¡VUVUZELAZO CELESTE!
Durante un mes y especialmente después de ganarle a Ghana en final infartante que incluyo la maravillosa «picada» del Loco, el país entero se estremeció al grito de ¡Uruguay nomá’! Y fue tan fuerte que hasta las vuvuzelas se callaron acompañando el asombro y respeto mundial que generó este equipo de todos.
Desde las tripas todos los uruguayos celebramos la «garra y calidad» de este grupo humano excepcional, Selección que nos permitió reencontrarnos con los valores de humildad, trabajo en equipo, afán de superación, sacrificio, educación, respeto y solidaridad que siempre nos han identificado. Nos devolvieron la ilusión de poder y el orgullo de ser. Aunque nos divertimos con el pulpo Paul y sus tentáculos pronosticadores de resultados, no comulgamos con el espíritu de la clarividencia deportiva. Los coqueteos del pobre animal con los cubos embanderados no interpretan en lo más mínimo la lógica ni la magia existencial del fútbol. ¿Quién iba a pensar que Uruguay, la última selección en clasificar jugando la mayor cantidad de partidos eliminatorios (20 en total), terminaría entre los 4 mejores del mundo? El fútbol, deporte impredecible como ninguno, nos atrapa con la pasión y por ese grado de incertidumbre presente en cualquier cancha donde 22 jugadores despliegan su arte frente a la soledad de la pelota, desafiando cualquier pronóstico previo. Un gol inesperado, el erróneo fallo de un juez, la iluminada locura de un jugador apagado, el desinfle de una estrella, un penal errado, una expulsión, la lesión de un futbolista o una pelota en el palo pueden cambiar definitivamente el curso de cualquier partido de fútbol. No hay destino marcado. Si no pregúntenle al pobre Domenech, DT de Francia, que antes de cada partido estudiaba la carta astral de los jugadores para decidir a quién ponía. Ahora lo quieren matar.
El maestro Tabárez, con la sabiduría propia de haber tenido la humildad de aprender de las experiencias propias y ajenas, interpretó a la perfección cuál es la esencia del fútbol. En 4 años de preparación y 7 partidos demostró que en el fútbol el primer objetivo es reducir lo más que se pueda la incidencia del azar. Nos convenció de que sólo es posible aumentar las probabilidades de ganar cuando se trabaja con la profesionalidad, la calidad humana y deportiva del equipo. En la cancha de césped salimos cuartos pero en la de la vida ganamos por muerte. Los periodistas deportivos amantes de las estadísticas no se cansan de tirarnos números récord de esta selección: es la tercera vez en la historia que salimos cuartos; se batió el récord de imbatibilidad manteniendo 338′ la valla invicta y pasamos la primera ronda después de 16 años. Por primera vez un seleccionado local perdió y quedó eliminado en primera fase; con 11 goles esta es la tercera selección más goleadora de la historia del fútbol uruguayo y hace 56 años que no ganábamos por 3 goles ni salíamos primeros en la serie. Es la primera vez que un jugador uruguayo, el Diego de todos, es el goleador y el mejor jugador del Mundial. Contra todo pronóstico Uruguay fue el equipo que recibió más fouls en el Mundial. El maestro Tabárez, con 11 partidos dirigiendo a la celeste en copas del mundo, superó el récord del inolvidable Juancito López, DT de aquel gran Maracanazo.
Pero más allá de las cifras esta selección ganó dentro y fuera de la cancha. Humildes, solidarios autocríticos y educados, lograron que el mundo hablara de Uruguay de otra manera, enfatizando nuestro modo de ser en el juego y no las patadas. El «Ruso» Pérez, que jugó bien al fútbol y dejó el alma en la cancha, hizo sólo 16 fouls en 7 partidos ( 2,2 en promedio) a pesar de bailar siempre con la más fea. Pero además hubo pequeños gestos que no deben pasar desapercibidos. Lugano juntando a todo el plantel para sacarse la última foto antes de jugar por el tercer puesto y acompañando a Blatter para presentarle a cada uno de los jugadores que saludaba. Los infaltables termo y mate de Scotti entrando a reconocer la cancha minutos antes de cada partido. La humildad de Muslera, que después de perder contra Alemania respondió en plena conferencia de prensa que se había equivocado en 2 de los 3 goles y que todavía tenía mucho para aprender. Y la emotiva devolución de la bandera oriental al presidente Mujica, que al partir sólo les dijo que disfrutaran del Mundial porque el fútbol es un juego y no una guerra. Por primera vez después de muchos años aceptamos la derrota sin persecutas ni lloriqueos. Con orgullo por haber dejado todo pero aceptando que el fútbol sigue siendo un hermoso deporte mientras que la vida y la muerte se pelean en otras esquinas. Y así lo dijo con claridad Tabárez luego del partido con Holanda: «… a nadie le gusta la derrota pero si tengo que elegir una forma de perder es parecida a esta». En los dos últimos partidos fue cuando Uruguay desplegó mejor fútbol y sin embargo perdió. Perder con dignidad no es una derrota. Por eso al llegar a Montevideo el Maestro agregó: «Lo que celebramos no son los resultados sino el camino. El camino es la recompensa». Paso a paso y con hechos le dio valor y sustento al sueño de largo aliento de volver a figurar entre los mejores a nivel mundial. Sin exitismos ni falsas expectativas. No somos más ni menos que nadie pero necesitamos recordarnos día a día todo lo que sí podemos hacer. Con su forma de trabajo, su comunicación con la gente, las ganas de disfrutar del juego, la serena humildad sin derrotismo y la restauración de la garra charrúa plena de inteligencia, sacrificio y calidad, este grupo humano nos contagió a todos. Esta celeste despertó sentimientos colectivos que trascienden al fútbol. Y aún cuando en la semifinal mi corazón palpitó la ilusión de ver a Uruguay salir campeón mundial, sigo pensando que mucho más importante que eso es el legado sociocultural que pueda dejar este proceso realizado. Trabajemos juntos para que el envión que nos dio este seleccionado tenga repercusiones duraderas en la sociedad y también, por qué no, en la forma de hacer política. Ojalá podamos sostener este cambio de mentalidad que debería primar en Uruguay. Es una filosofía de vida en la cual los objetivos colectivos, el trabajo solidario y la disposición al cambio son más importantes que la necedad de repetir los mismos errores una y mil veces, sólo por la vanidad personal de creer que siempre tenemos razón y que los demás no cuentan.
Pero la mirada de lo sucedido quedaría renga si no nos preguntamos por qué este grupo despertó tanta adhesión popular. El martes, bajo temperatura de frío polar, una multitud de hombres y mujeres de todas las generaciones y rincones del país coparon las calles para sumarse a la caravana del seleccionado, agradecerles y festejar juntos. No pasó lo mismo en el 70, cuando también salimos cuartos. Obviamente eran otros tiempos y vivíamos en un contexto político, económico y social muy diferente. Sin embargo bien vale abrir bien las orejas para saber qué mensaje nos dio la gente con su incondicional demostración de afecto. Más allá de las hipótesis que vendrán creo que sucedió algo muy sencillo. Los uruguayos necesitábamos un motivo para ganar el partido de la frustración que hace años venimos perdiendo contra nosotros mismos. La irrepetible gesta de Maracaná y el paso del tiempo fueron transformando los éxitos del pasado en un nostálgico recuerdo de lo imposible. Nos hundimos en el lamento pensando que supimos ser los mejores pero que jamás volveríamos a serlo. El no se puede nos ganó por goleada. Hoy reafirmamos la apertura de la esperanza. Niños y jóvenes construyendo y viviendo en carne propia su historia colectiva y personal. Rescatando valores de calidad, autoestima, solidaridad y unidad. Ser buena gente enriquece. Juntos se puede. Dos son más que la suma de unos. Esta generación nos ayudó a empezar otro partido. Y todos debemos asumir con alegría el reto de no pasar de lo sublime a lo infame en 90′. Como persona y en mi rol de funcionario del gobierno al serv
icio del pueblo, también me comprometo a aprender y sostener esta enorme lección de vida que nos dieron el seleccionado y la gente. De nosotros depende que este profundo orgullo nacional que hoy sentimos todos no se apague junto al silencio del sonido de las vuvuzelas después del Mundial de Sudáfrica 2010. Demos paso a la alegría del camino, como dice el Maestro, y sepamos que Uruguay, como el Mundial, tiene sabor a más.
|*| Ministro de Transporte y Obras Públicas
Compartí tu opinión con toda la comunidad