Baño colectivo
Aunque parezca un chiste, es verídico. En la década de 1980, en Nueva York, el propietario de una discoteca tuvo lo que entonces pareció una idea audaz: despojó a los baños de sus paredes interiores y transformó las funciones fisiológicas allí cumplidas en parte de la propuesta artística. 0 sea que hombres y mujeres procedían, en comunidad, a usar retretes y urinarios mientras mantenían alegres conversaciones sobre las más diversas cuestiones del momento. Según Manuel Vicent esto no fue novedad pues en tas letr¡: ñas públicas de Atenas o de Efeso los sofistas y los cínicos, «los perros posmodernos de entonces, hablaban de la verdad al tiempo que evacuaban juntos». Al recordar ciertas erupciones del Partido Nacional, pensé, aunque seguramente me excedí, qué mejor camino hacia la unidad podían hallar sus dirigentes que el de la discoteca de Nueva York. No, no. Me retracto. Es un disparate. No están culturalmen-te preparados. Mejor buscan otra cosa. Algo han de hallar, claro, porque en cualquier mqmentota caldera interna estalla, pasan de la flora a la fauna y quién sabe a qué más, en una progresión que los puede poner a un paso de agarrarse de las mechas. Larrañaga dijo que Lacalle era como un ombú que no deja crecer el pasto a su alrededor e impide el proceso de renovación. Lacalle contestó que no era cierto y que prefería ser calificado de tala, ya que, si bien crece entre piedras y es espinoso, también tiene una flor dulce. ¡Ah, la unidad del principal partido de oposición! Mientras los colorados, casi en silencio y sin que corcoveara demasiado viejo alguno, ya pusieron en marcha su renovación, los blancos, gente de a caballo, carabina a la espalda y sable en mano, están inmersos en un despelote catedralicio. Por el porvenir democrático, y en tiempos de convocatorias a la unidad y a las políticas de ‘ Estado, sería bueno que encontraran la paz interior. Pensándolo otra vez, ¿está tan mallo del retrete colectivo.
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