Pata pesada
Los mecánicos, cuando les cae un automóvil con muestras precoces de desgaste, suelen decir: «Mirá, otro pata pesada». Una alusión a quienes, de estreno, arrancan y pisan el acelerador como una aplanadora.
¡Que no haya que imaginar a Ana Olivera, ni hoy ni al fin de su mandato, sujeto de esa imaginada figura!
Pero algo es cierto. Su discurso de asunción estuvo cargado de energía, decisión y unos anuncios de prioridades con plazos que erizaron a quien observa la realidad con mirada libre y crítica: por ejemplo, en seis meses «habrá un vuelco en la limpieza de la ciudad, con medidas que involucrarán a todos los ciudadanos»; y «mejorará el transporte de pasajeros y de carga», con horas precisas de recorrido y un servicio cada vez más accesible para la ciudadanía.
¡Qué quiero más, como contribuyente, que lo logre!
No obstante, temo que la haya traicionado el entusiasmo y, consecuentemente, su gran virtud, el pensamiento pragmático, haya sido violada por la pasión celebrante que la rodeó el otro día.
La limpieza de Montevideo en realidad una ilusión- está trabada por ineficientes servicios públicos, municipales o contratados, hurgadores que nunca entendieron su responsabilidad y muchos vecinos, sin distinción de clase, que disfrutan la omisión de las reglas.
Deseo equivocarme, pero intuyo que este problema, no sólo de procedimientos sino también cultural, es imposible de resolver en seis meses.
En cuanto al transporte, hay muebles pesados a correr y no creo que ese mismo tiempo alcance.
Modernizar el transporte público supone hombrear un corporativismo que, aun bendecido por el Estado, sigue cultivando el hábito de defecar en el usuario. Y si hablamos de transporte de carga, son tantas y bien pensadas las normas vigentes, que cualquier añadido, además de ser al santísimo cohete, no haría sino complicar más las cosas.
La cuestión es que aún braceamos, al borde del ahogo, para que se cumpla con lo dicho hace veinte años
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