Cómo "controlar" a la caja boba
Umberto Eco afirma, en un celebrado artículo que publicó Página 12 de Buenos Aires, que los medios de prensa, y sobre todo la televisión, suelen mentir o, al menos, deformar los hechos y los dichos.
Con su agudeza habitual, Eco se hace cargo de parte de la responsabilidad y dice que esto pasa «porque acogen a colaboradores como yo, que, a diferencia de los profesionales, escriben y hablan únicamente sobre lo que han leído y no se preocupan de comprobar las fuentes». Y luego, apelando a una anécdota propia, y con mucho humor, cuenta: «Una vez dije que hay marcas que todos recuerdan como el tapón de la Coca-Cola, y desafío a quien sea que me demuestre que estaba equivocado. Ahora leo que afirmé que había que sustituir el emblema de la República Italiana por ese tapón».
Menos apegados a la ironía compasiva, algunos actores políticos están muy preocupados en estos tiempos por el llamado «control de los medios», que, en realidad, y por una razón de mayor impacto social probado, se reduciría a la televisión. Dicho en lenguaje directo, entre ellos palpita cierta tentación de regular el manejo de la información en la llamada caja boba de la sociedad moderna.
Ciertamente, la televisión forma opinión pública. Incide más que la radio y que los diarios y tiene un problema, al que unas opiniones que andan por ahí consideran congénito, de rigor profesional disminuido. También es cierto que sobran pruebas concluyentes acerca del espíritu manipulador de algunos empresarios televisivos.
Sin embargo, no tendremos una mejor prensa y, en particular, una mejor televisión limitando la libertad de acción de los medios ni ejerciendo fiscalizaciones paranoicas que pueden dejarnos a un paso de una actitud fascista.
Me permito postular que la solución está en fomentar una competencia real entre los privados y en fortalecer a la televisión pública como ente testigo, ajeno –ya lo he dicho– no sólo a lo comercial sino también a la influencia del gobierno de turno; o sea, estatal en serio.
Si ha habido algo de la televisión nacional que ha dañado a la sociedad, es la acción monopólica. Cuando todo es de unos pocos, o de una sola, virtual corporación, el resultado, obviamente, no respeta el interés de los televidentes; al revés, sólo consagra privilegios, genera obsecuencia con el poder y descuida el bien común. En estas circunstancias históricas (y también políticas, porque no quiero pecar de ingenuo), no es cosa de controles ni aumento de las regulaciones. La legislación que existe alcanza y sobra para evitar, si desde el Estado se actúa ajustado a Derecho y pensando en el beneficio de la sociedad, que haya prácticas monopólicas de tipo alguno; basta recurrir a esas normas para que, junto a un impulso sensato dado a la televisión pública, emerja una competencia real y exigente que desmalece el camino y nos deje a la vista una pantalla que, aunque siempre podrá ser discutible si uno ejerce en libertad su pensamiento crítico, resistirá toda sospecha de manipulación por parte de intereses corporativos.
Cualquier buen entendedor no necesita añadiduras.
Estamos, políticamente, a las puertas de un nuevo tiempo; ojalá el sentido común ilumine el camino por venir. Para construir la nueva televisión hay que apelar, una vez más, al ideal democrático y a la dignidad; es decir, nada de censura y nada de manipulación, respeto por la libertad de empresa y, al mismo tiempo, creación de condiciones que respalden la búsqueda del bien común.
Sólo así serán consagrados la expresión libre y el derecho de los ciudadanos a ser debidamente informados y a tener acceso a una amplia y enriquecedora diversidad de opiniones. *
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