Agujeros
Científicamente, ya no puede dudarse de la existencia de los agujeros negros en el universo.
Socialmente tampoco, ya que Ruedita es, por su capacidad de absorción de alcohol, un agujero negro.
Lo curioso es que parece que hay agujeros negros, negrísimos, insondables diría yo, en otras partes. Son casos sorprendentes, al menos a primera vista y para un hombre común. Por ejemplo aparecen en los casinos municipales. Allí se sigue escurriendo el dinero como por invisibles alcantarillas, y la discusión del por qué, dejando a un lado el caso Bengoa y su anadeo judicial interminable, parece destinada a alcanzar la inmortalidad.
Ahora circula una información conmovedora, sobre todo si se presta atención a lo que ha pasado y desde cuándo: esos raros casinos han perdido, según los últimos controles, alrededor de veinte millones de dólares desde 2000.
Una ganguita de dos millones de dólares cada año. También podría verse, con cierta ironía, como una vaquita que hacemos entre los contribuyentes porque somos… ¿qué? ¿Incautos, crédulos, imbéciles? ¿O, si usted prefiere, lector, unos agujeritos negros más?
Hay que tener cuidado. Si este proceso conduce a una explosión demográfica de agujeros negros, el riesgo de que desaparezcamos adquiriría una proximidad que a cualquiera podría estropearle hasta el ejercicio de las diarias funciones fisiológicas más elementales.
Así las cosas, igualmente sostengo la esperanza de que la nueva administración municipal le clave a tamaño bravo toro la espadilla definitiva. Ya es demasiado el tiempo perdido, abundante la información disponible acerca del funcionamiento de los casinos e imprescindibles unas medidas que den ejemplo de autoridad y de una administración austera.
Intendenta Olivera, me permito preguntarle: ¿estamos de acuerdo? No creo que le haga gracia, con un futuro político brillante a la vista, transformarse, de pronto, en otro agujero negro.
Mire que en esto no hay diferencia de género.
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