DIARIO DE CAMPAÑA: LA PATADA Y EL TAQUITO
Terminó, y de manera gloriosa, el mundial de las vuvuzelas y los tulipanes más golpeadores de toda la historia. Uruguay se trajo un cuarto puesto, el merecidísimo balón de Oro de Diego Forlán y dejó una hermosa imagen de equipo solidario, limpio, respetuoso, con un coraje indomable y un amor y pasión por la causa común sin parangón.
Pero, decíamos antes y debemos aplicar ahora, que esta magnífica primavera de los sentimientos colectivos encendidos, debe ser paridora de futuros que excedan largamente el verde césped de la cancha de fútbol.
Esta semana asumieron las autoridades municipales en los más diversos rincones del país. Es bien sabido que en la política uruguaya, las mujeres y los jóvenes se encuentran subrepresentados (y las mujeres jóvenes, ni hablemos). Diversas razones sociales y culturales conspiran para ello, pero es un hecho harto evidente. Y si esto es preocupante societariamente, como hombre de izquierda, me parece netamente angustiante. Porque la izquierda no está para reproducir el status quo, sino para modificarlo de raíz. Lo cual no se reduce a temas de género o etarios, pero no cabe duda, ambos inciden. La diversidad humana riega la libertad y sedimenta los nutrientes de las visiones distintas, y es en estas fértiles tierras que siempre florece la empecinada rosa de la izquierda.
Es sin embargo a nivel de las intendencias, de las juntas departamentales, de las autoridades municipales, donde quizás la mujer, particularmente la mujer joven, logra mayor incidencia política. Hay hoy, afortunadamente, intendencias, cargos de edil, municipios, etc, en manos de mujeres, incluso de mujeres jóvenes.
Las vivencias personales me han regalado el conocimiento directo de varias mujeres jóvenes que esta semana han asumido este tipo de responsabilidades en distintos puntos del país. A algunas pude acompañar presencialmente, otras me enviaron grabaciones de los actos de asunción, otras me hicieron llegar sus comentarios y sentires. Tras la primera observación, de orgullo, satisfacción y gozo, una lectura mucho más seria comenzó a abrirse en mi mente y espíritu.
Comencé a prestar atención no a mis amigas y sus oratorias o gestos, sino a las reacciones, miradas, y en muchos casos perceptibles comentarios del público, particularmente del masculino.
Y por un momento me pareció estar viviendo una confrontación entre el mundo del pasado y del futuro, entre las sombras y las luces, la grosería y la verdadera hombría, los patadones de apenas ayer y el Balón de Oro de hoy.
En el centro del escenario, mujeres jóvenes, hermosas, inteligentes, que por su talento y temperamento merecieron el cariño y la confianza de la ciudadanía, que las eligió para desempeñar importantes responsabilidades. Muchas de ellas, por si fuera necesario agregar algo, llenan de sentido algunas expresiones. Por ejemplo la tan mentada pobreza, pues la han vivido. La tan ansiedad dignidad, pues es el arma con la que han superado las privaciones. El siempre invocado espíritu de sacrificio pues han sabido estudiar, trabajar en innumerables tareas de las más variadas ser madres, jefas de hogar, y todo al mismo tiempo. Y sin jamás dejar de lado su femineidad. O entienden mejor que nadie la ignominiosa violencia doméstica, o el acoso sexual, o la violencia de género, pues para muchas es testimonio propio o cercano, y no mera referencia libresca, mero beneficio de inventario. O descifran desde su vivencia la eterna e injusta maldición que acompaña a la mujer joven y bella, que si algo logra, en varias mentes ha de ser por algún medio espúreo o ligado a su intimidad, y no por la fuerza de sus virtudes y coraje.
En dos bandos imaginarios del escenario, pero entremezclados en el ruido y los comentarios, vi claramente dos actitudes, dos formas de vivir y sentir la vida. Una cargada de pasado. En la que se escuchaba muy claramente (a veces en bocas hipotéticamente muy educadas e influyentes), como referencia a algunas de las jóvenes protagonistas, algunas metáforas zoológicas o mecánicas («bestia», «camión», «yegua», etc.). Otra regada de futuro, en la que hombres y mujeres celebraban en un sincero abrazo el logro del esfuerzo y de la capacidad humana, venga en formato cromosómico XX o XY.
Nadie, absolutamente nadie que me conozca mínimamente, me puede suponer pacato o postulante al rol del casto José, ni indiferente a las pasiones más bellas que la vida nos brinda, como el amor, el sexo, el placer compartido, la observación, celebración y disfrute de la belleza. No pretendo un mundo hipócrita de ojos cerrados e indiferentes frente a lo que es bello y agrada o atrae. Peor mundo tendríamos. Sea cual sea la opción sexual de cada quien, que sus ojos se regalen una imagen que le place, o que sus labios se permitan algunas palabras en momentos y maneras adecuadas, pertinentes, halagadoras no es otra cosa que una celebración de la vida.
Pero digamos las cosas clarito y sin hipocresías: en el Uruguay de hoy, en muchísimos ámbitos la mujer sigue siendo considerada por muchos (varones y mujeres) como poco más que la carne que le da materia. Y en muchísimos ámbitos, demasiados, lo que para el hombre cuesta diez, para la mujer cuesta cien. Porque no sólo deben ser buenas, deben primero mostrar que no hicieron nada impropio para merecer la oportunidad de mostrar que son buenas, y luego, encima, ser excelentes. Para la misma tarea en la que un varón, insospechado él, sólo le bastaría con ser bueno, o con no ser demasiado inepto.
Se han acortado las diferencias, al menos en ciertos círculos sociales y ámbitos. Es cierto. Pero falta mucho, falta demasiado aún. Y no necesito verificarlo en ningún cálculo sobre ministras, senadoras, diputadas, etc. No. Me alcanza y me sobra con los comentarios cavernícolas que logré oír esta semana, las groserías que logré captar en la pantalla o las burdas salidas de lugar y tono que me relataron sus protagonistas.
Me parece que ya es tiempo de que los varones uruguayos seamos un poquito más hombres y menos machos, y me incluyo en la convocatoria. A justipreciar un poco más las fabulosas personas que muchas veces ignoramos o directamente denigramos. No por concesión graciosa, pues sólo se trata de admitir, de valorar. La inteligencia, el esfuerzo, el coraje, el carácter, la rectitud y honestidad y todo lo que va muchísimo más allá de la belleza física de muchísimas mujeres uruguayas.
Diego Forlán acaba de ganar el balón de oro, acaba de mostrar que el talento y el esfuerzo, la calidad y la virtud, a menudo rinden más y mejor que la torpeza y brusquedad, la tontería y el machismo burdo. Ojalá inspire, ojalá sugiera, ojalá convoque.
Uruguay, país de mujeres y varones realmente iguales ante las oportunidades de la vida y la consideración social, y no sólo en la letra de la Constitución. Meta cotidiana y mucho más importante que cualquier copa del mundo. Y no depende de Forlán, ni de las manos salvadoras de Suárez.
Depende de Ud, depende de mí, para el bien, salud, equilibrio y armonía de todos. Depende de optar entre seguir a las patadas o por una vez, apreciar y aplaudir la creatividad y talento de un gol de taquito.
|*| Analista y matemático.
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