granizo. No hay un momento en que uno deje de ver al personaje para ver a la actriz, pero en todo momentos vemos el juego y el arte.
El libreto, una versión escénica de la misma Gabriela Izcovich de una novela, ha logrado pasar airosamente al teatro, circunstancia de particular mérito para la versión y la dirección (de Javier Daulte y Gabriela Izcovich). Un punto brillante del traslado es la transposición de algunas introspecciones a la escena, con lo que no se quiebra el ritmo del conflicto interior, que continuamente crece, siempre parece a punto de hacer crisis y casi siempre se desvanece. Entre los méritos de la escritura hay que destacar una angustiosa sinceridad, en la que casi todas las palabras, sólo por pequeñas incorrecciones, actúan como fenomenales palancas que, sin más punto de apoyo que ellas mismas, mueven y demuelen un mundo. Como en las obras de David Mamet, hay en «Intimidad» una reivindicación de la palabra como el más poderoso agente de comunicación entre los hombres, capaz también de actuar como el más dañino de los misiles. Como anunciaba el Evangelio, en «Intimidad» se nos pide cuentas de cada palabra ociosa y también de cada silencio: no tanto por el ocio ni por el silencio, sino por lo que generalmente confiesan. La desopilante visita al psiquiatra, con las críticas referencias al análisis que hacen otros personajes (uno que dice que no ha progresado psicológicamente, pero que sabe mejor quién es, lo que no puede explicar para qué sirve), muestra de maravillas este poder. El breve escenario de La Carbonera sirvió cumplidamente a esta obra necesariamente íntima, que debe verse de cerca. La actuación de Belloso no desmereció el arte de Izcovich; se redondeó un espectáculo a menudo brillante y siempre inteligente que abrió el espíritu a premiosas interrogantes y prudentes prevenciones. Como recomendaba el latino, la obra castiga, riendo, a las costumbres: por fin la comedia cumplió aquí su misión. Hizo reír, pero, más y mejor, dejó una nueva luz encendida en nuestras mentes. *
INTIMIDAD, de Hanif Kureishi, versión escénica de Gabriela Izcovich de la novela original, con Carlos Belloso, Gabriela Izcovich, Gaby Ferrero, Gonzalo Kunca y Marcelo Mariño. Escenografía y vestuario de Alicia Leloutre, iluminación de Javier Daulte, dirección de Javier Daulte y Gabriela Izcovich. En Teatro La Carbonera, Balcarce 998 (San Telmo) Buenos Aires.
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