Modos verbales
Hay ciertas formas de hablar que, por graciosas, y aunque equivocadas, causan la hilaridad de gente de bien. No dañan, sino hacen un poco más divertida la vida. Mucho tiene que ver en esta suerte de inocencia el ámbito donde se hagan oír.
Hay otras, en cambio, que viajan impunemente desde el simple error a lo soez, de la ignorancia más tosca a la ofensa gratuita, capaces, sobre todo si se perpetran en sitios institucionalmente respetables, de dejar morado de vergüenza el rostro social.
Se dice que quienes mejor deben hablar son los escritores o los académicos.
Vea, lector, es puro convencionalismo. Todos estamos obligados a hablar bien si es que queremos vivir como seres civilizados, y a la cabeza deben militar como soldados ah, sí, aunque les disguste los dirigentes políticos que representan a la ciudadanía. Han de dar el ejemplo pues sus verbosidades adquieren obvia resonancia y un notorio carácter expansivo.
Un joven diputado, hombre que en la cotidianidad exhibe unas maneras campechanas, agradables, le espetó, obviamente sin cariño, los adjetivos «carroñero» y «carancho» a un colega de la oposición.
Un exceso imperdonable.
Recuerdo ocasiones en las que, desde esta misma columna, convoqué a los legisladores a hurgar en la biblioteca del Parlamento a la búsqueda de exposiciones, discursos y debates ocurridos en un pasado no tan lejano en el recinto que ahora ellos ocupan; es una inmejorable oportunidad de ejercer la comparación: antes, estupendos oradores usaban argumentos de la solidez del cemento, humor e ironías memorables por su sentido de la oportunidad e inteligencia, así como expresiones espontáneas que hacían sonreír, aun a hurtadillas, a sus «víctimas».
Hagan un esfuerzo, muchachos. Dejen el lenguaje de cumbia de las villas que se les está pegando.
Si no es necesario llegar hasta Cervantes o Quevedo, tampoco hay que quedarse con el ejemplo de Ruedita, luego de la cuarta grapa con porotos alubia.
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