Echando humo
Si no lo hacen las máquinas, en relativa quietud, hay ciudadanos que echan humo por el futuro de AFE.
Suelo leer con interés las cartas que los lectores envían al Director; hay en ellas diversas contribuciones a un mejor futuro. Pero casi siempre aluden a circunstancias que las traban, como si las viesen embarcadas en un Arca de Noé con más esperanzas que destino.
Una de esas cartas, escrita por alguien que conoce mucho de AFE y de lo que ha pasado en ella, me persuadió de la acumulación de tiempo perdido y de intereses difusos que la ponen en peligro de extinción.
Este informado corresponsal dice, en una descripción que abarca desde la vieja Estación Central hasta vías, locomotoras, vagones y talleres, que ha habido un insólito proceso de abandono y desguace. Ese proceso ha corrido paralelo a discursos y promesas de inversión en el ferrocarril, con un reconocimiento repetido aunque abúlico de su carácter necesario a la economía del país. Y él dice más: la inversión calculada para recuperar AFE está en las arcas nacionales y, de ser imprescindible, el aporte exterior no tiene el porte que ha sido imaginado hasta ahora.
El gobierno ta’ metido’n otro’ problema’ grande’. Tiene’na bruta cantidá’ de madre’ de toda’ la’ reforma’-dijo Ruedita ayer, mientras sorbía una copa de caña con queso duro rallado y jugo de chinchulines.
Es una visión optimista, aunque errada. A veces, para que la carreta avance hay que picanear un poco a uno de los bueyes que la arrastran. En otras palabras, meter mano a cosas primarias.
Es hora de que ciertos problemas, tal vez aparentemente no cruciales pero que por suma de información confiable son solubles, caigan derribados por actos necesarios e inmediatos.
El ferrocarril debe andar. Con carga, especialmente, y también con pasajeros. Debe, de nuevo, cruzar el país en todas direcciones, abaratando la producción y el transporte de personas.
Que el humo salga de las máquinas, como antes.
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