Un poroto
Este hombre moreno, de carnosos labios, corpachón al verde, ojillos con frecuencia entrecerrados que revelan supuestas astucias adquiridas en algún casino de oficiales, caminar lubricado y verbosidad esquizofrénica tiene todavía un trecho para alcanzar el límite de la absurdidad.
Me refiero a Hugo Chávez, que siempre ríe en las fotos y parece empeñado en violar las fronteras de la ostentación y la ridiculez. Pero ni pica al lado de ciertos personajes que le precedieron.
Vale recordarlo para que no se agrande.
Hace unos años, el periodista Jorge Lanata describió un acto de Abdalá Bucaram, aquel descacharrante presidente ecuatoriano que se decía hijo de Atahualpa. Cincuenta mil personas lo esperaban en el aeropuerto de Guayaquil. Bajó de un helicóptero, tomó el micrófono y obtuvo el récord que envidia Chávez.
-¡Soy Maradona, soy Zico, soy Pelé! fue lo primero que exclamó.
Luego, como el griterío comprometía su ego, cargó las pistolas: -O hablan ustedes o hablo yo. Así que a callarse todos.
Enseguida presentó a su hermana como «futura alcaldesa de Guayaquil»: Sé que no será miss Ecuador por su belleza, pero sí por su castidad.
Entre aplausos, ella agradeció y enseñó uno de sus despanzurrados pechos: Nunca se ha posado aquí una mano de la oligarquía.
Los presentes enloquecieron, no se sabe si por el mensaje ideológico o por el tamaño de aquella cosa. Ella descendió y muchas manos, tal vez para defenderla de una eventual ofensa de los enemigos, acariciaron o pellizcaron dulcemente la glándula mamaria que con tanta generosidad exhibía.
El acto tuvo un cierre espectacular. Bucaram gritó «¡soy Batman!» y se lanzó sobre miles de brazos que lo esperaban allá abajo, entre vítores.
Lo que hizo Chávez con los restos de Bolívar y su anuncio de ruptura de relaciones con Colombia, con Maradona al lado portando barbada cara de prócer que aún no averiguó dónde queda su exilio, no compite.
Un poroto. Dale, negro, hay que remontar.
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