El bien hablar
¿Cuántos conflictos abortarían, cuántas discusiones inútiles se diluirían velozmente y, por el contrario, cuántos acuerdos, coincidencias o al menos respeto se lograrían en la sociedad por el simple procedimiento de hablar bien?
Es decir, usar en cada caso los espléndidos recursos de nuestro idioma para que toda conversación, hasta sobre cuestiones de cierta aridez como negociaciones, propuestas y disidencias, adquiera un tono comprensible, sereno, tolerante y constructivo.
En su «Defensa apasionada del idioma español», Alex Grijelmo recuerda el caso de una mujer embarazada y con una dolencia ginecológica menor que fue confundida con otra paciente de nombre parecido, con el desgraciado resultado que le extirparon el útero y los ovarios: «Qué condiciones de brutal incomunicación entre la embarazada y los médicos pudieron conducir a semejante desastre. Cómo pudo ocurrir que nadie conversara con ella, que ningún enfermero le comunicara los problemas de una esterilización ni que se la preparara psicológicamente».
Aunque parezca un exceso, que no lo es, Grijelmo culpa al uso de un lenguaje intrincado, distante, que los médicos emplean por deformación profesional. Dio en el clavo.
Esta suerte de prólogo tiene que ver con hechos de nuestra cotidianeidad.
Hay decenas de ejemplos, pero elegiré uno solo. Me parece inmejorable. Adeom está de nuevo en pie de guerra contra las autoridades municipales. ¿La razón? En febrero los trabajadores acordaron con el entonces intendente Ehrlich la solución a una decena de reivindicaciones; ahora, según dicen, Ana Olivera se lo habría tomado por el pito del sereno y quiere dar de nuevo. Basta leer los documentos de Adeom u oír declaraciones de sus dirigentes sin omitir lo curioso de un gobernante que, yéndose, firma compromisos que caerán sobre otras espaldas para comprender la complejidad de tejer diálogos civilizados.
Clases de idioma español, urgente. No pueden ser costosas.
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