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CIENCIA Y SUDOR

El conflicto suscitado por la instalación de la pastera sobre el río Uruguay constituye un campo de observación y experiencia que bien puede ser aprovechado para la revisión de políticas progresistas, la confección de heterogéneos balances desde diversas perspectivas y el reconocimiento de posibles errores, permitiendo extender las demandas de control e información.

Por muchas razones es mucho más que un trance aislado o acotado a sí mismo: puede aplicarse a muy amplios ámbitos, desde los movimientos sociales y sus luchas, hasta la relación entre ciencia y política. Lejos de ceñirse a una fábrica, a una margen ribereña o a un estado, la cuestión ecológica trasciende los límites de jurisdicciones, saberes o competencias y obliga a diversificar actores y a complejizar fuentes, miradas y evaluación de resultados y consecuencias. En última instancia, la propia noción de medio ambiente entra en tensión estructural con la de soberanía nacional y obliga al reconocimiento de la otredad y la diversidad. No diría que es posmoderna, por las connotaciones filosóficas y políticas adheridas a este significante «contaminado», sino más precisamente supramoderna, desbordante de las cartografías políticas y las lentes ideológicas tradicionales. Un indicador más del debilitamiento relativo de los estados-nación.

El domingo pasado intentaba subrayar, a propósito del levantamiento del corte de Arroyo Verde, que la construcción de indicadores, la medición de variables, en suma, la información, constituían un insumo indispensable para la elaboración de políticas públicas, que, dicho sea de paso, trascienden a los gobiernos de turno de cualquier latitud o a sus perfiles ideológicos. De donde deduzco que las materias primas para las políticas públicas deben ser, necesariamente, de dominio público. Y en lo que a la actividad de las empresas respecta, el relevamiento y la publicidad es absolutamente vertebral a la fijación de políticas, por el carácter «privado» de su actividad. Que además esté privado de control es justamente el atajo a la tragedia. En varios planos y regulaciones de su accionar: en su actividad económica y el consecuente cumplimiento de las normativas fiscales, en la relación laboral y la observancia de las leyes laborales, en el proceso productivo y su apego a las normas medioambientales, para destacar sólo los más significativos. Los muros de las fábricas o las empresas en general no sólo resguardan su patrimonio físico sino también sus secretos estratégicos y sus pícaros gambitos.

Consecuentemente, es tan indispensable contar con normas y criterios tales como las leyes como ejercer un control sobre su efectivo cumplimiento. La empresa privada capitalista persigue su propio beneficio que es el más simple de medir: carece de variables cualitativas, matices y sofisticaciones y su magnitud se expresa en unidades monetarias. No es que no pueda producir indirectamente algunos beneficios sociales sino que su consecución no es su razón de ser sino, a lo sumo, una resultante indirecta que hasta puede valorar y utilizar para fortalecer su vigencia ideológica. Las DGIs, los ministerios de trabajo, los sindicatos, deben estar tan advertidos como la defensa de la selección uruguaya respecto a los márgenes de libertad que les conceden. Sus rivales son la evasión, el negreo o la contaminación, para seguir utilizando estos tres niveles aludidos. Las empresas se pararán siempre en el límite de las disposiciones para maximizar sus ganancias. Y si bien existe una larga tradición y experiencia nacional e internacional en materia de contralor fiscal o laboral, es infinitamente menor y más reciente en el plano ecológico.

Lo que las empresas hacen no puede ser evaluado sólo por sus resultados ulteriores. Esa es exclusivamente una variable que ni siquiera es fundamental. Si la metodología extractiva de la British Petroleoum o su posible desapego a normas de higiene y seguridad industrial es sometida a debate recién después de convertir el mar en una densa mortaja oscura y pegajosa, la política queda inerme o reducida a un simple ejercicio de tardío salvataje de emergencia. Resguardar a las empresas de intromisiones públicas de cualquier índole sólo garantiza su propio juego y ampara su posible impunidad. Toda empresa debe ser regularmente auscultada sin excepción, además de contable y laboralmente, en su proceso de producción. Desde UPM hasta una simple agencia publicitaria, desde una petrolera a la editora de este diario.

Cuando el Presidente Electo sugería que fuera la ciencia la que entrara en las fauces de la ex Botnia, daba un paso estratégico en la próxima puesta en funcionamiento de la Comisión Administradora del Río Uruguay (CARU) en cumplimiento del fallo de La Haya. La asamblea ambiental de Gualeguaychú debería valorarlo ya que excede los «intereses uruguayos» si es que éstos existen y pueden ser claramente identificados, y, por el contrario contribuye a debilitar el narcisismo social, el chauvinismo, que de interés no tiene nada, más allá de la farfulla. No fue el único, ya que la extensión de las actividades a todo el río y no sólo a la zona de disputa puntual y con ello a la incorporación del tercer estado implicado en su cuidado, Brasil, es otro gran avance. Pero ahora resta no sólo definir aspectos de implementación puntual y organización, sino despojar a la noción de ciencia de las ingenuas connotaciones del sentido común y el uso coloquial del término que, no por ello, difieren demasiado del positivismo cientificista de siempre vigente penetración.

En efecto, el campo científico parece estar cada vez más imbuido de una autopercepción de intrínseca neutralidad a toda valoración. La ciencia será para esta concepción buena o mala según se la use. En nuestro medio, el recientemente fallecido epistemólogo Gregorio Klimovsky, de indiscutible renombre y prestigio, fue quién popularizara la metáfora de la ciencia martillo que tanto serviría para clavar clavos como para hundir cráneos. Si el poder, los gobiernos, las empresas, los laboratorios, etc., la usan o la aplican para el mal tendremos el martillo rompecráneos, pero este efecto sería extraño a la ciencia en sí.

En mi opinión es absolutamente ingenuo sostener que exista tal carácter neutral, o en términos epistemológicos algo más rigurosos, neutralidad valorativa o axiológica de la ciencia. Conlleva considerar que la totalidad de la ciencia es básica o exclusivamente orientada por la curiosidad del científico y la búsqueda de la verdad. De este modo resulta desvinculada del otro momento tan constitutivo como el primero que es la ciencia aplicada, o tecnología, orientada a un fin, la que requiere también la interrogación respecto a sus fuentes de financiamiento y las necesarias directivas de quienes costean la investigación. En conclusión, se confunden dos dimensiones de aplicación, la interna y la externa, atribuyendo a esta última toda la carga del problema, como la tragedia de Hiroshima o el derrame de Louisiana, por caso. La ciencia no es sólo conocimiento sino también acción, complejamente imbricados. Sólo una pequeña parte de las ciencias físico-naturales en la práctica actual están orientadas al conocimiento o a la observación pasiva de la naturaleza. La mayor parte es ahora ciencia experimental.

De todas formas, el fenómeno excede además a las llamadas ciencias duras o físicas e incluye a la totalidad de las formas del conocimiento humano. Un claro ejemplo cercano de ausencia de neutralidad de las ciencias sociales, y que he tratado hace algún tiempo en este espacio, lo constituye la toma de rehén por parte del gobierno argentino del Indec (equivalente al INE uruguayo), organismo encargado de producir los datos socioeconómicos del país. No casualmente, porque es una institución carente de verdadera autonomía como sí lo son en buena medida las instituciones específicamente científicas o las universidades (también tuve ocasión de destacar la particularidad de las universid
ades argentinas y uruguayas).

La ciencia necesita control inclusive para controlar, como es el caso adecuadamente propuesto para el río Uruguay: un control con intervención de las mismas comunidades científicas, no sólo de químicos y biólogos o expertos específicos en el objeto de control sino también de profesionales humanistas sometidos todos a la publicidad de su accionar y al escrutinio público.

Argentina, Brasil y Uruguay tienen una arraigada tradición de trabajo de científicos en el marco de instituciones autónomas y de concursos, evaluaciones y juicios de pares en las universidades. También de antecedentes de colaboración y complementariedad. Si bien la creación de una institución específica de investigación es reciente en Uruguay, tiene larga data en el resto de los países involucrados. En la posibilidad de extender los mejores mecanismos meritocráticos vigentes en cada experiencia a la creación de un ámbito trinacional, radica la posibilidad de lograr alguna contención a la siempre posible manipulación de la construcción de indicadores científicos de control y a su verificación empírica.

No deja de ser paradójico que la ciencia para poder despegarse de la política requiera, al principio, del impulso motor de ésta. En lo inmediato es menos lo que puede hacer la ciencia por su propia autonomía que el trabajo y voluntad política de quienes la convocan en su auxilio. Proteger a la ciencia de sus más groseras amenazas intrínsecas y extrínsecas, requiere también algo de sudor.

|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. ex decano. [email protected]

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