Dos mundos
Siempre, al inicio, el palco de la foto brilla decorado como una bombonera. Todo ha sido consentido. Luego del flash, de las copas de champán y los bocadillos, manos a la obra, cada uno a lo suyo.
Pero, qué triste, no es así suficientemente.
Muchas veces, al punto de que acepto el castigo que se me imponga por haberme excedido, he dicho que en política hay dos mundos: el de la realidad, tal como la vemos, o padecemos, los seres comunes, y el de las figuraciones, al que son muy afectos políticos que quieren representarnos.
Quienes sólo se preocupan por trabajar, cual si fuera una argamasa, con la realidad, en el acierto o el error final de sus acciones toman un camino que lleva al servicio de la sociedad, se esté donde se esté, sin ambiciones personales, con la foto de la iniciación, olvidada pero reveladora, en la repisita.
Pero, desafortunadamente, hay otros que, aun declamando que su objetivo es también servir, se desviven por que se les ubique, con adusto porte de pasaporte a la historia, en un mullido sillón tras puerta con dorado letrero.
Es el mundo de la figuración. ¿Qué trae consigo? Cargos. O sea esas responsabilidades nominales que suelen depender de zurcidos preelectorales y no siempre califican al mejor.
Lo hemos sabido siempre, lector, así que no cabe sorpresa sino decepción cuando advertimos reincidencias.
Obvio: para que un político ejerza la representación de la ciudadanía necesita de un cargo. No me refiero a eso ¡por favor! Reflexiono acerca de aquellos que le adjudican a ese cargo, o mejor dicho a que se lo otorguen o no, el argumento para quedarse o irse de la tienda donde acamparon supuestamente por coincidencias filosóficas, ideológicas o de programa muy firmes. Dicho de otro modo, romper aquella foto o dar grititos para que se les borre de ella.
Así, la política no es tal sino otra cosa, obviamente peor.
Y ya que estamos, ¿qué pasa con este asunto en el herrerismo y su nonato, Unidad Nacional?
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