Las comedias
Como en algún recoveco de mi personalidad debe habitar un masoquista, decidí, en tanto mis demás labores cotidianas lo permitieran, prestar atención a todos los relatos televisivos uruguayos de los partidos del mundial de fútbol de Sudáfrica.
No daré nombres. Pero salvo un par de honrosas excepciones, son comedias de la tarde, de aquellas añejas que propinaba el radioteatro de la peor época, siempre a un paso de la caricatura y lo grotesco.
Son un extraño y peligroso fenómeno.
Ocurre que ponen al televidente en riesgo de un espasmo cerebral o de ser inducido al suicidio. Descuartizan la realidad, cosa que yo, hasta hoy, creía que sólo hacían esas patológicas personalidades bipolares o múltiples.
A ver si me explico: uno está viendo algo; o sea que a su mente, a su comprensión, ingresa una realidad. El relato, y su recoleto comentario adicional, exquisitamente tonto a veces, siguen, por un momento, la descripción puntual de esa realidad.
Pero entonces, ¡horrible influencia demoníaca que cae sobre estos pobres hombres!, surgen abruptamente otras realidades sin que la anterior, la esencial, la que uno ve, se haya interrumpido: saludos a colegas, amigos y familiares, mensajes de toda clase de gente que cree estar en una quermese o una parrillada, cumpleaños recordados, chistes malísimos entre relator y comentarista que sólo entienden ellos, alusiones constantes a novias, esposas, madres, tías y amigos e intromisión de estadísticas fuera de contexto y datos históricos tambaleantes, insustanciales o cortados en tantos pedazos desparejos que se vuelven ininteligibles.
De golpe, esa pegajosa, patética verbosidad regresa a la realidad que uno estaba viendo y se le había borroneado, y lo agarra paseando a puteada limpia por la casa y con deseos de romper algo.
¿Cuándo comenzó esta precipitación a la imbecilidad?
¡Cómo será que casi se termina añorando a los argentinos? ¡Líbrenos el Señor!
O el espíritu de Carlos Solé.
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