Los desafíos de la televisión pública

 

Entre los muchos desafíos que una televisión pública ha de afrontar –si estamos hablando de una televisión pública seria, constructiva, pensada para el bien común– hay uno esencial. Ha de evitar que los televidentes, sobre todo niños y jóvenes, sean sujetos pasivos, contribuyendo, por el contrario, a desarrollar su nivel de elaboración intelectual y su pensamiento crítico. No obstante, debe hacerlo sin renunciar a entretener, valor que en sí mismo es respetable y sólo deja de serlo cuando a quienes manipulan la televisión únicamente les interesa difundir una tontería funcional a sus objetivos de construir una sociedad que piense en el consumo, que viva de ilusiones y que no desee que se le plantee el menor problema. Esos objetivos han sido, durante más de cuarenta años, los de la televisión abierta privada en Uruguay. Tan cierto como que, al cabo de casi el mismo tiempo, la televisión pública nacional no ha sabido cumplir, salvo en ciclos aislados y poco duraderos, con su verdadero papel de testigo y reformadora. Porque, claro, no ha sabido entretener.

¿Por qué la televisión pública está obligada, además de informar y formar opinión, también a entretener? Por la razón del artillero: si su misión primordial, como postuló McLuhan, consiste en desarrollar la capacidad crítica del televidente para que éste logre desmentir, aunque sea trabajosamente, lo que la pantalla interesada pretende imponerle, no debe aburrir sino interesar e incluso conmover. Aun la difusión de contenidos culturales, de conciencia social y de periodismo crítico puede ser entretenida; en ningún manual está escrito que esos contenidos necesiten, para ser responsables y éticos, del tufo culturoso, más que serio ceñudo y demasiado encorsetado que suelen exhalar algunos programas que, por ejemplo, se han hecho habituales en Canal 5.

Hay unos dichos de Lolo Rico, profesional de la televisión española de larga y prestigiosa trayectoria, que no resisto repetir: «La imagen en movimiento es el arte propio de nuestro tiempo. Abarca y resume en sí misma otras muchas artes de larga tradición. Su capacidad para integrar y perfeccionar, a través de técnicas indirectas, todos los espectáculos y la facilidad con que interpela a varios sentidos al mismo tiempo, sin exigir una elaboración intelectual ni una preparación específica, han hecho de ella el espectáculo de masas por excelencia. La televisión se comprende como se comprende un acontecimiento. Se acepta con naturalidad y delectación, como todo lo visible».

Por esas mismas razones, indiscutibles hasta para un lego, es que la batalla de la televisión pública por la dignidad de los contenidos, en busca del bien común y contra la pasividad del televidente no puede librarse con éxito sin aceptar el valor del concepto de entretenimiento.

Entretener no significa hacer programas para responder preguntas estúpidas, o para saltar como unos posesos si se ha obtenido un microondas, o para hacer chistes de cuarta categoría con risas programadas, o para exhibir anatomías femeninas embetunadas, o, peor aún, para exacerbar el morbo que anida en la condición humana con imágenes innecesarias y despreciables.

Entretener significa no aburrir, hacer más interesante y conmovedor –tomando el verbo conmover en su sentido de no dejar indiferente al otro– cualquier programa que uno se proponga producir. Hasta unos documentales acerca del hambre entre los niños o sobre los sonidos y movimientos de expresión epígamos del pato castaño pueden ser entretenidos, además de aportar información y formar opinión. De eso se trata el desafío, aunque a veces cueste entenderlo. *

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