Paso a paso
Oí un comentario atinado que había escapado de mis pensamientos: el Estado está en reformas desde hace más de veinte años.
Es verdad. Luego de la redemocratización del país, y hasta hoy, no han dejado de hacerse cosas: unas pequeñas, otras de cierta envergadura, todas metidas en la misma bolsa.
¿Por qué la mayoría de los ciudadanos lo ha inadvertido y cree que padece la misma administración pública de hace décadas?
No he hallado mejor causa que esas cosas hayan sido regidas por el espasmo.
Los cambios han ocurrido sin un plan central, faltos de continuidad, a los tropiezos, ahuyentando la idea de coordinación a la búsqueda de la necesaria reforma global del Estado.
No obstante, como decía Wimpi, «todo momento es algo, todo paso es una decisión; a cada instante se está llegando a algo y nada de lo que pasa, pasa; lo malo es que el tipo no se da cuenta».
Si lo hecho no fue ideal, nadie tiene derecho a suponer que se continuará por idéntico camino.
He sentido necesaria esta reflexión, luego de que el gobierno presentara el borrador de su proyecto, tantas veces y con tanto vigor anunciado por el Presidente de la República, ungido como su primer y mejor publicista. No han faltado críticas a ese borrador. Hay quienes lo quieren todo ya; hay quienes advierten por todas partes enemigos mortales de sus intereses; hay pretenciosos, con patente de entendidos tal vez expedida en un taller mecánico, que le han encontrado fallas, inconsistencias u omisiones; y hay apuraditos que quieren arrear la tropa a ponchazos.
Lo que está a la vista es un intento serio de orden y concentración. Llevará su tiempo y enfrentará enemigos, ya se sabe.
Lo inaceptable es la impaciencia y, peor aún, la precocidad crítica.
Recuerda a aquel legislador, famoso en su época por su pétrea e irónica oposición, que entró a una sesión plenaria y, al ver las manos alzadas, espetó, a un paso mínimo de despanzurrarse: -¿¡Qué se está votando que yo me opongo?!
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