Alcahuete
Esto lo he dicho. Sin embargo, dado que el lector, como casi todo lo que escribo, ya debe haberlo olvidado, me permito la repetición.
Bertrand Russell, aludiendo a la complejidad de la naturaleza humana, usó un ejemplo gracioso para ejemplificar un comportamiento.
Un viajero llega a una tienda y pregunta: ¿Me podría informar cuál es el camino más corto a Rochester?
El tendero, sin mirarlo, dice: ¿El camino adónde?
A Rochester repite el viajero.
¿El camino más corto? vuelve a preguntar el tendero.
Sí.
¿A Rochester?
Sí.
No sé.
Russell saca la conclusión de que el tendero deseaba aclarar la naturaleza de la pregunta pero no tenía interés en contestarla ni inmiscuirse en la cuestión.
No era su asunto.
Ahora se ha expuesto el que podría ser revés exacto y perverso de esa imagen: alguien que, sin un imperativo administrativo, legal, moral ni mucho menos ético, no trata ya de aclarar la naturaleza de pregunta alguna sino más bien fabrica una suerte de necesidad ficticia de información, se arrastra como una culebra por los meandros de su oficio, el periodismo, e investiga a sus colegas. ¿El objetivo? Alcahuetear, al santo pedo, a patrones de turno y, de paso, imaginar que hace méritos de militancia para cumplir locas pasiones o estúpidos y mal nacidos sueños de progreso personal.
Entre el tendero de Bertrand Russell y el alcahuete contemporáneo aunque su informe incinerando gente date de dos años atrás está, o debería estar, el océano de las personas que viven, ejercen funciones, reciben preguntas y dan respuestas con buena voluntad, tolerancia y honestidad.
Al menos, quiero creer que es así.
De todas maneras, sería bueno que, entre todos quienes profesamos la fe periodística, ayudásemos a limpiar una tarea social tan digna.
La primera mugre a levantar y tirar en el contenedor, si no está lleno, es la de aquellos que cuando le preguntan a otro acerca de una cosa sólo esperan que les diga: «Tengo la misma opinión».
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