Las alegrías
«¡Son mis viejas alegrías/ las que surgen y me nombran!/ ¡Cuántas, cuántas horas mías/ van saliendo de las sombras!».
Es parte del tango «Viejas alegrías», de Charlo y Cadícamo, con que me desperté hoy, revoloteándome en la cabeza, dispuesto a escribir acerca del fenómeno popular de la selección uruguaya de fútbol.
El plural del título no es casual ni gratuito. Alegrías. No hay una única forma de alegría, y bienvenido sea.
En esa suerte de cumpleaños feliz que nos juntó hubo varias alegrías. Unas, guardadas por los más viejos, son como las del tango: se vivieron y regresaron. Otras, aguijones para los más jóvenes, llegaron teñidas de novedad, esperanza y hasta sorpresa.
Es bueno que se hayan unido porque todos las necesitamos en esta vida imperfecta que tiene más padecimientos que satisfacciones.
La alegría no sólo une, más allá de edades y condiciones, por la cual es intensamente democrática, sino ayuda a ver el presente y pensar en el futuro con espíritu más fuerte y los miedos atemperados.
Sólo que distintas alegrías en torno a un mismo acontecimiento nos harán mejor si perduran porque se ha probado algo. De otro modo la saludable conmoción ocurrida se agotará con rapidez y será sepultada, entre sombras, como dice el tango, en la cotidianeidad que seguirá, con sus circunstancias que escapan a nuestra voluntad, o en el absurdo deseo de que la fiesta la borrachera del «¡Uruguay nomá’!» no concluya nunca.
Lo que debe construir la sociedad es, filosóficamente, alegría de vivir.
No es una utopía. Se alimenta de estímulos, aun en la desgracia: un amanecer fresco y ventoso, un atardecer rojizo y cálido, una caminata descalzo por el pasto, el perfume de una flor, acariciar un animal dormido, una buena lectura o una música que llega al alma, saber que no estamos solos, una mirada, hasta un recuerdo.
Ojalá las alegrías que dieron unos jóvenes con una pelota logren esa perduración; ojalá, porque quisiera estar seguro.
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