Subir al carro
Lector, necesitaría una semana en las islas Canarias para despejar mi deshilachada mente.
No puedo. Es una pena.
¿Para qué? preguntará usted, con la sospecha de que he enloquecido.
No tema. Al menos de momento. Ocurre que sin ese aire nuevo, que agite las tres neuronas que me quedan, ignoro si entenderé ciertas actitudes de los políticos vernáculos.
El ministro de Turismo, hombre activo a quien la ansiedad le apresura el paso aun cuando camine sobre piedras desparejas, le ha propuesto al Presidente de la República, para el caso de que la Selección uruguaya de fútbol llegue a semifinales del Mundial de Sudáfrica, enviar a una delegación multipartidaria oficial.
Es verdad que autoridades de diversos países han viajado a acompañar, como copetudos pero simples y educados hinchas, a los deportistas que representan a su país.
No conozco caso de un gobierno que haya decidido fletar un charter de políticos de todos los partidos para rodear a unos futbolistas y, supuestamente, decirle al mundo: «Acá estamos. No falta nadie. Nos eligió el pueblo y venimos a representarlo para que los muchachos sientan su calor». Sólo pensar en el despelote poco menos que prostibulario que causaría la elección de quienes van me pone al borde de un cólico nefrítico.
Pero dejemos eso, en todo caso una anécdota que enriquecerá nuestra historia de idioteces institucionales más grandes.
El fútbol no es la patria. Es un deporte. Claro que todo el país el de abajo, con obreros, jubilados, desocupados y, sobre todo, niños y adolescentes que asisten al aparente renacimiento de un juego que hasta hoy les desinflaba el espíritu está con quienes suben trabajosamente la escalera de la dignidad y nos enorgullecen.
¿Por qué maldita razón deben mezclarse los Isidorito Cañones de la política partidaria en representación oficial?
¿Y si mandan un chárter con jubilados o chiquilines del INAU, que, además, van a gastar menos plata de los contribuyentes?
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