Desbordes
Una cosa son los legítimos derechos de los trabajadores y otra los actos que a veces asumen para reivindicarlos.
Siempre he sentido una incomodidad moral al observar, en un escenario de conflicto, ciertas medidas sindicales desbordadas, excedidas, indiferentes al interés del ciudadano común y de la sociedad. Parece faltarles visión periférica, la capacidad de advertir daños ocasionales innecesarios mientras buscan un objetivo intrínsecamente noble.
Es una innecesaria congestión emocional y una muestra de falta de ingenio para superar modos de lucha paleolíticos.
Hay ejemplos: los frecuentes paros del transporte o las rebeldías, por calificarlas de una forma piadosa, de Adeom; ahora se pusieron de moda las movilizaciones de docentes, que lo primero que hacen es inmovilizar a los alumnos, y las acciones enfurruñadas, casi groseras de los trabajadores de la salud.
Pues bien, en ese ámbito, la atención de la salud se ha construido ya una galería extensísima de barbaridades.
El caso de la discusión entre un funcionario y un médico del Hospital Italiano por la internación de un paciente ingresado al Servicio de Emergencia, acerca del cual la prensa ha abundado, revela hasta qué punto se confunden los roles y la percepción de la realidad: no hay justificación para que los trabajadores traben una decisión científica de la cual quizá dependa una vida.
No es asunto de cacareos, de prepotencia, de trazar barreras imaginarias e intocables, de congelar horarios y números, ni de escudarse en sofismas. ¿Acaso nadie repara en el desamparo de aquel que observa, con desesperación e incertidumbre sumadas a sus dolores, de qué modo pelean a su alrededor, cual escandalosos gallos de riña, quienes debieran curarlo?
Si de salud se trata, la última palabra es la del médico. Aunque se equivoque.
Por más razón que asista a un sindicato en sus reclamos, hay límites que no son franqueables.
Civilización o barbarie. Siempre será la cuestión.
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