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¡VAYAN PELANDO  LAS CHAUCHAS!

Escribo esta nota un día antes de que nuestro seleccionado de fútbol juegue por los cuartos de final contra Ghana y viviendo la previa con la misma tensión y las mismas ganas que tenemos todos de que Uruguay gane el partido y pase a ser uno de los cuatro mejores países del mundo.

Pero más allá del resultado estoy convencido de que este equipo, donde incluyo a técnicos y jugadores, fuera de la cancha ya salió campeón por muerte. Nos trasmite el temple y la actitud ganadora que lejos del exitismo es puro fruto del profundo conocimiento de las limitaciones y las virtudes propias y ajenas. Con su forma de trabajo, su comunicación con la gente, las ganas de disfrutar del juego, la serena humildad sin derrotismo y la restauración de la garra charrúa plena de inteligencia, temple y sacrificio; este grupo humano nos contagió a todos. Nos gusta que el «Ruso» Pérez tranque con la cabeza pero también que se permita el lujo de tirar un taco que incluyó caño sin tener que recurrir a la patada alevosa del «macho» derrotado.

Somos un país reacio a identificarnos con los símbolos patrios nacionales y parece que estamos genéticamente determinados para evitar todo gesto de nacionalismo. Los denodados esfuerzos artiguistas por el federalismo, la impregnación del modo de ser de los primeros inmigrantes anarquistas que poblaron nuestra tierra, el contexto sociopolítico que nos transformó en nación casi sin pretenderlo y las ideas progresistas de los primeros gobiernos constitucionales sembraron en nosotros un peculiar modo de sentir la identidad nacional. Somos atípicos. Hay muy pocos hechos, personas, fechas patria o actividades sociales o culturales que despierten en nosotros sentimientos nacionales unánimes. El fútbol, y en particular la Selección uruguaya, es uno de esos pocos hitos que nos abrazan a todos atravesando las fronteras sociales, religiosas e ideológicas con las que convivimos cada día. Del abuelo al chiquilín y siendo damas o caballeros, todos sufrimos y nos alegramos con el fútbol casi tanto como con las sorpresas de amor. El ¡soy celeste! o el ¡Uruguay nomá’! son gritos que nos hermanan al toque y sin peros.

El sábado pasado todo el país se vistió de celeste festejando el triunfo contra Corea a todo trapo. Sin más expectativas que las de expresar un sentimiento de orgullo y reconocimiento a los que nos dieron más de lo que esperábamos. Esta Selección nos permite continuar recuperando la autoestima y nos sigue permitiendo volver a creer en los sueños. Sueños que se alimentan en el trabajo en equipo y que sobreviven por una ética y códigos de conducta que toleran errores pero no agachadas.

No somos más ni menos que nadie pero nos gusta sentir la emoción de recordar todo lo que sí podemos hacer bien. Gozamos cuando el fútbol y la vida son una fiesta y no una guerra. Por eso aunque hoy perdamos 5 a 0 o aun cuando logremos ser nuevamente campeones del mundo, mi mayor anhelo es que este sentimiento fraterno de unidad nacional perdure y florezca en toda la sociedad más allá del Mundial.

Como decía el petiso Gularte en las asambleas de la salud, tenemos que evitar pasar de «lo sublime a lo infame en segundos», porque ello nos lleva al triunfalismo o al derrotismo.

En la sociedad tenemos responsabilidades distintas, por eso tenemos que manejar con cuidado las expectativas para no caer en la manija irracional.

Administremos los logros de la historia que siempre deben ser una referencia pero una mochila que le ponemos encima a un equipo que se abrió paso en medio del escepticismo y la crítica desgarradora de muchos de los que hoy son los que en medio de la amnesia acrítica ahora parece que siempre estuvieron del lado del proceso conducido por el Maestro.

Los bandazos en todos los órdenes de la vida son perjudiciales para los sueños que queremos alcanzar, que nunca son el resultado del milagro que cae de la nada sino de la planificación, los objetivos, las metas, la evaluación de los resultados y sobre todo del esfuerzo colectivo.

Al decir del Coco Rivero, citando al poeta Salvador Puig, este equipo y sus integrantes son a la vez «señores y siervos», los más consagrados ponen todas sus virtudes individuales al servicio del esfuerzo colectivo.

Cada uno brilla por sí solo pero brilla mucho más cuando la luz y la energía son puestas al servicio de los objetivos trazados.

Tengo confianza en este equipo, en esta concepción no sólo del juego sino de la vida porque paso a paso nos da la oportunidad de vivir la alegría sin pedir permiso y de valorar lo hecho sin estar comparándonos con lo que no pudo ser.

Como dijo el Maestro Tabárez: «No hacemos castillos en el aire pero tampoco renunciamos a nada antes de cada partido».

Que así sea.

|*| Ministro de Transporte y Obras Públicas

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