Danzas tristes
Nuestro Uruguay, nacido como sus hermanos americanos del fragor de la heroica gesta emancipadora que parió la primera independencia, fue –hasta hace un tiempo– un país de rasgos identitarios bien definidos.
Su rica tradición cultural y vocación democrática lo ubicó, durante el siglo pasado, en un sitial de privilegio en la consideración del mundo moderno. Incluso, llegó otrora a ser admirado por su avanzada legislación en materia laboral y de seguridad social.
Superadas las guerras fratricidas entre las dos divisas tradicionales que tiñeron de sangre la conciencia nacional, el sistema político se consolidó en los primeros tramos del siglo XX.
Otro de los hitos fundamentales de un tiempo sin dudas de cambios profundos y radicales, fue la separación entre el Estado y la Iglesia, que inauguró la libertad de cultos.
Ese país de vanguardia que todos añoramos en el que mejoraban incesantemente las condiciones de vida de la población, recibió a miles de inmigrantes europeos que buscaban un futuro promisorio en nuestro suelo.
Así nació el Uruguay cosmopolita de rasgos algo afrancesados, que fue pionero de la Sociedad de Naciones a la que se incorporó en 1920 y miembro fundador de la Organización de las Naciones Unidas en 1945, tras caer el trágico telón de la Segunda Guerra Mundial.
La denominada «Suiza de América» creció sin solución de continuidad durante la primera mitad del siglo pasado. El mundo nos reconocía como un pueblo culto, educado, próspero y enamorado de la institucionalidad democrática.
La pobreza, más allá del modelo de acumulación capitalista aplicado por todos los gobiernos, era un fenómeno casi folclórico. Se vivía con dignidad, porque se generaba riqueza y trabajo.
Ese tiempo histórico identificado también con inolvidables conquistas deportistas, coadyuvó a edificar múltiples mitos: la eterna bonanza económica sustentada en el agro y una industria siempre incipiente, la casi invulnerabilidad de nuestra democracia y el prestigio de nuestra educación.
Sin embargo, en la segunda mitad del siglo, la caída de los precios internacionales de la lana y la reducción de las exportaciones de carne se transformaron en inequívocas y sintomáticas señales de que el Uruguay de las «vacas gordas» se estaba agotando.
Tras la crisis del denominado «segundo batllismo», el país ingresó en un período de crecientes tensiones sociales y comenzó a experimentar los males característicos de la flagelada América Latina a los cuales había permanecido ajeno durante décadas.
La historia reciente es conocida: injusticia social, violencia, descaecimiento institucional, dictadura, torturas, muertos, desaparecidos y exiliados. Tras el esperanzador retorno a la democracia, ya nada fue igual.
Atrás en el tiempo, quedó un Uruguay paradigmático, donde todos los ciudadanos se sentían razonablemente amparados en sus derechos constitucionales y hasta la pobreza era digna.
Hoy, en pleno siglo XXI, la miseria, la marginalidad, la desocupación y la incontenible emigración configuran un cuadro de desastre que ha modificado radicalmente nuestra propia identidad.
Mientras los mayores añoran y evocan el pasado con el dolor de la pérdida, los jóvenes se debaten en un agitado mar de incertidumbres en torno al futuro, cuyo horizonte parece ser cada vez más oscuro.
En «Danzas tristes», el escritor compatriota Ugo Ulive narra una historia de glorias, esplendores, tragedias y miserias ambientada en el Uruguay de posguerra.
Ulive, que reside en Venezuela desde 1967, es hoy una figura clave del teatro y la cultura latinoamericana.
Autor de «Un vintén pa’l Judas» y «Como el Uruguay no hay» entre otras recordadas producciones, fue precursor del cine uruguayo. También colaboró en el período embrionario de la cinematografía cubana.
Fue, además, director de la Comedia Nacional a los veintiséis años y uno de los fundadores de El Galpón, en el cual sobresalió como actor y director.
En 1960, fue convocado a trabajar en el Teatro Nacional de Cuba, donde fundó y dirigió la Escuela Nacional de Artes Dramáticas.
Desde hace más de treinta años está radicado en Venezuela, país en el que desplegó una riquísima actividad artística coronada con la dirección de la Compañía Nacional de Teatro.
En «Danzas tristes», que es su primera novela, Ugo Ulive nos retrotrae al Uruguay de 1949, con su extraña mixtura entre el espíritu aldeano y una intensa vida cultural.
La pluma del autor se sitúa en un espacio humano y urbano tan fascinante como contradictorio, en el que convivían una sociedad cosmopolita de ritmo algo aletargado con la impronta europeísta de una intelectualidad que buscaba siempre sus paradigmas fuera de fronteras.
Ese mestizaje entre lo autóctono y lo foráneo definía la controvertida idiosincrasia de un país situado geográficamente en un continente pobre y colonizado, pero identificado con los grandes centros de poder del mundo.
En ese paisaje tan peculiar que describe con singular elocuencia, Ulive transita los siempre tortuosos laberintos de la condición humana enfrentada a situaciones límite.
El autor narra la peripecia de un joven y solitario aprendiz de escritor, que aspira a abandonar el anonimato y ganar un lugar de consideración en una prestigiosa publicación cultural del Montevideo de la época.
En ese contexto, se propone investigar la vida de una famosa pareja de bailarines europeos residentes en nuestro país, cuya historia aspira a vender al mejor postor.
Para el protagonista, ambos artistas emigrantes son una suerte de obsesión recurrente, un paradigma del arte de la esplendorosa y siempre aristocrática Europa trasplantado al nuevo mundo.
Contrariamente a lo que podría suponer, la pesquisa periodística se transforma en una aventura tortuosa, enigmática y con insospechados vericuetos.
La primera entrevista con Alejandro Sakharoff en una casa del soleado balneario de Atlántida, constituye para el ansioso Ariel una experiencia tan apasionante como fascinante.
Mientras garabatea nerviosamente en una libreta de apuntes, el joven viaja imaginariamente más allá del gran océano, hacia un mundo nuevo de visibles esplendores y ocultas decadencias.
Con la abundante materia prima de los recuerdos del bailarín, el novel escriba va construyendo pacientemente una historia que trasciende a lo real, para internarse en las entrañas del mito y la fantasía.
Ugo Ulive trabaja la minuciosa narración en dos escenarios espaciales simultáneos, entre el presente poblado de ansias e incertidumbres y un pasado construido por la evocación. A medida que avanza el diálogo entre entrevistado y entrevistador, crece la mágica fascinación por el legendario mundo de la danza.
La pluma de Ulive nos traslada imaginariamente a la Europa de la primera mitad del siglo pasado, sus sociedades de rasgos aún aristocráticos, sus faraónicos teatros, las ovaciones, la admiración y el culto a la personalidad.
En el decurso del relato, los retazos de pasado se van reuniendo hasta constituir una unidad aparentemente indivisible e imperturbable.
Sin embargo, esa armonía que brota espontáneamente de los labios del bailarín que evoca incesantemente sus glorias registradas prolijamente por el aspirante a escritor, se verá fracturada por otras imprevistas circunstancias.
Clotilde Sakharoff, la pareja de Alejandro, parece ser una suerte de enigma sin posible resolución. Es una figura distante a la cual no se puede acceder, porque siempre está ocupada.
Transitando por el romántico Montevideo de los tranvías y la hoy desaparecida cultura de barrio, sin cal
les atestadas ni contaminadas, la historia explora otros personajes y realidades que son también parte del paisaje humano de la novela.
Un fotógrafo alcohólico también inmigrante y una joven que parece muda y se desplaza casi en forma imperceptible, ingresan raudamente en la escena del teatro real de la vida.
El origen de ese ignoto hombre conocido como Steiner es también una suerte de acertijo que el joven debe descifrar. Antes de dedicarse a la fotografía y a la terapia biónica para sobrevivir, fue también un famoso bailarín.
Hoy, agobiado por un accidente invalidante y ahogado dentro de una botella de licor, se nutre únicamente de sus recuerdos, la envidia, el odio y la persistencia de un amor imposible.
Mientras evoluciona la narración, el autor de la obra no abandona la descripción de los escenarios urbanos del Montevideo de posguerra, por entonces invadidos por inmigrantes procedentes de las venas abiertas de una Europa aún desgarrada por el flagelo de la guerra.
Aflora, asimismo, el Uruguay de los rasgos culturales a menudo insólitos, con su eterna predilección por las siglas que identifican tradiciones muy nuestras: el auditorio del Sodre y la grappa Ancap, entre otros.
Sin embargo, en ese Uruguay feliz de otrora ya comienzan a emerger los fantasmas del desencuentro y los embrionarios conflictos sociales, que parecen preanunciar la crisis del modelo que la historia de encargará de demoler.
Narrando alternadamente su historia en primera y tercera persona, Ugo Ulive se interna osadamente en los complejos micromundos individuales de sus atribulados personajes.
El autor rompe deliberadamente con las fronteras del tiempo, desarrollando su relato entre el presente y el pasado, la novela, la crónica y la evocación.
Describe el lenguaje corporal de la danza como expresión indómita de la pasión, la indispensable disciplina física, la libertad del cuerpo en plástico movimiento y hasta la desprejuiciada desnudez como simbólica representación estética.
El escritor explora –asimismo– los fantasmas interiores de sus personajes, todos ellos enfrentados a la siempre perentoria emergencia de sobrevivir según sus propios códigos, compromisos y convicciones.
Esas danzas tristes a las que alude el título de esta novela sin dudas removedora, constituyen metáforas de la pasión, el arte, la tragedia, la dicotomía entre el éxito y el fracaso, el anonimato, la soledad, el sexo llevado a los extremos del delirio y hasta el insondable abismo de la locura.
Más allá de la mera peripecia humana, el autor reconstruye con trazo elocuente al Uruguay de posguerra, describiendo muchos de sus hoy desaparecidos paisajes urbanos, sus arraigadas tradiciones y su paradigmática cultura.
(Ediciones de Trilce)
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