SEREGNI: GENERAL DEL PUEBLO Y OBRERO DE LA DEMOCRACIA
El general Líber Seregni no pretendió nunca transformarse en un prohombre emblemático de nuestra historia nacional. Al contrario, con sencillez republicana, paciencia y sabiduría, cultivó el valor de la trascendencia anteponiendo los legados históricos y el bien común al reconocimiento personal. Con una convicción sin límites no cejó en su esfuerzo de persuadirnos de que para construir institucionalidad y profundizar la democracia debíamos desentramparnos de las vanidades personales y pensar siempre en la mañana siguiente del país y su gente.
El «General del Pueblo», hijo de inmigrantes, nació en el barrio Palermo el 13 de diciembre de 1916. En 1941 se casó con Lilí Lerena, con quien tuvo dos hijas, Bethel y Giselle, sus entrañables compañeras de lucha y de afectos.
Fundador del Frente Amplio y líder histórico de la izquierda uruguaya, con el paso del tiempo Seregni se transformó en referente de una forma de concebir el mundo y al país, logrando el apoyo de amplios sectores de la población y el respeto de sus adversarios políticos.
Luchador social férreo y tenaz, durante la dictadura militar mantuvo su compromiso cívico hasta las últimas consecuencias. Eso le valió más de 10 años en prisión. Cárcel que no le impidió seguir tendiendo puentes de unidad interpartidaria para consolidar un frente democrático que hiciese caer a la dictadura y restaurase la constitucionalidad y el pleno ejercicio de los derechos ciudadanos suprimidos por la fuerza del terror y las armas.
El poder ciudadano, la lucha de todos los partidos políticos y la presión internacional; hicieron que el 19 de marzo de 1984 Seregni fuese finalmente liberado de la infame prisión. Demacrado por el encierro pero con la frente alta y la mirada encendida, lejos del mezquino revanchismo, desde el balcón de su casa y megáfono en mano nos dio una lección de vida. Sus dichos son más elocuentes que cualquier palabra.
«Salgo con la conciencia tan tranquila como entré. Más firme, más convencido de nuestros ideales, más decidido que nunca a entregar dentro del marco jurídico en el que me encuentro y dentro del límite de mis posibilidades, hasta el último átomo de mis energías al servicio de nuestro pueblo (…) No es momento de discursos compañeros. Es momento de expresar una tremenda alegría, pero por sobre todas las cosas de pensar el camino que tenemos que transitar hacia delante. La patria marcha a la reconquista de la democracia y en ese camino estamos. Juntemos todos nuestros esfuerzos para facilitar esa marcha para alcanzar la libertad y el total ejercicio de la democracia. Por eso compañeros ni una sola palabra negativa, ni una sola consigna negativa. Fuimos, somos y seremos una fuerza constructora. Obreros de la construcción de la patria del futuro que soñamos. (…) Para poder transitar efectivamente los caminos hacia la recuperación de la democracia necesitamos la pacificación de los espíritus para alcanzar la pacificación nacional. Y lo sentimos como una necesidad porque no hay democracia si no hay paz».
Aludiendo a su participación en la reforma constitucional manifestó: «… claro que sí compañeros! ¡Pues claro que fue un acto individual y personal!, ¿ quién había dado la palabra? ¡Yo, Líber Seregni! Y yo compañeros soy muy, muy cuidadoso de la palabra que empeño y de los compromisos que asumo. Bien saben los frenteamplistas que siempre he hecho cuestión de cumplir mis compromisos, así sean los menores… Y aunque a alguno le parezca algo trasnochado, para mí la palabra dada es un capital fundamental de mi accionar personal y político».
Riguroso, analítico y sistemático como fue toda su vida, Seregni planifica su despedida. Después de ser reconocido por compañeros y adversarios como un gran estadista, referente intelectual y ético para el país entero, el General anuncia su retiro de la política activa en 2003 durante el 4º Congreso del Frente Amplio. En 2004 disuelve el Centro de Estudios Estratégicos 1815 y el 19 de marzo del 2004, exactamente 20 años de su liberación de la cárcel del oprobio, da su último discurso en el Paraninfo de la Universidad. Oratoria considerada como su testamento político y una de las reflexiones políticas más agudas en la historia de la izquierda y del país. De arranque nomás marcó la cancha con palabras que sólo pueden ser transcriptas: «Muchas veces dije que era un privilegiado de la vida; hoy lo repito. Cada uno de nosotros es parte de lo que ponga de sí mismo pero también es parte de las circunstancias de lo que le ofrece la vida. Y a mí la vida me permitió vivir situaciones que a otros no les fueron permitidas, por eso termino todavía con este privilegio mayor de estar esta noche con ustedes.
No es fácil recibir un homenaje así en persona. Sólo cabe agradecer y decir que intenté ser en mi vida fiel a mí mismo, coherente, en el marco de principios éticos elementales, en la defensa de la libertad y de la democracia, en el respeto irrestricto a la Constitución y a la ley. Pero, mis amigos, todo lo que hice, lo bueno y lo malo, lo acertado y lo erróneo, fue a plena conciencia, tratando de perseguir el paradigma de decir lo que se piensa y hacer lo que se dice. A veces pude hacerlo y otras veces no, porque yo también sentí, como muchos de ustedes, la vigencia del dilema de la posible oposición entre la ética de las convicciones y la ética de las responsabilidades. Cuando uno tiene un cargo, cuando uno habla en nombre de otros, no es uno solo el que habla, y eso limita seriamente las posibilidades de expresión propias. La ética de las responsabilidades debe ser tenida muy en cuenta cuando juzgamos las conductas de gobernantes y de líderes políticos. Por eso recién cuando pude desprenderme de las ataduras de mis responsabilidades pude hablar por mí y para mí y ser auténtico. Así dije mi verdad, la mía, no la verdad, que en ocasiones pudo chocar o herir a alguien. No fue mi propósito lastimar a nadie, y si en algún momento eso pasó, aquí, públicamente, presento mis excusas». Luego añadió una hermosa metáfora que simboliza esa pertinaz consecuencia seregnista de pensar en la mañana siguiente: «Permítanme una digresión. Cuando era estudiante un viejo profesor nos comparaba la historia y la vida con un río de llanura, con sus vueltas que aparentemente van atrás del curso, y ponía como ejemplo nuestro río Negro, el viejo Um, con sus bucles, con sus meandros. Yo digo que debemos recorrer y gozar de esos bucles pero no perder de vista el curso del río y su destino final, que es la desembocadura».
Refiriéndose a la salida de la dictadura el General hiló fino con proyección de futuro. «No hay memoria sin olvido. El problema individual de cada uno de nosotros y de la sociedad entera es saber y poder qué olvidar para mejor recordar aquello que no puede ni debe olvidarse. Esto, mis amigos, es fundamental en lo que tiene que ver con aquellos años. Pero lo trascendente, lo que quiero marcar hoy en forma fundamental, fue la demostración de que se había perdido el miedo al miedo….En los primeros meses del 73 ya había represión, ya había miedo y yo conversaba con los jóvenes. Recuerdo una tardecita en Treinta y Tres en una escuelita suburbana; hablábamos de eso y yo decía que la tribu se reúne ante el momento de peligro, que había que juntarse para afrontar la situación. Y entonces naturalmente en la charla que manteníamos surgió una frase que la maestrita con su linda letra escribió con tiza en el pizarrón de la clase: «Unir mil miedos para formar un solo coraje».
Y claro que sentimos y convivimos con el miedo pero lo vencimos, y eso fue fundamental en la lucha por la libertad y la recuperación de la democracia. Porque, mis queridos amigos, no hay libertad con miedo, no hay vida plena con miedo, no hay democracia con miedo.
Al finalizar, el General nos envió un claro mensaje unitario para combatir los crudos impactos de la fragmentación social que ya vislumbraba: «No me olvido que estamos en un año electoral, pero quiero
proyectar a este presente el espíritu que guió a la generación del 83. Cada uno de nosotros tiene sus afinidades políticas, pero reconozcamos que en estos tiempos que transitamos en todos los ámbitos corren vientos de renovación y de cambios, una expresión de las voluntades en todas las tiendas políticas de elaborar propuestas y voluntades para un futuro mejor del pueblo oriental.
Entonces quiero remarcar que la condición primera para cualquier proyecto de recuperación del país exige el cambio moral en nuestra sociedad. Porque la crisis también provocó el encerramiento de la gente en sí misma y el aislamiento, también afectó los valores societarios que tenemos que recuperar. Y esa es una tarea común a todas las fuerzas políticas y sociales de nuestro país en el momento actual. Esto es lo que hace necesario un espíritu militante, más allá de cualquier diferencia doctrinaria, política o religiosa, como fue el espíritu de la gente de la generación del 83. Sin banderías políticas, con la única bandera de querer la libertad humana».
Pocos meses después el General Seregni falleció, y cumpliéndose su decisión sus restos yacen en la Meseta de Artigas. Gesto final de su devoción por quien siempre lo inspiró en su vida.
En breve enviaremos al Parlamento un proyecto de ley solicitando que la ruta Interbalnearia lleve el nombre del Gral. Seregni. Acto minúsculo de reconocimiento por todo lo que nos enseñó. Austeramente solo pretendemos que algunas de las miles de personas que transitan esa ruta refuercen la memoria colectiva y trasmitan a sus hijos la belleza de vivir pensando en la mañana siguiente.
|*| Ministro de Transporte y Obras Públicas.
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