La caricaturización de Hannibal Lecter
El filme es «Dragón rojo», de Brett Ratner, y el previsible diseño guionístico de Ted Tally se ve elevado por el gran rendimiento actoral.
Anthony Hopkins anunció públicamente que, para Dragón rojo (Red dragon), sería la última vez que se enfundaría la temible piel de Hannibal Lecter, ese psiquiatra que cruzó la frontera de la razón para transformarse en un caníbal y más concretamente en uno de los más célebres asesinos seriales que se ha permitido fundar la cultura cinematográfica a partir de la literatura de Thomas Harris.
Cercado por el personaje, seguramente Anthony Hopkins quiso sacarse lo más prontamente posible de encima semejante personaje: ese individuo de mente enfermiza y a la vez brillante con punto de no retorno que, en su modus operandi, sigue poseyendo una percepción y un sistema reflexivo que llega a hechizar a sus interlocutores, potenciales víctimas. Para Hopkins, no va más.
De igual modo, allí está el personaje: desde su condición patológica: el psycho-killer Lecter/Hopkins puede todavía montar una organización de su locura y moverse, desde sus desórdenes, con agudeza en sus viajes del mundo real –al que canibaliza y mutila– a sus miserias privadas, las que puede reconocer y tolerar sin mayores temblores en su voz. Sabe cómo hacerlo y cómo manipular las situaciones, aun cuando haya sido capturado por un persistente detective al que casi le cuesta la vida y que se ha retirado a cuarteles de invierno junto a su familia en Marathon, Florida.
Pero acaso en Dragón Rojo, de Brett Ratner, apoyada en la novela de Thomas Harris que diese lugar asimismo a la laureadísima El silencio de los inocentes, de Jonathan Demme y años más tarde a Hannibal, de Ridaley Scott, el formidable actor ha optado por una lógica de la caricaturización de un personaje que, desde su gestión, llegó a tener un impacto realmente trascendente. Al Lecter del filme de Ratner le sobra glacialidad y le falta ese touch mordaz, de aire luciferino, que había hecho poner más que tensa a Jodie Foster en su momento.
Ahora frente al obsesivo, intuitivo, sagacísimo detective Will Graham (que compone con la habitual versatilidad y solvencia Edward Norton), quien fuese el que lo capturara –en una secuencia de alta intensidad dramática al inicio del metraje–, hay un Lecter que busca calcar al de El silencio de los inocentes, y el resultado es que ya todo vendría a ser una especie de falsificación. Un personaje dentro de una prisión de máxima seguridad con celda de vidrio que no parpadea y ha dejado a un lado ese sentido del humor refinado que lo caracterizaba. Lecter, en esta versión de Hopkins, aparece como despotencializado y el largometraje casi que pierde densidad e interés en tanto anécdota por su previsibilidad.
En rigor, todo el metraje de Dragón Rojo es prácticamente una fotocopia de El silencio de los inocentes: hay un asesino serial suelto al que un periodista sin tapujos (el notable Pihilip Seymour Hoffman) ha denominado The Tooth Fairy (según los subtitulados, «El Dentudo») y, por la forma de operar, se instalará un juego del gato y el ratón cuando el retirado detective Grham es convencido por un superior del FBI (Harvey Keitel, bien) para volver a la línea de fuego y así visitar a Lecter y obtener pistas, un punto de vista diferente, información de una mente demasiado compleja y perversamente asesina como para estar libre («Lo peor del caso es que ni me mataron ni me aprovecharon», se ufanará al promediar el conflicto Lecter); el seguimiento del otro asesino serial (impecable performance de Ralph Fiennes) que desafía a Graham; la acumulación puntillosa de datos para dar con ese individuo que se mueve todo el tiempo, de ciudad en ciudad, para cometer sus horrendos crímenes inspirado en una pintura de William Blake que remite a la mutación, a las transformaciones y que da nombre al largometraje; el descubrimiento temprano para el espectador de quién es el psicópata de marras (como ocurría con el personaje compuesto por Ted Levine en El silencio de los inocentes); los escenarios de las víctimas;el peligro inminente por partida doble cuando Lecter y más tarde The Tooth Fairy buscan liquidar a la esposa (Mary Louise Parker, correcta) e hijo del detective Graham.
Y el dato adicional, novedoso dentro de la red anecdótica: los freaks tienen su circuito, su puntos de reunión y acaso ese personaje ciego. caracterizado con la técnica suprema de Emily Watson será, en parte, desde un lugar de acercamiento afectivo, quien serene por un momento la locura de ese personaje al que Graham, hacia el final del metraje, calificará como un individuo común con un monstruo encima. Luego vendrá un no way out donde pesará más la furia, el descontrol que cualquier arrullo proveniente del otro sexo, como para promover un desenlace de alto voltaje dramático.
Dragón rojo es más de lo mismo, y no obstante, plantea sus momentos sobrecogedores, ingeniosos, intensos alrededor de la historia, pero todo el fluir de la misma va adivinándose con facilidad. No hay sorpresas y es, por lo tanto, el aceitadísimo trabajo coral del elenco el que le da mayor contextura y si se quiere carnalidad a las debilidades guionísticas. Muy bien Ralph Fiennes y Edward Norton. Hopkins, poniéndole un rostro demasiado petrificado a Lecter, hace su despedida con su mirada penetrante, casi líquida en un inevitable final abierto. *
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