Por siempre Rembrandt
Las encuestas, siempre mentirosas como los ratings televisivos, y las opiniones rápidas de sociólogos culturales, postulan un descenso en la asistencia de público a las exposiciones. Las razones que se invocan suelen insistir en la emergencia de los medios tecnológicos de entretenimientos dentro y fuera del hogar, machacan en el elitismo del arte, el divorcio entre los nuevos lenguajes estéticos y los códigos tradicionales manejados por la mayoría. Sin embargo, en todos los países se multiplican en progresión geométrica los museos, que son más complejos y dinámicos que antes (España es el ejemplo más prolífico), las bienales o encuentros internacionales, las ferias de arte. Las actividades culturales adquieren características diferentes, abandonan el estatismo del lugar para instalarse en vagones de ferrocarril o en ómnibus, recorriendo pueblos o barrios periféricos. Nunca el arte tuvo hasta hoy tanta visibilidad y nunca tanta gente dispuso de ofertas editoriales a precios razonables, catálogos, críticas e información periódicas.
Es cierto que ese aluvión desmesurado de público, ávido de entrar en contacto directo (y no virtual por Internet) con las obras de arte, no siempre está preparado para recibir adecuadamente la variedad de los mensajes artísticos. Recién ahora (y debían ser los pedagogos franceses) se propone una enseñanza artística a partir de la escuela, una capacitación para ver, oír y estimar las diferentes disciplinas, para adquirir una sensibilidad estética que corra paralela a las materias científicas que en las últimas décadas se impusieron en detrimento de las primeras, presionadas por la sociedad de consumo y las carreras cortas que conducirían a una inserción laboral rápida. Pura ilusión: aumentó la desocupación y la mentalidad se jibarizó. Es urgente comenzar con políticas de reactualización de conocimientos a maestros y profesores, y de formación y cualificación a dirigentes empresariales y gremiales de manera continua (muchas veces ignorada, considerada inútil por los trabajadores), para que la competencia adquirida tenga una remuneración y reconocimiento adecuados, teniendo en cuenta la descentralización incorporada a los barrios. En definitiva, crear una usina de ciudadanos inteligentes, insertos con lucidez en el complicado y confuso mundo actual.
Por eso, si es tonificante que en momentos de crisis, en pleno invierno del desencanto social y cultural, acudan al Museo Nacional de Artes Visuales, de miércoles a domingo, ríos de gente de todas las edades, para ver las 83 estampas de Rembrandt, por otro lado no deja de preocupar la interrogante acerca del grado de apreciación y de absorción de las obras por parte de esas multitudes. Pues más allá de sentirse atraída por conocer al mayor genio en la técnica del grabado, de demorarse en cada estampa, de seguir el proceso de impresión, las observaciones de las visitas guiadas, la lectura del catálogo o de algún otro libro y del video sobre la vida y obra del creador holandés, debería haber una instancia de reflexión y disfrute que no está en el virtuosismo técnico ni en el talante barroco que atraviesan retratos, autorretratos, paisajes, desnudos, escenas bíblicas y de costumbres. Esa instancia se produce cuando se abandona el recinto, luego del comentario compartido, del diálogo ocasional y del bullicio contagiante, para hacer de Rembrandt nuestro contemporáneo. La distancia de dos siglos en una sociedad protestante de comerciantes burgueses, inicio de la sociedad moderna y mercantil, con una coherente, culta y homogénea población, si bien es una tarea ardua de emprender no impide, sin embargo, la actualización de la comunión estética. Esa que sobrevuela técnicas y temáticas. Pues lo que postula Rembrandt es entrar en comunión con la entera disponibilidad de la libertad del hombre, sin limitaciones epocales, geográficas o de reconocimiento exterior. En el inefable misterio que apresa en cada obra, en la vibrante cadencia del dibujo que alcanza un perturbador hechizo en La gran novia judía o Ester antes de ir a ver a Asuero, con su rítmica, obsesionante catarata de tejido dibujístico, la extrema sutileza del claroscuro, la enloquecida dinámica de José y la mujer de Putifar o de la La expulsión de los mercaderes del templo, la intensidad psicológica del predicador Jan Uytenbogaert o del Autorretrato grabando junto a una ventana, Rembrandt penetra en la intimidad del ser sin atributos, el ser del hombre y el de la obra de arte, esa hipótesis existencial que construye y verifica el contemplador, en definitiva, el creador de la obra.
Se ha escrito mucho y bien (especialmente el filósofo Georg Simmel, en 1919) y aparentemente no habría nada que agregar, según se afirma, sobre la producción rembrandtiana. Exquisita falacia. Cada generación, cada receptor, con experiencias heredadas y acumuladas, con una perspectiva temporal privilegiada, con la sensibilidad enriquecida y ampliada, con la mirada agudizada en el campo perceptual, renueva incesantemente el acto único de la contemplación directa para extraer conclusiones diferentes. «Rembrandt introduce maravillosamente la total vida móvil en la constante presencia del instante» y por eso «los más ricos y conmovedores retratos de Rembrandt son los de gente vieja, porque en ellos pasa a primer plano un máximo de vida vivida», escribió Simmel.
Hay genios impositivos, imperiales (Miguel Angel, Picasso), enérgicos en la musculosa celebración vital (Rubens, Delacroix), otros que seducen por la elusiva, tranquila elocuencia (Leonardo, Matisse), pero ninguno, en la historia del arte, tiene esa facultad de dialogar (al igual que Shakespeare) en la eternidad del instante, con la infinitud de la vida (y la muerte) que pasa, como Rembrandt. Por eso, es nuestro contemporáneo. *
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